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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

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Capítulo 15

Cap 15: Mi casa, mis reglas

La primera comida familiar de Camila en Sierra Clara empezó con una pregunta sobre la sopa.

—¿La Luna candidata tiene restricciones alimentarias? —preguntó Teresa, revisando a Gabriel con los ojos mientras él fingía no darse cuenta.

Camila miró la mesa larga.

Había sopa de flor de calabaza, carne en salsa oscura, arroz, pan, ensalada, frijoles, fruta, tres tipos de chile y una jarra de agua con limón. Pilar, desde la puerta de servicio, vigilaba todo como una general defendiendo la frontera.

—Sí —dijo Camila.

Todos miraron.

Gabriel también, con una sombra de preocupación inmediata que hizo que su lobo oliera a alerta.

Camila tomó la servilleta.

—No como poco para parecer delicada.

Pilar soltó una carcajada antes de esconderla en una tos.

Teresa sonrió.

La anciana Amalia cerró los ojos como si pidiera paciencia a la Luna.

El tío de Gabriel, un hombre ancho llamado Esteban Serrano, levantó su copa.

—Entonces al menos una cosa será fácil en esta familia.

Camila decidió que Esteban podía vivir.

Por ahora.

Se sentó a la derecha de Gabriel, porque esa era la silla asignada a la unión legal. A su otro lado quedó Nico, que había recibido instrucciones de no hablar de armas, lobos gigantes ni posibles carreras militares durante la comida.

Había durado cuatro minutos.

—¿Los guerreros comen después o antes de entrenar? —preguntó.

Camila pisó su zapato bajo la mesa.

Nico se atragantó con agua.

Esteban se rio.

—Buen cachorro.

—No lo anime —dijo Camila.

Gabriel sirvió sopa en su plato.

No se la dio como quien alimenta a una mujer frágil. Solo acercó la sopera porque estaba más cerca de él. Aun así, el gesto tuvo una intimidad doméstica que hizo que varios pares de ojos se movieran.

Camila tomó la cuchara.

—Gracias.

—De nada.

El vínculo, ese animal indiscreto, se calentó por una sopa.

Ridículo.

Camila comió para ignorarlo.

Durante los primeros minutos, la conversación fue casi amable. Esteban preguntó por la familia Rojas sin sonar condescendiente. Teresa hizo comentarios secos sobre la incapacidad de Gabriel para seguir indicaciones médicas. Pilar envió más pan a la mesa cuando vio que Camila acababa el primero.

Luego, uno de los primos de Gabriel, un hombre joven llamado Mateo Serrano, decidió que la paz era demasiado saludable.

—Debo admitir que todo ha sido muy rápido —dijo, girando la copa entre los dedos—. Hace una semana nadie sabía que existía una Camila Rojas. Ahora tenemos candidata a Luna, contrato, condiciones y escándalo con Vega. Es... inusual.

Camila levantó la mirada.

Mateo era atractivo de la forma fácil de los hombres que se sabían bien nacidos. Olía a madera pulida y ambición joven.

Gabriel dejó la cuchara.

Camila habló primero.

—También fue rápido cuando Vega intentó retenerme ilegalmente. Pero entiendo que a veces la velocidad solo preocupa cuando beneficia a una de rango bajo.

El silencio cayó.

Nico miró su plato con admiración fraternal.

Mateo sonrió.

—No quise ofender.

—Entonces practique más.

Esteban se rio en voz alta.

La anciana Amalia dijo:

—Camila.

No fue reprensión completa. Más bien un recordatorio de los cubiertos.

Camila inclinó la cabeza.

—Tiene razón, anciana. Reformulo. Mateo, si su preocupación es legal, puede revisar el contrato. Si es personal, espere su turno. Todavía estoy comiendo.

Teresa bebió agua para esconder la sonrisa.

Gabriel no sonrió.

Pero su aroma sí.

Mateo se puso rojo.

—Solo decía que una Luna de Sierra Clara carga con responsabilidades. No basta con que el Alfa quiera protegerla.

