Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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No sales de mi mente.
La lluvia seguía cayendo cuando Valentina estacionó su automóvil frente a la casa. Permaneció unos segundos con las manos sobre el volante, observando las gotas resbalar por el parabrisas mientras intentaba ordenar sus pensamientos; había sido una reunión importante, una de las más importantes de su carrera, y sin embargo no era el negocio lo que ocupaba su mente en ese momento.
Era él.
Su arrogancia, su sonrisa, su forma de mirarla como si intentara descifrar cada uno de sus secretos; todo en Matteo De Luca parecía diseñado para sacarla de quicio, y eso era precisamente lo que más la molestaba. Porque no debía pensar en un hombre así, no cuando tenía demasiadas responsabilidades encima y mucho menos cuando sabía que los hombres como él solo traían problemas.
—Qué hombre tan insoportable —murmuró antes de bajar del automóvil.
Apenas abrió la puerta de la casa, escuchó las risas de sus hermanos, que parecían haber convertido la sala en su propio reino de burlas y comentarios absurdos. Santiago fue el primero en verla y, como siempre, no perdió la oportunidad de molestarla.
—Llegó la magnate de la familia —anunció desde el sofá.
—Llegó el desempleado favorito de la familia —replicó ella sin perder tiempo.
Sofía soltó una carcajada desde el otro extremo de la sala, divertida con la rapidez con la que ambos se atacaban cada vez que coincidían.
—Van treinta segundos y ya empezaron —comentó entre risas.
—Porque tu hermano nació para fastidiarme —dijo Valentina, dejando su bolso sobre una silla mientras se quitaba el abrigo.
—Y tú naciste para exagerar —respondió Santiago, llevándose una mano al pecho con dramatismo fingido.
Valentina iba a contestar, pero en ese momento Isabel apareció desde la cocina secándose las manos con un paño. Su madre la observó con esa expresión tranquila, pero atenta, que siempre la hacía sentir como si pudiera leerle la mente sin esfuerzo alguno.
—¿Cómo te fue? —preguntó Isabel.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
Isabel entrecerró los ojos, como si esa respuesta no le bastara en absoluto.
—Algo pasó.
—No pasó nada.
—Mamá tiene razón —intervino Sofía, cruzándose de brazos con una sonrisa cómplice—. Tienes cara de que pasó algo.
Valentina soltó un suspiro y se pasó una mano por el cabello, ya empezando a perder la paciencia con aquella pequeña conspiración familiar.
—¿Existe una cara para eso?
—Sí —respondió Santiago, señalándola con el dedo como si estuviera dando una clase magistral—. La misma que pusiste cuando te enamoraste de ese cantante cuando tenías quince años.
Valentina tomó un cojín del sofá y se lo lanzó sin pensarlo dos veces.
—Cállate.
—¡Lo ven! Está nerviosa —exclamó él, esquivando el golpe con una risa escandalosa.
—No estoy nerviosa.
—Entonces dinos qué pasó.
Valentina abrió la boca para responder, pero se quedó en silencio. Porque no sabía qué decir; porque no tenía una explicación lógica para lo que sentía; porque, en el fondo, admitir que un desconocido la había irritado tanto que no podía dejar de pensar en él sonaba ridículo incluso para ella.
—Fue una reunión de trabajo —dijo finalmente, con un tono más seco del que pretendía.
—Ajá —contestaron los tres al mismo tiempo.
La cena transcurrió entre bromas, comentarios absurdos y conversaciones normales, pero Valentina apenas participó. Varias veces se sorprendió recordando el momento exacto en que Matteo sonrió, esa sonrisa breve y peligrosa que parecía esconder demasiadas cosas detrás; y eso la molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. No tenía tiempo para distracciones, no cuando había trabajado demasiado para llegar donde estaba, no cuando cada decisión que tomaba podía afectar el futuro de su empresa.
Los hombres como Matteo De Luca solo traían problemas.
