Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 24: Estuve con Anabel
El silencio volvió a llenar la habitación, pero ya no era un silencio frío ni tenso: estaba cargado del calor que habían dejado sus cuerpos, del eco de sus gemidos y de esa sensación de haberse fundido en uno solo. Marco la rodeó con sus brazos con infinita ternura, apretándola contra su pecho como si quisiera protegerla del mundo entero, y empezó a acariciarle despacio la espalda, el cabello, la línea de su mandíbula, con una suavidad que contrastaba con la pasión arrolladora de unos minutos antes. No dijo nada, solo la dejó sentir que estaba ahí, que no se iría, que ella era todo lo que le importaba.
Elisa descansó la cabeza sobre su hombro, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón bajo su mejilla, y poco a poco empezó a hablar, con la voz entrecortada por las lágrimas que volvían a brotar, pero esta vez sin rabia, solo con una tristeza profunda y sincera:
—Lo que vi en la oficina… me dolió tanto, Marco. Me pareció que todo lo que me habías dicho, todas esas promesas de luchar, de que solo yo te importaba… se deshacían en un segundo. Cuando te vi con ella, sentí que se me caía el mundo encima, que ya no tenía a nadie. Y por eso fui a buscar a Luis… pensé que al menos con él podría encontrar algo cierto, algo que no se rompiera así de fácil. Pero al llegar… —la voz se le quebró por completo, y apretó los párpados con fuerza— lo encontré con otra chica, tan juntos, tan cariñosos… vi todo lo que conmigo nunca fue. Me partió el alma en dos, Marco. Me di cuenta de que yo había estado cargando con una culpa inmensa por él, y él ya me había traicionado mucho antes. Me sentí tan sola… tan estúpida…
Hizo una pausa larga, respiró hondo y lo abrazó con más fuerza, aferrándose a él como si fuera el único trozo de tierra firme en medio de una tormenta:
—Pero ahora… ahora sé que aquí, en tus brazos, es donde me siento a salvo. Eres mi lugar seguro, Marco. No quiero estar en ningún otro sitio que no sea contigo.
Marco la escuchó en silencio todo el tiempo, y mientras ella hablaba, esa expresión de ternura se fue transformando poco a poco en una sombra de culpa que le nubló los ojos. Apretó los dientes, pasó una mano por su cabello con desasosiego, y cuando ella terminó, suspiró con pesadez, como si le costara mucho decir lo que iba a decir:
—Elisa… escúchame bien. Lo que viste… no fue lo que creíste. Fui yo quien buscó esa mujer, sí, pero no fue por placer ni por deseo. Lo hice para intentar calmar las aguas, para que nadie nos separara. Y esa mujer… es Anabel.
Elisa se quedó inmóvil un instante, como si no hubiera entendido bien esas palabras. Luego levantó la cabeza despacio y lo miró a los ojos con incredulidad creciente:
—¿Anabel? ¿La hermana de Luis? ¿Con ella…? —se sentó de golpe en la cama, apartándose de él— ¿Cómo pudiste? ¡Ella nos odia! ¡Ella es la que quiere destruirnos! ¡Y tú… tú te acostaste con ella! ¡No te lo creo! ¡Jamás se me habría pasado por la cabeza que pudieras hacer algo así!
Se levantó de un salto, empezando a recoger su ropa con manos temblorosas y movimientos bruscos, vistiéndose a toda prisa sin mirarlo, sintiendo que la rabia y la confusión volvían a llenarla de golpe.
—¡Elisa, espera! —exclamó Marco incorporándose también, pero sin intentar detenerla con violencia— ¡Escúchame! ¡Lo hice por ti! ¡Ella me dijo que si no aceptaba lo que me pedía, se lo contaría todo a Luis y te haría la vida imposible! ¡Pensé que era la única forma de mantenerte a salvo, de que no te hiciera daño! ¡Lo hice para tenerte cerca, para que no nos separaran! ¡No significó nada para mí, te lo juro!
—¿Para tenerme cerca? —repitió ella con amargura, dándose la vuelta ya casi vestida— ¡Lo único que has hecho es enredarlo todo más! ¡No sé qué creer ya! ¡Todos mienten, todos ocultan cosas, y yo estoy harta de ser la última en enterarme de todo!
Estaba a punto de salir por la puerta cuando la voz de Marco, rota por la desesperación pero llena de un amor que no podía fingir, la detuvo:
—¿Crees que fue fácil para mí? ¿Crees que no me sentí sucio, que no odié cada segundo de estar con ella pensando que debería estar contigo? ¡Lo hice porque te amo más que a mi propia vida! ¡Porque no soportaba la idea de perderte! ¡Perdóname, Elisa! ¡Perdóname por haber intentado arreglarlo a mi manera, pero te juro que no hay nadie más para mí que no seas tú! ¡No te alejes ahora que por fin nos habíamos encontrado!
Elisa se detuvo en el umbral, con la mano en el pomo de la puerta. Sus palabras calaron hondo, y poco a poco la furia ciega fue dando paso a una dolorosa comprensión: él había actuado movido por el miedo a perderla, igual que ella había actuado movida por el miedo y la culpa. Giró despacio la cabeza y lo miró: allí estaba él, el hombre más poderoso que conocía, desnudo ante ella y ante sus propios errores, con la mirada llena de arrepentimiento y de un amor inmenso.
—Te creo… —dijo al fin con voz muy baja—. Pero necesito estar sola un rato. Necesito ordenar todo esto en mi cabeza, todo lo que ha pasado en tan poco tiempo. No quiero ver a nadie, no quiero hablar con nadie… solo necesito unos momentos para mí. Por favor, no me busques todavía.
Marco asintió despacio, con la tristeza reflejada en cada rasgo de su rostro:
—Como tú quieras. Tómate el tiempo que necesites. Yo estaré aquí esperándote. Siempre.
Elisa asintió apenas y salió de la habitación cerrando la puerta suavemente tras de sí.
Marco se quedó solo. Se dejó caer contra la cabecera de la cama, cubriéndose con una manta hasta la cintura, y se pasó una mano por el rostro con cansancio infinito. Sacó su teléfono del bolsillo del pantalón que estaba al borde de la cama, buscó un nombre en la pantalla y escribió con dedos firmes y una determinación que no admitía vuelta atrás:
**«Quiero verte. Ahora mismo.»**
Y al darle a enviar, supo que ya no había vuelta atrás: haría lo que fuera necesario para limpiar el camino, para que ella no tuviera que sufrir ni un segundo más.