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Las Consecuencias De Una Noche...

Las Consecuencias De Una Noche...

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:15
Nilai: 5
nombre de autor: Quel Santos

Evelyn Moore creía en el amor hasta que sorprendió a su novio en los brazos de la madrina de boda. Destrozada, huye hacia el caos de Manhattan, buscando anestesiar su dolor en una discoteca lujosa. Allí, su camino se cruza con el de Alexander Carter, un poderoso multimillonario que, después de ser drogado en una trampa, pierde el control de su fría realidad. Entre luces y sombras, dos almas en ruinas chocan. Lo que debió ser solo una huida impulsiva y anónima sella sus destinos para siempre, demostrando que las cenizas de una traición pueden alimentar un amor indomable.

NovelToon tiene autorización de Quel Santos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

El reloj de pared en la oficina de Alexander parecía burlarse de la ansiedad que crecía en el pecho de Evelyn. Durante toda la tarde, sintió una barrera invisible alzarse entre ellos. Alex estaba allí, a pocos metros de distancia, pero su mente parecía estar a kilómetros. Entraba y salía de la sala con carpetas, hablaba por teléfono con un tono ríspido y apenas desviaba los ojos de los papeles para mirarla. Para quien acababa de prometerle el mundo en la mañana de ese mismo día, su frialdad era como un balde de agua helada.

Evelyn intentó concentrarse en los procesos de la empresa, pero las letras comenzaron a danzar ante sus ojos. El miedo, ese viejo conocido que la acompañaba desde la traición de Ethan, susurró en su oído que tal vez Alexander se estaba arrepintiendo. Tal vez el peso de la responsabilidad de una familia repentina estaba cobrando su precio. Cuando finalmente quedaron solos, el silencio se tornó insoportable.

Evelyn se levantó, caminando hasta la mesa de él. Sus pasos eran decididos, aunque su corazón estuviera apretado.

—¿Está sucediendo algo, Alex? —preguntó, con la voz firme, pero cargada de una nota de incertidumbre.

Alex ni siquiera levantó la cabeza de inmediato. Apenas firmó un documento más antes de responder con una voz monótona.

—No es nada, Evelyn. Son solo trabajos acumulados de estos últimos quince días. Pronto todo estará bien de nuevo. Pero ya pasamos demasiado tiempo aquí, vamos a ver a nuestra pequeña.

Comenzó a organizar los papeles para salir, pero Evelyn no se movió. Sentía que había algo más.

—Claro —dijo, cruzando los brazos—. Pero antes, quería saber si la propuesta de una familia sigue en pie.

Esta vez, Alex detuvo lo que estaba haciendo. Levantó los ojos y la encaró, genuinamente sorprendido.

—Pero, por supuesto que sí, Evelyn. ¿Por qué esa duda ahora?

—Es que entraste en la oficina y te pusiste frío, distante... —Desvió la mirada por un segundo, sintiendo el nudo en la garganta—. Mira, yo no quiero que estés conmigo por obligación, o solo porque descubriste que Victoria es tu hija. Yo no necesito un padre para ella que esté conmigo por peso en la conciencia...

Antes de que pudiera terminar la frase, Alex rodeó la mesa con una agilidad predatoria. La sujetó por la cintura y la atrajo hacia sí, callándola con un beso urgente y posesivo. Fue un beso que cargaba toda la frustración de una tarde entera de fingimiento. Evelyn sintió el calor de él y la firmeza de sus brazos, y toda su inseguridad comenzó a derretirse.

Cuando se alejó, sus ojos estaban oscuros, fijos en los de ella. Alex percibió que, en su afán de preparar la sorpresa perfecta, había acabado negligenciando lo que Evelyn más necesitaba: la confirmación de que él la quería, no solo como madre de su hija, sino como mujer.

—No dudes nunca más de lo que siento por ti —susurró contra los labios de ella—. Si no lo demostré hoy, perdóname. Estaba con la cabeza en mil cosas, pero la única certeza que debes tener es que yo soy tuyo. De cuerpo, alma y corazón. Hace tres años, Evelyn, nadie ocupó tu lugar. Te estaba esperando, incluso sin saber quién eras. Y ahora que te encontré, no voy a dejar que te alejes de mí ni por un segundo.

—Pero hoy pareciste tan lejos... —murmuró ella, aún recuperando el aliento.

—Puedes quebrar la distancia en cualquier momento, mi amor —dijo Alex, acariciando el rostro de ella con el pulgar—. No hay límites entre nosotros dos. Si quieres llegar a mí, tirar todos esos papeles al suelo y exigir mi atención, ese es tu derecho. No tienes noción de lo loco que estoy por vivir todo lo que estos tres años nos impidieron tener.

Inclinó la cabeza y besó la curva del cuello de ella, sintiendo el perfume de flor de naranjo que lo embriagaba. Sus manos se deslizaron por el cuerpo de ella, sintiendo las curvas que su memoria guardara con tanta precisión.

—Ahh... Alex... —el gemido de ella escapó bajo, cargado de deseo.

—Cómo extrañé ese sonido —murmuró, cerrando los ojos por un instante.

Sin embargo, Alex sabía que necesitaba mantener el autocontrol si quería que el resto del plan funcionara. Se alejó reacio, acomodándose el propio traje.

—Pero necesitamos ir a ver a nuestra hija ahora. Continuamos esto más tarde... solo nosotros dos.

Evelyn frunció el ceño, confusa.

