Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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Una llamada inesperada
Capítulo 22: Una llamada inesperada
La mañana del martes comenzó con la tranquilidad habitual en el Grupo Ferrer. Después del éxito de la gala benéfica, el trabajo había vuelto a la normalidad, aunque el baile entre Nicolás y Camila seguía ocupando un lugar especial en la memoria de ambos.
Camila llegó temprano, dejó su bolso sobre el escritorio y encendió el ordenador. Mientras revisaba unos correos, Elena se acercó con una sonrisa.
—Desde la gala estás distinta.
Camila levantó la vista.
—¿Distinta cómo?
—Más feliz.
Ella negó entre risas.
—Son imaginaciones tuyas.
—Será...
Camila intentó cambiar de tema, pero era inútil. Ella misma sabía que algo había cambiado desde aquella noche.
En el último piso del edificio, Nicolás terminaba de firmar unos contratos cuando su teléfono vibró.
La pantalla mostró un nombre que no esperaba ver.
Valentina.
Permaneció unos segundos mirando el celular antes de contestar.
—Hola.
—Hola, Nicolás.
Su voz sonaba tranquila.
—¿Podemos hablar?
Él respiró hondo.
—Claro.
—Necesito verte. Es importante.
Hubo un breve silencio.
—¿Cuándo?
—Hoy, después del trabajo.
Nicolás miró por la ventana.
—Está bien.
—Solo quiero cerrar las cosas de la mejor manera.
—Nos vemos esta tarde.
Colgó lentamente.
No sentía nervios.
Ni ilusión.
Solo la necesidad de terminar una historia que había sido importante en su vida.
Un rato más tarde, Laura llamó a Camila.
—Necesito que lleves estos documentos al despacho del señor Ferrer.
—Enseguida.
Camila tomó la carpeta y subió al último piso.
Golpeó la puerta.
—Adelante.
Cuando entró, encontró a Nicolás todavía con el teléfono en la mano.
Su expresión era seria.
—Buenos días.
Él levantó la vista y sonrió apenas.
—Hola, Camila.
Ella dejó los documentos sobre el escritorio.
—Acá están los contratos.
—Gracias.
En ese momento el teléfono volvió a sonar.
Otra vez era Valentina.
Nicolás respondió casi de inmediato.
—Sí...
Camila permaneció inmóvil unos segundos.
No quería interrumpir.
—Sí, a las siete está bien.
Escuchó una pausa.
—No te preocupes... hablamos tranquilos.
Camila sintió un pequeño nudo en el pecho.
Bajó la mirada.
—Yo... mejor me voy.
Nicolás levantó la mano para detenerla.
—Camila...
Pero ella ya había salido del despacho.
Mientras descendía en el ascensor, intentaba convencerse de que aquello no debía afectarle.
Era lógico.
Valentina había sido la pareja de Nicolás durante años.
Era normal que todavía hablaran.
Sin embargo, una voz en su interior le repetía otra cosa.
"Tal vez nunca dejó de quererla."
Sacudió la cabeza.
No tenía derecho a sentir celos.
No eran pareja.
Ni siquiera habían hablado de lo que había significado aquel baile.
Aquella tarde, Nicolás llegó puntual a un pequeño café cerca del Parque del Retiro.
Valentina ya lo esperaba.
Cuando lo vio llegar, le dedicó una sonrisa sincera.
—Gracias por venir.
—No podía decirte que no.
Pidieron dos cafés.
Durante unos minutos hablaron de temas cotidianos.
Hasta que Valentina apoyó lentamente una pequeña caja sobre la mesa.
—Todavía tenía esto.
Nicolás la abrió.
Dentro estaban las llaves del departamento donde habían vivido juntos.
Él sonrió con nostalgia.
—Pensé que las habías perdido.
—No.
Ella respiró profundamente.
—Solo necesitaba encontrar el momento para devolvértelas.
Nicolás cerró la caja.
—Gracias.
Valentina lo miró con cariño.
—¿Sabés una cosa?
—¿Qué?
—Hoy me di cuenta de que ya no estoy triste.
Él sonrió.
—Me alegra mucho.
—Creo que los dos merecemos volver a ser felices.
Nicolás asintió lentamente.
—Sí.
Ella tomó un sorbo de café antes de preguntarle:
—¿Hay alguien más?
Él permaneció en silencio.
No respondió.
Pero aquella sonrisa involuntaria fue suficiente.
Valentina rió con dulzura.
—No hace falta que me lo digas.
Nicolás bajó la mirada.
—Todavía no pasó nada.
—Pero te conozco.
Ella sonrió.
—Hace mucho que no te veía mirar la vida de esa manera.
Al salir del café, ambos se despidieron con un abrazo lleno de respeto.
No había rencor.
Solo gratitud por la historia que habían compartido.
Desde la vereda de enfrente, sin embargo, una persona observó aquella escena.
Camila.
Había salido antes del trabajo para comprar un regalo para Lola y, al pasar por allí, reconoció inmediatamente a Nicolás.
Lo vio abrazar a Valentina.
Sintió que el corazón se le encogía.
No esperó a ver más.
Se dio media vuelta y siguió caminando con los ojos llenos de lágrimas.
No sabía que aquel abrazo era una despedida.
Pensó que era el comienzo de un nuevo intento entre ellos.
Y, por primera vez desde que llegó a Madrid, sintió miedo de haberse ilusionado con alguien que todavía pertenecía al pasado.