Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
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Episodio 20
—Pero a mí me gusta cuando me supervisa el doctor Fabián. Es más relajado y más humano que el doctor Arturo —comentó Kayla.
—¿En serio? La verdad es que transferí a mi alumna al doctor Arturo a propósito, porque voy a cambiarme de hospital —reveló el doctor Fabián.
La noticia que acababa de dar el doctor Fabián fue como un rayo en cielo despejado para Kayla. Dejó de anotar en el expediente y miró al doctor Fabián con los ojos completamente abiertos.
—¿Se va a ir, doctor? ¿A dónde? ¿Por qué tan de repente? —preguntó Kayla atropelladamente.
El doctor Fabián sonrió con calma y cruzó los brazos frente al pecho.
—En realidad no es tan repentino, Kay. Me ofrecieron el puesto de Jefe de Departamento en el hospital central de mi ciudad natal, y la oferta llegó antes de que comenzara la rotación de internos. Por eso, como sabía que me iba a ir, le pedí al doctor Arturo que asumiera la responsabilidad de supervisarte —explicó el doctor Fabián.
Kayla se quedó en silencio. Acababa de darse cuenta de que su encuentro con el Dr. Hielo no había sido una mera coincidencia, sino un plan cuidadosamente elaborado por el doctor Fabián.
—Entonces, ¿el doctor Arturo aceptó supervisarme por petición suya? —preguntó Kayla.
—Al principio el doctor Arturo lo rechazó rotundamente —dijo el doctor Fabián, soltando una risita al recordar lo que había ocurrido semanas atrás.
—Dijo que no tenía tiempo para enseñarle a una interna que probablemente sería una llorona. Pero después de que le mostré tu expediente académico y lo presioné un poco, finalmente aceptó. ¿Y mira el resultado ahora? Has mejorado mucho —agregó el doctor Fabián.
Kayla agachó la cabeza. Sintió una mezcla de calidez y tristeza, además de decepción, porque resultaba que Arturo en realidad no había querido supervisarla. Solo por la insistencia del doctor Fabián, Arturo había terminado aceptando. Y pensar que todo este tiempo Kayla había creído que Arturo la supervisaba porque ella era su esposa… lamentablemente, esa no era la razón.
Una vez más, la decepción se sintió asfixiante para Kayla. Durante todo ese tiempo había albergado en secreto la sensación de ser especial, creyendo que Arturo la supervisaba como una forma de atención de esposo, aunque oculta bajo la máscara de la severidad. Sin embargo, la realidad de que Arturo la había rechazado de plano y solo había aceptado por obligación ante la petición del doctor Fabián hizo que su orgullo se desmoronara.
Antes de que Kayla pudiera tranquilizar sus sentimientos, la sirena de una ambulancia que aullaba frente al vestíbulo de urgencias lo interrumpió todo. Sonó un Código Azul, señal de un paciente con emergencia médica crítica.
—¡Kayla, deja de soñar despierta! ¡Vamos a urgencias! —ordenó el doctor Fabián, echando a correr.
Kayla lo siguió con pasos vacilantes. El ambiente en urgencias era un caos total. Un hombre víctima de un accidente llegó con hemorragia severa en la cabeza y pérdida de consciencia. El doctor Fabián estaba atendiendo a otro paciente, así que le pidieron a Kayla que realizara la atención inicial.
—¡Kayla, haz la evaluación de Glasgow y coloca el collarín cervical de inmediato! —gritó la enfermera jefa con su voz penetrante en medio del bullicio.
Kayla se acercó, pero su mente seguía atrapada en las palabras del doctor Fabián. Sus manos temblaban ligeramente al sostener la linterna médica para examinar las pupilas del paciente.
—Kayla, ¿cuánto da el Glasgow? —preguntó el doctor Fabián desde la camilla de al lado.
—Ojos... respuesta motora... —las palabras de Kayla salieron entrecortadas; de pronto había olvidado la secuencia de evaluación que normalmente dominaba de memoria.