—Por fin estamos de acuerdo.

Mateo parpadeó.

Camila cortó un pedazo de carne.

—No basta con que Gabriel quiera protegerme. Por eso tengo contrato, audiencia, registro, condiciones y una anciana que me enseñó a rechazar regalos sin aceptar deuda. Si le preocupa que no entienda la responsabilidad, puede hacer una lista. Me gustan las listas.

La anciana Amalia suspiró.

—Lamentablemente, eso es cierto.

Esteban se inclinó hacia Gabriel.

—Me agrada.

—Lo noté —dijo Gabriel.

Mateo no había terminado.

—¿Y si el vínculo de compañeros la está influenciando?

La mesa se quedó helada.

Nico soltó el tenedor.

Camila sintió que Gabriel se volvía completamente inmóvil a su lado.

No la miró.

No intervino.

Esperaba su decisión.

Bien.

Camila dejó la cuchara.

—¿A cuál de los dos nos pregunta?

Mateo no esperaba eso.

—A usted.

—Entonces pregunté completo.

—¿Completo?

—Sí. Pregunté si mi decisión está influenciada por el vínculo de compañeros, por la protección legal, por el miedo a Vega, por el hambre, por mi familia, por el hecho de que su primo huele a café caro y se pone delante de los cuchillos. Las decisiones no nacen solas en una caja limpia. La diferencia es si alguien las usa para quitarme la voz.

Mateo se quedó callado.

Camila tomó agua.

—El vínculo existe. No lo pedí. Gabriel tampoco. Pero hasta ahora, el único hombre en esta mesa que ha intentado usarlo para decidir por mí es usted.

Teresa dijo:

—Eso merece más pan.

Pilar apareció de inmediato con una canasta.

Gabriel bajó la cabeza.

Esta vez, Camila supo que sí estaba ocultando una sonrisa.

Mateo olía a vergüenza.

—No era mi intención.

—Esta familia debería poner esa frase en las servilletas —murmuró Camila.

Nico se rio.

La tensión se rompió lo suficiente para que la comida continuara. Mateo se dedicó a su plato. Esteban cambió el tema hacia los cultivos de café limpios que podrían comprar después del desastre de Vega. Teresa obligó a Gabriel a tomar un caldo medicinal que olía como castigo.

Camila comió.

Comió bien.

Y cada bocado parecía una pequeña victoria contra todos los salones donde había estado de pie con una bandeja vacía.

Después de la comida, Pilar la interceptó en el corredor.

—Venga.

Camila miró a Gabriel.

—¿Estoy siendo secuestrada por su cocinera?

—Probablemente.

—¿Va a impedirlo?

—Valoro mi vida.

Pilar la llevó a la cocina y le mostró la mesa de la esquina.

Sobre ella había una caja de madera sin tapa. Dentro: frascos vacíos, un paño limpio, una libreta pequeña, sal, chile, hojas secas de laurel y un cuchillo mediano.

El cuchillo mediano.

Camila lo miró.

—¿Confía en mí?

—No. Confío en que, si corta mal una cebolla, puedo gritárselo.

Camila sonrió.

—Justo.

—Esta mesa es suya mientras no estorbe. Si alguien viene a molestarla, diga que está trabajando. Si insiste, me llama.

Camila pasó los dedos por el borde de la mesa.

Madera vieja, marcada por años de uso. No elegante. Real.

—Gracias.

Pilar gruñó.

—No llore en mi cocina.

—No iba a llorar.

—Mejor.

Pero cuando Pilar se fue a revisar el horno, Camila tuvo que respirar despacio.

Una mesa.

Un cuchillo.

Un espacio donde nadie le había dicho que pertenecía porque Gabriel la quería allí, sino porque había negociado, molestado y demostrado que sabía usar las manos.

Su casa no era esa todavía.

Pero esa mesa podía ser un comienzo.

Gabriel apareció en la puerta unos minutos después.

