¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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El Cruce De Caminos
La cena en casa de Gonzalo marcó un antes y un después en nuestra relación. Ninguno de los dos volvió a hablar del tema de manera directa durante los días siguientes, pero la tensión entre nosotros había cambiado. Ya no éramos solo dos amigos que pasaban el rato; éramos dos personas que se buscaban con la mirada, que prolongaban los abrazos al despedirse y cuyos mensajes de texto diarios habían adquirido un tono mucho más íntimo y constante.
A mitad de semana, Caliope me llamó por teléfono a altas horas de la noche. Se escuchaba agotada tras una jornada de doce horas en el hospital, pero su voz se animó de inmediato cuando le mencioné, casi sin querer, que Gonzalo me había ayudado a pintar una de las paredes de mi habitación el día anterior.
—Espera, ¿Gonzalo estuvo en tu apartamento otra vez? —preguntó Caliope, y pude escuchar el sonido de sus sábanas mientras se acomodaba en la cama—. Yadira Cos, te conozco. Hay algo que no me estás contando.
Sopesé mis palabras. Durante dos años le había ocultado mi dolor por Jester para proteger al grupo, pero esto era diferente. Lo que estaba naciendo con Gonzalo no era un secreto doloroso; era algo hermoso que me llenaba de una ilusión que creía perdida.
—Creo que... me gusta Gonzalo, Cali —confesé en voz baja, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso al decirlo en voz alta por primera vez.
Hubo un silencio del otro lado de la línea, seguido por un grito ahogado de emoción que me hizo alejar el teléfono de la oreja.
—¡Lo sabía! ¡Oh, por Dios, finalmente! —exclamó Caliope—. Yadira, Gonzalo lleva mirándote como si fueras la única mujer sobre la tierra desde hace meses. Solo estaba esperando a que tú bajaras la guardia.
—¿De verdad? —pregunté, sorprendida—. ¿Tú crees que él siente lo mismo?
—¿Estás bromeando? Gonzalo es un libro abierto. Cuando tú estás en la misma habitación, él no tiene ojos para nadie más. Jester y yo lo hablábamos el otro día...
El nombre de Jester resonó en mi mente, pero para mi sorpresa, ya no dolió. No hubo esa punzada de nostalgia ni el eco del arrepentimiento. Era simplemente el nombre de un amigo muy querido. Ese fue el momento exacto en que me di cuenta de que estaba completamente curada. Mi pasado con Jester era solo eso: una etapa de madurez, un amor platónico que me había enseñado a valorar los sentimientos, pero que nunca tuvo bases reales. Lo que tenía con Gonzalo, en cambio, era real, sólido y recíproco.
—Me alegra escuchar eso —admití, sonriendo en la oscuridad de mi habitación.
—Tienes que dejarte llevar, Yadira —me aconsejó Caliope con esa sabiduría práctica que la caracterizaba—. Has pasado demasiado tiempo protegiéndote, siendo perfecta y controlando todo. Gonzalo es el hombre más bueno y honesto que conozco. Se merece que le des una oportunidad, y tú te mereces ser feliz sin miedo.
Colgué el teléfono sintiendo que un peso enorme se levantaba de mis hombros. Caliope tenía razón. Había pasado años construyendo murallas alrededor de mi corazón, primero para ocultar lo que sentía por Jester y luego para evitar volver a salir lastimada. Pero Gonzalo había ido desmontando esas murallas piedra por piedra, no con grandes gestos dramáticos, sino con su presencia constante, su risa y su apoyo incondicional. Estaba lista para dar el paso. Estaba lista para dejarme encontrar en el cruce de caminos donde él me esperaba pacientemente.
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