—¡Rápido, Kayla! ¡Este paciente puede herniarse! —gritó el doctor Fabián.
El nerviosismo de Kayla fue notado por varios internos de otros departamentos y por las enfermeras de turno. Por su vacilación, Kayla estuvo a punto de colocar mal el collarín si una enfermera no hubiera intervenido a tiempo.
Después de que el paciente fue estabilizado y trasladado al quirófano por el doctor Fabián, Kayla se dejó caer exhausta en una banca del vestíbulo de urgencias. Sin querer, alcanzó a oír murmullos provenientes de la estación de enfermería.
—¿Vieron a Kayla hace rato? Resulta que es cierto lo que dice la gente —susurró una enfermera.
—¿Qué es lo que dice la gente? —preguntó otra.
—Dicen que solo es buena cuando está el doctor Arturo, y que en cuanto el doctor Arturo no está, se viene abajo. Seguramente sus calificaciones de antes fueron solo porque el doctor Arturo la ayudó —comentó otra enfermera joven.
—Quizás tiene algo con el doctor Arturo, por eso siempre la protege. Pero la verdad es que, cuando está sola así, resulta bastante mediocre; no es nada independiente —añadió la otra.
Las palabras mediocre* y nada independiente* se clavaron directamente en el corazón de Kayla. Se sintió insignificante; sintió que su presencia en este hospital se debía únicamente a la compasión de otros, no a su propia capacidad.
En medio de su tristeza, el celular de Kayla vibró. Un mensaje de Arturo apareció en la pantalla.
[El doctor Fabián me dijo que atendiste a un paciente de trauma hoy. No olvides la secuencia ABCD en emergencias. Te evaluaré mañana cuando regrese. Recuerda, Kayla: no me hagas quedar mal.]
Kayla miró el mensaje con los ojos vidriosos. No me hagas quedar mal, pensó Kayla.
Sintió que aquel mensaje ya no era motivación, sino una carga. Resultaba que para Arturo ella solo era una estudiante que no debía manchar su reputación.
Kayla se secó las lágrimas y se puso de pie. No quería verse débil, pero su ánimo se encontraba realmente en el punto más bajo.
La decepción acumulada en el corazón de Kayla le hizo perder la confianza en sí misma. Toda la noche no pudo dormir, y al día siguiente en el hospital trabajó como un robot que ha perdido el rumbo.
Por la tarde, Arturo llegó al hospital antes de lo programado. No fue directamente a buscar a Kayla, sino que se dirigió a la estación de enfermería para recoger los informes de evolución de los pacientes. Sin embargo, lo que encontró fueron quejas del personal sobre el desempeño de Kayla, que había decaído drásticamente en urgencias el día anterior.
Arturo caminó hacia la sala de internos con el rostro ensombrecido y encontró a Kayla mirando fijamente un expediente médico sin terminar de llenar.
¡Pam!
Arturo azotó el informe médico sobre la mesa frente a Kayla.
—¿Qué estuviste haciendo estos tres días? —preguntó Arturo con voz baja pero cargada de una intimidación que helaba la sangre.
Kayla se sobresaltó y se puso de pie temblando.
—Arturo, ¿ya regresaste? —dijo Kayla por cortesía.
—¡No me llames Arturo cuando trabajas como una aficionada! —le espetó Arturo.
—Arturo, yo... —Kayla no pudo terminar porque Arturo la interrumpió.
—Acabo de enterarme de que casi lastimaste a un paciente por dudar al colocar un collarín cervical, y que además no pudiste hacer la evaluación de Glasgow correctamente. ¿De qué sirve que te enseñe cada noche si me avergüenzas cuando no estoy? —reclamó Arturo.
—Ayer... ayer solo estuve un poco desconcentrada, doctor —dijo Kayla.
—¿Desconcentrada? En neurocirugía, desconcentrarse significa la muerte del paciente. Acepté supervisarte porque el doctor Fabián garantizó que tenías potencial, pero al verte ahora, me demuestras que no eres más que una interna llorona que no merece estar en mi departamento —le espetó Arturo.
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Continuará…