Después de ayudar a recoger la mesa, subió a su habitación. Se puso ropa cómoda y se acercó a la ventana; Bogotá brillaba bajo la lluvia, envuelta en luces difusas y reflejos temblorosos, y por primera vez en mucho tiempo sintió una inquietud extraña, casi incómoda, como si algo estuviera a punto de cambiar sin que ella pudiera evitarlo.
Muy lejos de allí, Matteo permanecía sentado en su oficina observando las luces de la ciudad. El silencio reinaba en el enorme despacho, interrumpido únicamente por el sonido de la lluvia golpeando los ventanales; tenía contratos que revisar, llamadas que devolver y negocios que supervisar, pero su atención seguía en otra parte, atrapada en una imagen que no lograba sacarse de la cabeza.
La puerta se abrió sin previo aviso.
—Tienes cara de funeral —dijo Marco al entrar, con esa confianza irritante que parecía acompañarlo a todas partes.
—Y tú tienes demasiada confianza.
—Es uno de mis mejores defectos.
Matteo soltó un suspiro y dejó el bolígrafo sobre el escritorio, aunque ni siquiera recordaba haberlo tomado con intención de escribir algo.
—¿Qué quieres?
—Verificar una teoría.
—Me preocupa esa sonrisa.
Marco tomó asiento frente a él, cruzando una pierna sobre la otra con absoluta comodidad, como si la oficina fuera suya y no del hombre que tenía delante.
—La mujer de esta tarde.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada. Solo me parece interesante que lleves horas distraído.
—No estoy distraído.
—Claro que sí.
—No.
—Matteo, llevas veinte minutos sosteniendo una hoja al revés.
El silencio se instaló durante unos segundos, pesado y evidente, mientras Matteo bajaba la vista hacia el documento que tenía entre las manos y confirmaba, con fastidio, que Marco tenía razón. Cerró los ojos un instante, como si eso pudiera borrar la escena.
—Vete.
Marco empezó a reír, divertido por la evidente incomodidad de su amigo.
—Sabía que era ella.
—No sé de qué hablas.
—Por supuesto que lo sabes.
Matteo apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó las manos frente a sí, adoptando una postura más seria, aunque eso no borró la tensión que seguía flotando en el aire.
—Solo me llamó la atención.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque tú nunca prestas atención a nadie.
Y era verdad.
Durante años había mantenido distancia de todo el mundo; era más fácil así, más seguro, más controlable. Las emociones complicaban las cosas, los sentimientos eran una debilidad, y en su mundo las debilidades podían costarte la vida. Matteo había aprendido a vivir con esa regla desde hacía mucho tiempo, y por eso lo que sentía ahora le resultaba tan incómodo como desconcertante.
—Quiero toda la información sobre Valentina Mena —ordenó finalmente.
Marco sonrió con una mezcla de triunfo y curiosidad.
—Ya decía yo.
—No hagas comentarios.
—No prometo nada.
—Marco.
—Está bien.
Se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo un segundo, como si no pudiera resistirse a dejar caer una última observación.
—Aunque debo admitir algo.
—¿Qué?
—Por primera vez en años pareces interesado en algo que no sea dinero o trabajo.
Cuando la puerta se cerró, Matteo volvió a quedarse solo. Su mirada se perdió en las luces de la ciudad, en ese paisaje inmenso que tantas veces había contemplado sin sentir nada en particular; intentó convencerse de que aquello era simple curiosidad, nada más, una reacción pasajera ante una mujer con carácter. Pero una pequeña voz en el fondo de su cabeza le decía que estaba mintiendo.
Porque por primera vez en mucho tiempo había conocido a alguien que no le tenía miedo.
Alguien que no buscaba impresionarlo.
Alguien capaz de desafiarlo sin siquiera intentarlo.
Y por más que quisiera negarlo, deseaba volver a verla.
Sin saberlo, en diferentes puntos de la ciudad, tanto Matteo como Valentina se acostaron pensando el uno en el otro. Y aquello, aunque ninguno de los dos lo admitiera todavía, apenas era el comienzo.
fuegos artificiales!!!!
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