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Contrato De Sangre

Contrato De Sangre

Status: Terminada
Genre:Venderse para pagar una deuda / Dominación / Mafia / Romance / Amor a primera vista / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Luisa Soto Rios

Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.

NovelToon tiene autorización de Maria Luisa Soto Rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Librería

La librería Moretti olía a lo que Elena más amaba en el mundo: a papel viejo, a pegamento de encuadernación, a polvo de 50 años y a la lluvia que se colaba por la ventana mal sellada del fondo. Olía a su madre.

No era un negocio. Nunca lo fue. Era una trinchera. Tenía 38 metros cuadrados, estanterías que llegaban al techo, una caja registradora que se trababa y una gotera justo encima de la sección de poesía que Elena había aprendido a amar porque le daba personalidad.

Pero debía $487,320 dólares. Y el banco ya no aceptaba personalidad como forma de pago.

Eran las 8:47 de la noche de un jueves de octubre en Chicago. Llovía a cántaros. Elena estaba sentada en el suelo, rodeada de facturas rosas, con el pelo recogido en un moño deshecho, con su suéter más viejo, intentando decidir qué vender primero: la primera edición de Ray Bradbury que su madre había guardado como oro o la mesa de restauración que le había regalado su profesor de la universidad.

La campanilla de la puerta sonó.

Elena ni levantó la vista.

"Estamos cerrados. Y deprimidos. Vuelva mañana, si es que mañana seguimos abiertos."

No hubo respuesta. Solo el sonido de pisadas pesadas sobre el suelo de madera vieja y el goteo de un abrigo mojado.

"Le dije que estamos cerrados."

"Y yo vi que la luz seguía encendida. Me pareció una falta de educación dejar a una chica sola, de noche, con esa cara de que va a llorar sobre facturas."

La voz. Grave, baja, con un acento que no era de Chicago. Ruso, tal vez. O ucraniano. Con una calma que no pegaba con la tormenta de afuera.

Elena por fin levantó la vista, irritada.

El hombre que tenía delante no pertenecía a esa calle. No pertenecía a esa librería. Medía como 1.90, llevaba un abrigo de lana negro que costaba más que todo lo que había en la tienda, el pelo oscuro peinado hacia atrás, mojado por la lluvia, y unos ojos grises que parecían ver demasiado. Guapo de una forma que incomodaba. Como un cuchillo bonito.

Y estaba goteando sobre su alfombra persa.

"Está usted goteando sobre una primera edición de Faulkner de 1947", dijo ella, señalando el charco que se formaba a sus pies.

Él miró hacia abajo, luego a ella, y sonrió. Una sonrisa pequeña, torcida, que no le llegó a los ojos.

"Entonces debería mover el Faulkner. O moverme a mí."

"Prefiero moverlo a usted. El Faulkner paga renta."

El hombre se rio. Una risa corta, sorprendida, como si nadie le contestara así nunca.

"Tienes carácter."

"Tengo deudas. Que es casi lo mismo pero sin el glamour. ¿Va a comprar algo o solo vino a mojarme el suelo?"

"Busco un libro."

"Qué sorpresa. En una librería."

"Para alguien que cree que todo tiene arreglo. Incluso lo que está roto desde hace mucho."

Elena se quedó callada. Esa frase le llegó demasiado cerca. Demasiado a su madre, a la librería, a ella.

"Entonces no busca un libro", dijo más suave. "Busca un milagro. Y esos están en la sección de autoayuda, al fondo, a la izquierda. Al lado de la gotera que cae sobre la poesía. Le advierto que todos mienten, pero al menos son baratos."

Lorenzo Volkov llevaba 10 años sin entrar a una librería. Llevaba 15 sin que alguien le hablara sin miedo. Su gente le temía. Sus enemigos lo adulaban por miedo. Las mujeres le sonreían porque querían su dinero o su apellido.

Esta chica, con el suéter roto y los ojos hinchados de no dormir, le acababa de decir que su sección de autoayuda mentía.

"¿Cómo te llamas?", preguntó. Necesitaba saberlo.

"Elena. Elena Moretti. Dueña, empleada, contadora y señora de la limpieza de este imperio en quiebra. ¿Usted?"

"Lorenzo."

"Lorenzo a secas. Como Cher. Me gusta. ¿Lorenzo qué más?"

"Lorenzo ya es bastante por hoy, Elena Moretti."

Ella se levantó, se sacudió las rodillas. Era bajita al lado de él. Tenía tinta en los dedos.

"Bueno, Lorenzo a secas, si no va a comprar, tengo que cerrar. Tengo que ir a mi otro trabajo a llorar en la ducha."

"No me has enseñado nada."

"¿Qué quiere que le enseñe? Tengo libros de todo. Si quiere olvidar su vida, ficción. Si quiere entender por qué su vida es un desastre, filosofía. Si quiere fingir que no es un desastre, autoayuda."

"Enséñame algo que te guste a ti. No lo que creas que me gustaría a mí."

Nadie le había pedido eso nunca. Elena dudó y caminó hacia una estantería alta, se puso de puntitas. Lorenzo, sin pensar, puso una mano en su cintura para que no se cayera. Ella se tensó, pero no lo apartó.

Bajó un libro pequeño, de tapa azul descolorida.

"Este. 'Cartas a un joven poeta', de Rilke. Mi madre me lo leía cuando no podíamos pagar la calefacción. Dice que el amor es dos soledades que se protegen, se tocan y se saludan. Siempre me pareció mentira, pero bonito."

Se lo dio. Sus dedos se rozaron. Los de él estaban fríos por la lluvia. Los de ella manchados de tinta y cálidos.

"¿Cuánto cuesta?", preguntó él.

"12 dólares. Para usted, 15 por mojarme el Faulkner."

"Me lo llevo. Y me llevo también el Faulkner que estoy mojando."

"¿Va a pagar 400 dólares por un libro que no va a leer solo por culpa?"

"Voy a pagar 400 dólares por la chica que me vendió un libro que sí voy a leer."

Elena se sonrojó. A su pesar. Hacía meses que no se sonrojaba.

Lorenzo pagó en efectivo. Con billetes de cien nuevos. Dejó el abrigo mojado en el perchero.

"Te lo dejo. Así tengo que volver."

"Qué táctica más vieja."

"Pero efectiva. Cierra bien, Elena Moretti. Esta calle de noche no es segura."

"Gracias, papá."

Él sonrió otra vez, se puso la capucha de su suéter y salió a la lluvia.

Elena se quedó mirando la puerta mucho después de que se fuera. Abrió la caja registradora. 412 dólares. Lo suficiente para pagar la luz una semana más.

No sabía que el hombre que acababa de salir era Lorenzo Volkov, heredero del imperio Volkov, el hombre que controlaba media ciudad. No sabía que esa noche, en su coche blindado, le diría a su chofer: "Averigua todo sobre la librería Moretti. Dueña, deudas, familia, todo. Y quiero saber cuánto falta para que el banco se la quite."

No sabía que acababa de conocer al hombre que le iba a arruinar la vida y a salvarla al mismo tiempo.

Solo sabía que por primera vez en meses, la librería olía un poco menos a tristeza.

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Elsa Galvez
me desilusióno su papel de autora.No se juega con los lectores.Si va a escribir una historia,TERMINELA!!!
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