Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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El trato
La mansión de la familia Monterrey parecía más un museo de arte moderno que un hogar para un bebé. Ubicada en la zona más exclusiva de la ciudad, la enorme estructura de cristal, concreto y acero proyectaba una sombra imponente bajo el sol de la tarde.
Cuando bajé del taxi y me paré frente al enorme portón negro, tuve que ponerme bien mis auriculares. A pesar de ser una zona residencial muy silenciosa, la energía del lugar se sentía pesada y fría. Toqué el timbre del intercomunicador y, tras identificarme, las rejas se abrieron de par en par de forma automática.
Caminé por el sendero de piedra hasta la entrada principal. Un hombre mayor, impecablemente vestido con un traje de mayordomo y postura recta, me abrió la puerta con una leve inclinación de cabeza.
—Buenas tardes, señorita Montiel. Soy Ernesto, el encargado de la casa. El señor Monterrey la está esperando en la biblioteca —dijo con un tono educado, pero suave y amable.
—Buenas tardes, Ernesto. Muchas gracias —respondí intentando sonreír para calmar los nervios que empezaban a revolotear en mi estómago.
Caminé detrás de Ernesto por un pasillo infinito con pisos de mármol tan limpios que podía ver mi propio reflejo. Todo en la mansión olía a madera costosa, perfume caro y a una soledad profunda. No había fotos familiares en las paredes, ni juguetes regados por el suelo, ni ningún rastro que indicara que un niño de seis meses vivía allí.
Nos detuvimos frente a dos grandes puertas de madera oscura. Ernesto dio dos toques suaves.
—Adelante —resonó una voz grave y firme desde el interior.
Ernesto abrió la puerta y me hizo una seña para que entrara. Al dar el primer paso, sentí una fuerte punzada en los oídos. La estática en el ambiente era intensa.
Frente a un ventanal gigante que daba hacia un jardín impecable, estaba de pie un hombre alto, de hombros anchos y cabello negro ligeramente despeinado. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos y un reloj de oro en la muñeca. Aunque era extremadamente apuesto, su rostro reflejaba una dureza casi aterradora. Sus ojos oscuros y profundos me barrieron de pies a cabeza con una lentitud fría, analizándome como si fuera un producto defectuoso.
A pesar de que traía mis auriculares puestos alrededor del cuello, la potencia de sus pensamientos me llegó en ráfagas heladas: *«Es demasiado joven. Valeria debe estar loca. Esta chica parece una estudiante universitaria, no una niñera profesional. Seguro es otra farsante que busca dinero fácil»*.
Apreté los puños a los costados de mi cuerpo. Me molestaba profundamente que la gente juzgara mi capacidad solo por mi edad.
—Buenas tardes, señor Monterrey. Soy Ariana Montiel —dije, dando un paso al frente y manteniendo la vista fija en la suya.
—Carlos Monterrey —se presentó sin ofrecer su mano—. Veo que eres muy puntual. Eso es lo único positivo que he visto de ti hasta ahora.
El tono de su voz era cortante, distante y lleno de una arrogancia que me hizo hervir la sangre.
—Valeria me dijo que necesitaba ayuda urgente con su hijo —respondí, ignorando su provocación y tratando de mantener el profesionalismo—. Tengo mi currículum aquí, junto con las cartas de recomendación de las familias para las que he trabajado en la ciudad central.
Hice el ademán de sacar la carpeta de mi bolso, pero él alzó una mano en el aire, deteniéndome al instante.
—Guárdate los papeles, no me interesan —dijo Carlos, caminando hacia su enorme escritorio de cristal y apoyándose en él con los brazos cruzados—. Las cartas de recomendación se pueden falsificar y las reseñas en internet se pueden comprar. Hoy en día cualquier persona crea una buena estrategia de marketing digital para hacerse famosa. No creo en las redes sociales, señorita Montiel. Tampoco creo en los "talentos mágicos" ni en los cuentos que mi socia intentó venderme sobre ti.
Dio dos pasos hacia mí, reduciendo la distancia entre los dos. Era mucho más alto que yo, y su presencia intimidante llenaba toda la habitación.
—Para mí, esto es un negocio —continuó con voz fría—. Mi hijo es lo más valioso que tengo y no voy a poner su vida en manos de alguien que solo tiene una cara bonita y una buena reputación en internet.
