Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 5: La cuarta hermana
La palabra “AYUDA” ardía en el papel roto como si hubiera sido escrita con fuego. Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la columna hasta los huesos. No era miedo. Era reconocimiento. Algo en esa palabra, en esa letra desesperada, le resultaba íntimamente familiar.
—Nora —repitió la piloto, cerrando el cuaderno de golpe—. Está atrapada.
—¿Atrapada dónde? —preguntó Clara enfermera, aún temblando.
—En el tiempo. Pero no como nosotras. Nosotras viajamos de cuerpo en cuerpo, de época en época. Ella... ella está en el entre. En el espacio donde las grietas se abren pero no llevan a ningún lado. Es un infierno.
Valentina recordó de pronto un cuento que su abuela Lucía le repetía cuando era chica, antes de dormir. Un cuento sobre una mujer que se perdía en el “pliegue de las horas” y nunca podía salir, y las demás mujeres de la familia tenían que llamarla por su nombre cada noche para que no se olvidara de quién era.
—Nora —susurró Valentina—. ¿Nora qué?
La piloto abrió el cuaderno otra vez. Las páginas seguían moviéndose, pero ahora la escritura era más errática, como si la mano que la guiaba estuviera convulsionando. Alcanzaron a leer fragmentos sueltos antes de que desaparecieran:
“el tiempo me come los dedos”
“no sé cuántos años llevo acá”
“la primera grieta no fue en el 87, fue antes, mucho antes, y fui yo, fui yo quien la abrió”
“tengo miedo de olvidar sus caras”
Clara enfermera apartó la vista. No podía más.
—¿Cómo la encontramos? ¿Cómo la sacamos de ahí?
—No se puede —dijo la piloto con crudeza—. Yo lo intenté. En 1944, después de un bombardeo, caí en el entre por unos segundos. Vi a Nora. Estaba... deformada. El tiempo la había estirado como un chicle. Tenía los brazos largos, la cara al revés, pero seguía hablando. Seguía pidiendo ayuda.
—Y la dejaste ahí —dijo Valentina. No era una acusación. Era una constatación.
—No tuve opción. El entre me escupió a los pocos segundos. Pero Nora me agarró la mano. Me susurró algo al oído antes de soltarme.
—¿Qué te dijo? —preguntaron las dos al unísono.
La piloto cerró los ojos. Recordar le dolía físicamente, como si la memoria fuera una herida que nunca cicatrizaba del todo.
—Dijo: “No confíes en la que escribe en el mapa. No es humana.”
El quirófano se llenó de un silencio denso. Las tres miraron el mapa dibujado con carbón en el piso. Las líneas, las bifurcaciones, los nombres. Alguien había agregado “Nora” en 1952. Alguien que no era ninguna de ellas.
—Si no es humana —dijo Clara enfermera con voz apenas audible—, ¿qué es?
El cuaderno tembló en las manos de la piloto. Las páginas se abrieron solas en una hoja blanca, y la escritura comenzó a formarse lentamente, letra por letra, como si la mano invisible estuviera agotada:
“Soy el tiempo mismo. Y estoy podrido.”
Valentina sintió ganas de vomitar. No por asco, sino por una verdad que su cuerpo conocía antes que su mente: el tiempo no era neutral. El tiempo tenía voluntad. Y estaba sufriendo.
—Las grietas —dijo de repente—. No son accidentes. Son síntomas. Como fiebre. El tiempo está enfermo, y nosotras somos los glóbulos blancos.
—O los virus —dijo la piloto amargamente.
Clara enfermera se arrodilló frente al mapa y tocó con la punta de los dedos el círculo rojo del 15 de marzo de 1987. Bajo su tacto, las líneas de carbón se movieron. Se reordenaron. Formaron una figura que ninguna había visto antes: un ojo. Un ojo enorme que las miraba desde el piso.
—Nos está viendo —susurró Clara—. Alguien nos está viendo desde adentro del mapa.
La piloto agarró el bisturí del suelo. No para amenazar, sino para defenderse de algo que no sabía nombrar.
—Nora dijo que no confiáramos en la que escribe en el mapa. Pero si el mapa lo escribe el tiempo podrido... entonces el tiempo nos está mintiendo.
—¿Y si Nora también miente? —preguntó Valentina—. ¿Y si ella no está atrapada? ¿Y si ella es la que está pudriendo todo desde adentro?
El cuaderno se cerró de golpe. Tan fuerte que el ruido sonó a disparo. Las tres mujeres dieron un salto hacia atrás. Cuando volvieron a abrirlo, las páginas estaban en blanco. Completamente blancas. Ni una letra, ni una mancha.
El ojo en el mapa parpadeó.
Y luego sonrió.