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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

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Capítulo 15: El Rugido de la Posesión

La mañana había traído consigo un aire inusualmente nítido a la provincia, como si las últimas tormentas de verano hubieran lavado no solo las piedras de la Mansión Blackwood, sino también la densa capa de letargo que la había mantenido oculta del mundo exterior. Los caminos de grava, aunque todavía flanqueados por una maleza que Caitlyn y los pocos criados recuperados se encargaban de recortar pacientemente, lucían secos y transitables. La luz del sol de julio, implacable y brillante, golpeaba la fachada gris de la propiedad, arrancándole destellos plateados a los muros que durante tres años solo habían conocido el tono mortecino del luto y el olvido.

En el interior, el rumor de la vida continuaba su avance civilizador. El perfume frutal y dulce de Caitlyn —esa mezcla embriagadora de manzanas maduras, vainilla silvestre y rosetas lavadas por la lluvia— se había convertido en el auténtico oxígeno de la casa, desalojando por completo el olor a encierro, alcohol y ceniza que antes dominaba el ala oeste. Sin embargo, esa paz recién conquistada estaba a punto de ser puesta a prueba por un eco del mundo exterior, un mundo que Alexander Blackwood había intentado borrar de su mapa mental pero que seguía exigiendo cuentas.

El sonido del traqueteo de un carruaje elegante, tirado por dos esbeltos caballos alazanes, interrumpió la quietud de las primeras horas de la tarde. El vehículo avanzó por el sendero principal con una ligereza aristocrática y se detuvo con precisión matemática frente a la gran escalinata de mármol.

De su interior descendió un hombre joven, de no más de veinticinco años, cuya estampa denotaba de inmediato la pulcritud y la ambición de las nuevas clases profesionales de la capital. Se trataba de Julián Vance, el hijo menor del viejo asesor legal de la familia Blackwood. Julián era un abogado recién graduado, de facciones finas y simétricas, cabello castaño claro perfectamente peinado con pomada y un bigote pulcro que seguía la última moda de la ciudad. Vestía una levita de paño azul marino de corte impecable, un chaleco de seda gris perla que brillaba bajo el sol y unos pantalones de montar impecables. En su mano derecha sostenía un maletín de cuero reluciente que contenía los documentos comerciales que el viejo Vance se negaba a seguir postergando.

Julián subió los escalones con paso ágil, desbordando la confianza de quien se sabe bien parecido y con un futuro brillante por delante. Al llegar al umbral, no encontró la puerta cerrada ni el recibimiento lúgubre que las leyendas de la ciudad contaban sobre la "mansión de la bestia". La puerta lateral del servicio estaba entornada, y antes de que pudiera llamar con el pomo de bronce, la figura de Caitlyn apareció en la entrada.

Caitlyn acababa de bajar de la guardería tras verificar que la pequeña Diana disfrutaba de su juego matutino. Vestía un traje de diario de percal grueso en un tono verde pino que realzaba con una belleza rotunda el matiz cálido y tostado de su piel salpicada de pecas diminutas. Al no llevar los corsés opresivos que las mujeres de la capital utilizaban para emular una fragilidad ficticia, su silueta curvy y sensual se manifestaba con una majestad terrenal indomable. Su busto pleno y firme llenaba con elegancia el corpiño del vestido, su cintura bien definida daba paso a unas caderas amplias, seguras y rotundas que se balanceaban con gracia natural, y sus muslos fuertes sostenían su postura con una seguridad imponente. El cabello oscuro, abundante y lleno de rizos rebeldes, caía suelto sobre sus hombros, enmarcando un rostro rebosante de salud y vida.

Al verla, Julián Vance se detuvo en seco. La palabra de saludo que traía preparada en los labios se congeló en su garganta. Sus ojos, acostumbrados a las damiselas pálidas, lánguidas y encorsetadas de los salones de la capital, se abrieron con una sorpresa mayúscula que rápidamente mutó en un interés evidente, carnal y descarado. Recorrió con una lentitud nítida las formas generosas del cuerpo de Caitlyn, deteniéndose en el relieve imponente de su pecho y en el balanceo rítmico de sus caderas anchas. Para el joven abogado, aquella mujer no lucía como una criada; era la personificación de la abundancia, una criatura de una sensualidad tan pura y vibrante que le encendió la mirada al instante.