—¿Cómo así, "solo nosotros dos"?

—Una cita de verdad, Evelyn. Sin bebidas bautizadas, sin drogas, sin el caos de una discoteca. Una cena romántica, solo tú y yo.

—¿Pero y Victoria? —preguntó, la preocupación materna siempre presente.

—Cristina se quedará con ella. Ya está todo organizado.

Evelyn soltó una risita, percibiendo la trama.

—¿Era eso lo que estabas tramando todo el día? ¿Por eso esa distancia?

—Eso y mucho más, mi amor —le guiñó un ojo, recuperando el semblante encantador.

—Pues que sepas que ahora estoy muy ansiosa por ese "mucho más" —respondió, sintiendo el corazón ligero nuevamente.

Fueron hasta el área de recreación, donde Victoria los recibió con la energía de siempre. La pequeña abrazó a los dos, un lazo perfecto que los unía de forma definitiva. Al final de la tarde, Cristina apareció con una sonrisa cómplice en el rostro. Cargaba una caja de lujo con un vestido de seda y una bolsa llena de cosméticos.

—¡Hora de irnos, pequeña Vick! —exclamó Cristina, tomando a la niña en brazos—. ¡Hoy es noche de fiesta en casa de la Dinda!

Evelyn miró la caja y luego a Alex.

—¿Dónde me voy a arreglar?

—El conductor te va a llevar a un salón de belleza —explicó Alex, dándole un beso de despedida—. Algunas horas de SPA, masaje y todo lo que tienes derecho. Te espero en el restaurante. No te demores.

Las horas siguientes fueron un borrón de relajación para Evelyn. Se permitió ser cuidada, sintiendo la tensión de los últimos años ser lavada por el agua tibia y por las manos hábiles de las esteticistas. El vestido que Alex había escogido era de un tono esmeralda que destacaba su piel y sus ojos. Cuando se miró en el espejo, se sintió como una reina yendo a un baile de gala.

El coche se detuvo frente a un restaurante histórico, un local discreto y extremadamente elegante. Cuando la puerta se abrió, Evelyn casi perdió el aliento. Alexander estaba parado allí, esperándola. Vestía un esmoquin impecable que lo dejaba aún más imponente. En sus manos, sostenía un ramo inmenso de lirios blancos.

Evelyn sintió las lágrimas picar sus ojos. Los lirios eran sus flores favoritas, el símbolo de su pureza y de su fuerza. Nunca había ganado esas flores de hombre ninguno en la vida, a no ser de su propio padre en sus cumpleaños. ¿Cómo lo sabía? Tal vez fuera solo el instinto de un hombre que realmente la conocía en el alma.

—Bienvenida a tu segunda mejor noche de la vida —dijo, extendiendo las flores y ofreciendo el brazo.

—Alex... son lirios. ¿Cómo lo supiste? —susurró, aspirando el perfume dulce de las flores.

—Yo no lo sabía, Evelyn. Apenas las miré y pensé que combinaban con la mujer que cambió mi destino. Son fuertes y delicadas al mismo tiempo, exactamente como tú.

Entraron en el restaurante, que estaba cerrado exclusivamente para los dos. El sonido suave de un violín llenaba el ambiente, creando una atmósfera de ensueño. La mesa estaba puesta con perfección, iluminada por velas que se reflejaban en los cristales.

La cena fue una sucesión de descubrimientos. Conversaron sobre todo: sobre la infancia de Evelyn en Brasil, sobre los desafíos de Alex para construir su imperio, sobre los sueños que ambos tenían para Victoria. No había más la barrera del trabajo o el fantasma del pasado. Allí, eran apenas un hombre y una mujer descubriendo que el amor no era un accidente, sino una elección diaria.

A cada toque de mano sobre la mesa, a cada intercambio de miradas, la electricidad entre ellos crecía. Alex la trataba con una reverencia que ella nunca había experimentado. No intentaba poseerla; intentaba honrarla.

—Pasé tres años en la oscuridad, Evelyn —dijo, sosteniendo la copa de vino y mirándola profundamente—. Tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero sentía que faltaba el color en mi vida. En aquella noche en la discoteca, incluso drogados y perdidos, nuestras almas se reconocieron. Nunca más fui el mismo.

—Yo tampoco —admitió, con la voz suave—. Huí a Brasil creyendo que el amor era una mentira, una trampa. Victoria fue mi único motivo para sonreír durante mucho tiempo. Pero ahora... ahora me doy cuenta de que el destino no me dio solo una hija. Me dio el camino de vuelta a casa.

Al final de la cena, Alex se levantó y la invitó a un baile lento al sonido del violín. En medio del salón vacío, se movieron como si fueran uno solo. Evelyn apoyó la cabeza en el pecho de él, oyendo los latidos fuertes y rítmicos del corazón de Alexander.

—Esta fue, sin duda, la noche más romántica de mi vida —susurró.

—La noche aún no ha terminado, mi amor —respondió, besándole la frente—. Y nuestra vida juntos está apenas comenzando.

Evelyn sonrió, sintiéndose segura y amada. El pasado con Ethan era ahora una mancha pálida y distante. El presente era Alexander, el futuro era Victoria, y el amor, finalmente, era una verdad incuestionable. Salieron del restaurante bajo el cielo estrellado de Manhattan, sabiendo que aquella noche mágica era apenas el primer capítulo de una historia que sería escrita con la tinta de la eternidad.

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