Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 22: La sombra de los celos y el regreso de Damián
El tiempo no detuvo su curso, pero dentro del penthouse el aire se volvió cada vez más denso, pesado y difícil de respirar. Las semanas transcurrieron con una lentitud aplastante, mientras el vientre de Natalia comenzaba a abultarse poco a poco, trayendo consigo un rayo de luz en medio de la tormenta que amenazaba con destruirlo todo. La confirmación médica de que esperaba una niña llenó de una ilusión profunda a nuestra familia. Mi papá, con sus manos trabajadoras y su alma noble, no cabía de la emoción al saber que tendría a su primera nieta en brazos, y Andrea y yo nos volcamos en cuerpo y alma a acompañar a Nati en cada consulta, en cada antojo y en la preparación de los primeros ropajes para la bebé.
Fue justamente a la salida de una de las revisiones ginecológicas en la clínica, cuando el destino nos regalaró un reencuentro tan inesperado como sanador. En medio del ajetreo de los pasillos, una voz familiar pronunció mi nombre. Al girar la cabeza, nos topamos de frente con el doctor Damián Olmedo, quien acababa de regresar definitivamente al país tras culminar su especialización médica en el extranjero.
—¡Damián! ¡No lo puedo creer! —gritó Andrea, rompiendo el protocolo del pasillo y abriendo los brazos de par en par para envolverlo en un abrazo apretado.
Damián nos recibió a las tres con esa sonrisa cálida, que siempre lo había caracterizado. Para Natalia, Andrea y para mí, Damián no era solo un médico conocido; era un hermano de la vida, un refugio incondicional de esos que saben escuchar sin juzgar.
Con su retorno, las rutinas grises en las que me estaba ahogando, encontraron una válvula de escape: organizábamos tardes de café en terrazas tranquilas, cenas sencillas e improvisadas en casa de mi papá, para consentir a Nati.
Las reuniones en casa de mi familia, era mi escape a los problemas que estaba teniendo, mi familia y mis amigos me conocían bastante bien, el mismo Damian, con solo mirar mi rostro cansado, adivinaba la amargura que yo intentaba ocultar. Su presencia pacífica me devolvía por unas horas la paz que Mateo me arrebataba en casa.
Porque Mateo ya no era el hombre del que me había enamorado. El veneno que Elena Fonseca le había inyectado en la sangre lo transformó en un ser desconocido, obsesivo, inquisidor y enfermo de celos.
Si salía con las chicas y con Damián a despejar la mente, Mateo aparecía "de casualidad" en el lugar, apostándose en la barra o en una mesa distante para observarnos con la mandíbula apretada, los puños cerrados y una mirada cargada de resentimiento. Me fiscalizaba los minutos exactos de mis trayectos en auto, me exigía explicaciones por cualquier demora y cuestionaba cada sonrisa que yo no le dedicara a él.
Esa paranoia terminó por salpicar y pudrir el último rincón que nos quedaba: nuestra intimidad. Una de tantas noches, en la penumbra de la habitación, me buscó a mitad de la madrugada sin un solo juego romántico, sin caricias previas ni la delicadeza que siempre nos había unido. No era un acto de amor, sino una reclamación territorial. Se movía sobre mí con una urgencia fría, brusca y posesiva, sujetándome las muñecas contra la cama mientras me susurraba al oído con una voz ronca y descontrolada: «Dime que eres mía, Valeria... dime que solo eres mía».
Aunque yo accedí en silencio buscando apaciguar al fantasma que lo atormentaba, por dentro me sentía completamente desconectada, ajena y utilizada. Su actitud me parecía la de un hombre con la mente perturbada. Lo amaba con el alma, pero aquel control enfermizo me estaba asfixiando por completo.
Al terminar, Mateo se dio la vuelta en la cama, dándome la espalda con el pecho agitado. Yo me levanté en silencio, envuelta en las sábanas, y fui al baño a lavarme la cara con agua fría para contener el llanto que me quemaba la garganta. Al salir minutos después, en medio de la penumbra de la habitación, vi la silueta de Mateo sentado al borde del colchón. La luz tenue de una pantalla le iluminaba el rostro tenso: tenía mi celular en sus manos y revisaba con frenesí obsesivo, mis registros de llamadas y mis conversaciones privadas con Damián.
La indignación y el dolor superaron cualquier límite.
—¡¿Qué haces revisándome el celular a estas horas?! —le reclamé levantándo de golpe la voz, temblando de rabia mientras cruzaba la habitación.
Mateo no se inmutó. Dejó el teléfono sobre la mesa de noche, con un golpe seco y se puso de pie, encarándome con una mirada helada.
—Quiero saber qué tanto hablas con ese doctorcito —respondió sin un rastro de vergüenza—. Te la pasas sonriendo pegada a la pantalla, desapareces a deshoras, llegas tarde... Mi madre no está tan equivocada, Valeria. Estás ausente, me evades en esta cama y prefieres estar con cualquiera, antes que estar conmigo.
—¡Damián es un amigo de muchos años, es un hermano para nosotras! —le encaré con lágrimas de impotencia quemándome las mejillas—. ¡Te estás volviendo loco de celos! Me persigues cuando voy a ver a mi papá, vigilas a las chicas, me pides cuentas de cada respiro... ¡Me estás asfixiando, Mateo!
—¡El que se siente ahogado soy yo, viendo cómo te alejas! —gritó Mateo fuera de sí, dando un paso intimidante hacia mí.
Agotada, sin fuerzas para seguir discutiendo con un hombre sordo a la razón, agarré mi almohada, salí del dormitorio y me encerré con cerrojo en la habitación de huéspedes. Apoyada contra la puerta, dejé caer el cuerpo hasta el suelo y lloré en silencio. Mateo se había convertido en un completo desconocido.