—Buenos días... —consiguió decir Julián, quitándose el sombrero de copa con un gesto exageradamente galante y dedicándole una sonrisa cargada de picardía—. Supongo que he llegado a la Mansión Blackwood, aunque por un momento pensé que había equivocado el camino y había entrado en el jardín de una diosa. ¿Soy tan afortunado de estar ante la señora de la casa, o el señor Blackwood esconde a los tesoros más hermosos de la provincia en su servicio?

Caitlyn, lejos de ruborizarse o intimidarse por el coqueteo directo del visitante, sostuvo la mirada del joven abogado con una valentía inquebrantable. Sus ojos oscuros lo estudiaron con una agudeza nítida, detectando la vanidad del hombre de la ciudad. Cruzó los brazos bajo su busto firme, un gesto que acentuó aún más la redondez de sus curvas generosas, y esbozó una media sonrisa contenida.

—Soy Caitlyn, la niñera de lady Diana, señor... —respondió ella con su voz redonda, melódica y firme—. Y está usted en la propiedad correcta. Si busca al señor Blackwood por asuntos legales, le sugiero que mantenga la formalidad. Esta casa está recuperando su orden, y el dueño no es muy amigo de los rodeos.

Julián dio un paso hacia el interior del vestíbulo, acortando la distancia con una audacia calculada. El aroma frutal y dulce de la piel de Caitlyn lo envolvió, haciéndole entornar los ojos con deleite.

—Un placer absoluto, bella Caitlyn —dijo Julián en un tono más bajo, casi confidencial, inclinándose ligeramente hacia ella de una manera que pretendía ser íntima—. Si la niñera posee esta belleza y este carácter, me temo que mis visitas a esta mansión van a volverse extremadamente frecuentes. Mi padre me envió a firmar unos papeles con el señor Blackwood, pero confieso que ya he encontrado una razón mucho más poderosa para no querer marcharme de aquí.

Desde lo alto de la escalinata principal, oculto por la penumbra del descanso superior, Alexander Blackwood observaba la escena.

Había bajado del ala oeste al escuchar la llegada del carruaje, dispuesto a atender los molestos asuntos comerciales que su abuela Margaret le había anunciado. Pero lo que sus ojos azul grisáceos presenciaron hizo que la sangre se le convirtiera en fuego líquido dentro de las venas. Ver al joven abogado mirar a Caitlyn con ese descaro, ver cómo sus ojos recorrían las curvas voluptuosas de su torbellino, y escuchar las palabras de galantería barata que intentaban cercar a la mujer que lo había devuelto a la vida, desató en el pecho de Alexander una tormenta de una violencia inaudita.

No era la amargura fúnebre del luto; era algo mucho más primitivo, salvaje y netamente masculino. Era una posesividad absoluta, un rugido de la carne que le atenazó las costillas y le aceleró el corazón con un impacto brutal. Caitlyn era la luz que lo había rescatado del infierno. Su cuerpo generoso, su hombro cálido donde él había llorado la noche anterior, su aroma a vainilla... todo ella le pertenecía por derecho de redención. Ningún dandy de la capital iba a poner sus manos, ni siquiera sus ojos, sobre su refugio.

Alexander abandonó las sombras del piso superior y comenzó a descender las escaleras. Sus botas pesadas golpearon los peldaños de mármol con un sonido rítmico, pausado y deliberadamente amenazante, un eco que hizo que el vestíbulo entero pareciera encogerse.

Al escuchar el impacto de los pasos, Julián y Caitlyn giraron el rostro hacia la escalinata.

La presencia física de Alexander Blackwood era colosal, imponente y peligrosa. Vestía esa tarde una camisa de lino blanco impecable, pero llevaba los cordones del cuello sueltos, revelando la fisonomía fuerte y musculosa de su pecho. Sus pantalones oscuros se ceñían a sus piernas largas y sus hombros anchos parecían ocupar todo el ancho del pasillo. La barba castaña, perfectamente recortada, le endurecía la línea perfecta de la mandíbula, y su cabello rebelde estaba peinado hacia atrás con los dedos.