Estaba a punto de responderle con firmeza y mandarlo a volar con todo y su mansión, cuando un sonido agudo atravesó las paredes de la casa.
Un llanto desgarrador, lleno de sufrimiento y miedo, comenzó a sonar desde el piso superior.
En ese segundo, baje por completo la guardia de mi mente para buscar la frecuencia de esa pequeña criatura. La mente de los adultos quedó eclipsada cuando me conecté con el canal del bebé. Lo que escuché me oprimió el corazón con un dolor real.
Desde la otra habitación, la mente de Jonathan no era más que un torbellino de pánico puro. No había palabras complejas, solo imágenes oscuras y pesadas: *«¿Dónde está el olor a papá? Todo está oscuro y hace ruido. El aire me duele en la pancita. ¡Tengo miedo de caerme del mundo!»*.
El pequeño Jonathan se sentía completamente flotando en el vacío, abrumado por la soledad de esa casa gigante y por el malestar físico de su cuerpo. Era un grito de auxilio transparente y sincero.
Carlos miró hacia el techo, apretando la mandíbula. En su mente, una ráfaga de culpa lo golpeó con fuerza: *«Otra vez no. Por qué no puedo calmarlo. Soy un desastre»*. Pero en su rostro no mostró nada, volviendo a ponérsela máscara de hombre duro.
—Como puedes escuchar, el niño no está de buen humor —dijo Carlos, volviendo a mirarme—. Así que te propongo un trato, señorita Montiel. Un contrato de prueba.
—Lo escucho —dije, sintiendo que mis ganas de salvar a ese bebé superaban por mucho mi orgullo herido.
—Te quedarás en esta casa durante los próximos tres días —explicó Carlos, cruzándose de brazos nuevamente—. Vigilaré cada uno de tus movimientos por las cámaras de seguridad. Veré cómo trabajas, qué haces y cómo tratas a mi hijo. Si en esos tres días logras una mejoría real, si el niño deja de llorar, duerme bien y se ve saludable, te contrataré de forma definitiva. Te pagaré un sueldo considerable, el doble de lo que cobra cualquier niñera en este país, y tendrás todos los beneficios que pidas.
Hizo una pausa dramática y sus ojos se volvieron aún más fríos.
—Pero... si al cabo de los tres días no logras la tarea, si mi hijo sigue exactamente igual o si detecto el más mínimo error en tu trabajo, te marcharás de mi casa inmediatamente. No te contrataré y tampoco te pagaré un solo centavo por tu tiempo. Lo tomaré como el costo por haberme hecho perder el mío.
Me quedé en silencio por un segundo. El trato era absurdo, injusto y rayaba en lo descarado. Ninguna niñera profesional en su sano juicio habría aceptado semejante humillación. Trabajar tres días gratis para un millonario arrogante bajo vigilancia constante sonaba como una locura.
Mi cerebro me gritaba que diera media vuelta, cruzara la puerta principal y regresara al apartamento de mi madre a comer conchas de vainilla con café.
Pero entonces, el llanto de Jonathan volvió a resonar desde arriba, esta vez más débil, como si el pobre niño se estuviera quedando sin fuerzas de tanto gritar.
*«¡Tengo miedo de caerme del mundo!»*, volvió a repetirse la imagen en la mente del bebé.
Miré a Carlos a los ojos. Detrás de su postura dominante y su traje perfecto, pude ver por un breve instante a un hombre aterrorizado, un padre soltero superado por las circunstancias que prefería atacar antes de mostrarse vulnerable.
—Acepto el trato, señor Monterrey —dije con la barbilla en alto y un tono de voz que no dejó duda de mi determinación—. Tres días. Le voy a demostrar que todo lo que dicen de mí en la ciudad es poco. Pero le advierto algo: cuando gane este reto, tendrá que aprender a hablarme con el respeto que me merezco.
Carlos levantó una ceja, claramente sorprendido por mi respuesta. No esperaba que una chica de veintidós años le sostuviera la mirada sin temblar.
—Eso ya lo veremos —respondió él, caminando hacia la puerta y abriéndola—. Tu tiempo empieza ahora mismo, señorita Montiel. La habitación de mi hijo es la primera a la derecha en el segundo piso. Que tengas buena suerte. La vas a necesitar.
Sin decir una palabra más, pasé por su lado, subí las enormes escaleras de mármol y me dirigí hacia donde el pequeño Jonathan me necesitaba. El reto había comenzado.