—¿Puedo entrar?

Camila miró alrededor de forma exagerada.

—Tendrá que preguntarle a Pilar.

—Ya lo hice.

—¿Y sobrevivió?

—Con advertencias.

—Entonces puede.

Gabriel entró hasta la mesa, manteniendo distancia. El hilo del vínculo se movió, contento con la cercanía. Camila lo ignoró con menos éxito del que deseaba.

—La comida fue difícil —dijo él.

—He tenido peores.

—Eso no la hace fácil.

Camila abrió uno de los frascos vacíos.

—No. Pero estaba la carne buena.

Gabriel apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Mateo no volverá a insinuar que el vínculo decide por usted.

—¿Porque usted se lo prohibirá?

—Porque usted lo hizo innecesario.

Camila bajó la mirada.

Era injusto que una frase correcta pudiera calentar más que un cumplido.

—Su familia es rara.

—Sí.

—La anciana Amalia me asusta menos ahora.

—Eso debería asustarla.

—Pilar me dio un cuchillo.

—Eso me asusta a mí.

Camila se rio.

Gabriel la miró como en el corredor, como si la risa fuera algo que no quería interrumpir.

El vínculo se tensó.

Esta vez, Camila no se apartó de inmediato.

—Alfa Gabriel.

—Camila.

—Cuando todos olieron... eso, en la ceremonia. ¿Usted ya lo sabía?

Gabriel se quedó quieto.

—Lo sospechaba.

—¿Desde cuándo?

—Desde el sótano de registros.

La primera vez.

El roce de los dedos.

El calor en la piel.

Camila cerró un frasco con más fuerza de la necesaria.

—Y no dijo nada.

—Usted acababa de salir de Vega.

—Eso no responde.

—Si lo hacía demasiado pronto, mi verdad podía parecer otra jaula.

Camila no tuvo una respuesta lista.

Gabriel miró la mesa.

—No quiero que me elija porque el vínculo duele al alejarse.

—¿Y si no lo elijo?

El aroma de Gabriel cambió.

Dolor.

Control.

Aceptación antes de que la pregunta terminara de caer.

—Entonces seguirá libre.

Camila sintió que algo dentro de ella se quedaba sin defensa.

Maldito hombre.

Maldito Alfa paciente.

Maldito vínculo que no se parecía a una cadena y por eso era más difícil de odiar.

—No estoy lista para hablar de eso.

—Lo sé.

—Pero cuando lo esté, no quiero hacerlo en un salón, ni frente a ancianos de la manada, ni con mi hermano cayéndose de una ventana.

—Anotado.

Camila lo miró.

—¿En serio va a anotarlo?

—Probablemente.

Ella se rio otra vez, más suave.

Gabriel sonrió.

Pilar gritó desde el horno:

—Si van a coquetear, laven también los platos.

Camila se quedó congelada.

Gabriel miró hacia el horno.

—Sí, Pilar.

Camila lo miró, horrorizada.

—No puede obedecerle así delante de mí. Pierdo el respeto por su autoridad.

—Todos obedecen a Pilar.

—Eso explica por qué la cocina funciona mejor que el Consejo.

Gabriel tomó un paño.

—¿Lavo o seco?

Camila intentó no sonreír.

Falló.

—Lava. Quiero ver si un Alfa sabe con qué lado se agarra una olla.

Gabriel se quitó el saco con cuidado por la herida, se remangó la camisa y se puso junto al fregadero como si aquello fuera un asunto de Estado.

Camila, en su mesa de la esquina, empezó a etiquetar frascos.

No era una escena grande.

No había declaración.

No había beso.

No había marca.

Solo una cocina caliente, un Alfa lavando platos bajo la supervisión brutal de Pilar, y una rango bajo que ya no era propiedad de nadie escribiendo su nombre en una libreta nueva.

Camila Rojas Marín.

Mesa de la esquina.

Casa Serrano.

Por ahora.

Y, por ahora, eso bastaba.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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