Pero lo más impactante eran sus ojos. Los ojos azul grisáceo del heredero brillaban con una fijeza nítida, casi sobrehumana; un fuego azul, ardiente y salvaje, bailaba en sus pupilas, el fuego inequívoco del hombre que ha vuelto a la vida y está dispuesto a matar por defender lo que es suyo. La máscara de la Bestia herida había caído, dando paso al depredador que reclama su territorio.

Alexander llegó al final de la escalera y avanzó hacia la pareja con pasos largos, deteniéndose justo en medio de Caitlyn y el abogado, cortando la línea de visión de Julián de manera absoluta. Su envergadura física eclipsó la luz del sol que entraba por la puerta, sumergiendo al joven visitante en su sombra.

—Vance —dijo Alexander, y su voz no fue un gruñido áspero, sino un barítono profundo, rico, helado y dotado de una vibración tan potente que hizo vibrar los cristales del vestíbulo—. Supongo que tu padre te enseñó que en las propiedades ajenas se saluda primero al dueño antes de perder el tiempo con el personal.

Julián Vance retrocedió un paso por puro instinto de supervivencia. La sonrisa burlona y la confianza de su levita azul marino se desvanecieron ante el impacto de la imponente figura del aristócrata. Sintió el calor enojado que emanaba del pecho de Alexander y la fijeza asesina de su mirada clara, y por primera vez comprendió que los rumores sobre el señor de Blackwood se quedaban cortos.

—Señor... señor Blackwood —tartamudeó Julián, ajustándose el cuello de la camisa con una mano temblorosa—. Mis disculpas. No... no pretendía faltar al respeto. Solo intercambiaba unas palabras de cortesía con la señorita mientras esperaba su descenso. Traigo los documentos de la liquidación de las tierras del norte.

Alexander no apartó los ojos del rostro del abogado. Sus puños estaban apretados a los lados de su cuerpo, y la tensión en sus brazos era tan nítida que las venas se dibujaban como cuerdas bajo su piel. El aroma a tabaco y leña de su presencia se impuso sobre el ambiente, declarando su dominio.

—La cortesía en esta casa tiene límites muy estrictos, muchacho —siseó Alexander, dando un paso más hacia él, obligando a Julián a retroceder hasta el límite del umbral—. Los documentos se revisarán en mi estudio privado. A solas. Y tu carruaje te estará esperando inmediatamente después de que firmemos. No tolero los ojos ociosos en mis terrenos.

Caitlyn observaba la confrontación desde atrás. Lejos de asustarse por la violencia contenida de Alexander, sintió que un escalofrío de una naturaleza completamente nueva y deliciosa le recorría la espina dorsal. Ver al hombre tosco y atormentado transformado en un protector salvaje, ver el brillo de fuego en sus ojos claros y la posesividad con la que su inmenso cuerpo la resguardaba de la mirada del otro hombre, encendió en su vientre un calor abrasador. Sus pechos firmes subieron y bajaron con una respiración profunda bajo el vestido verde pino, y sus caderas seguras se mantuvieron firmes, aceptando el reclamo implícito de su príncipe.

Alexander giró sutilmente la cabeza, lo justo para que sus ojos azul grisáceo se cruzaran con los oscuros de Caitlyn por un milisegundo. En esa mirada no había reproche para ella; había una orden silenciosa, un reclamo carnal y ardiente que le exigía mantenerse al margen mientras él despachaba al intruso.

—Caitlyn —dijo él, y el uso de su nombre en presencia del visitante sonó como una marca de propiedad absoluta—, sube a la guardería con Diana. No tienes nada más que hacer aquí abajo.

—Como ordene, señor Blackwood —respondió ella en un susurro nítido, manteniendo la barbilla en alto, permitiendo que una sonrisa cómplice e increíblemente sensual dibujara hoyuelos en sus mejillas pecosas.

Caitlyn dio la vuelta despacio, haciendo que el dobladillo de su falda verde rozara el parqué con un balanceo majestuoso de sus caderas anchas. Subió los escalones con paso pausado, consciente de que los ojos de Alexander permanecían fijos en su espalda, protegiendo su retirada, mientras el joven abogado Julián Vance permanecía en la entrada, temblando bajo el influjo del rugido silencioso de la bestia que acababa de despertar para reclamar a su mujer.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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