⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 2
...AITANA ...
—Y recuerden: una buena estrategia de negocios no sirve de nada si no comprenden la psicología del consumidor al que le están vendiendo. Nos vemos el jueves, lean el capítulo cuatro —anuncié, alzando la voz por encima del murmullo de los estudiantes que ya estaban recogiendo sus cuadernos y laptops.
Apenas terminé de guardar mis marcadores en el bolso, un silbido bajo y burlón resonó desde el marco de la puerta del salón.
—Titi, ¿aceptas oyentes a estas horas o ya se le acabó la paciencia por hoy?
Alcé la vista y me encontré con Camilo apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa ladina adornándole el rostro. Llevaba puesta una camiseta negra ajustada que dejaba ver lo mucho que había crecido y lo trabajado que tenía el cuerpo, unas botas de trabajo y las manos con un leve rastro de grasa de motor que delataba de dónde venía.
Un rastro de barba bien perfilada le cubría la mandíbula, dándole un aire mucho más maduro que el del muchacho despeinado de hace unos años.
A mi alrededor, el salón se transformó de inmediato. Varias de mis alumnas, que aún no cruzaban la puerta, frenaron en seco, murmurando entre ellas y soltando risitas tontas mientras miraban a Camilo de arriba abajo. El tipo se había vuelto un peligro público entre las chicas de la universidad últimamente.
—Camilo, te he dicho mil veces que no me digas "Titi" en frente de mis estudiantes —lo regañé a juego, tratando de no sonreír mientras me colgaba el bolso al hombro y caminaba hacia él—. Me vas a hacer perder el poquito respeto que me he ganado aquí.
—Ay, pero si te ves bien imponente ahí parada, Aitana —se burló, haciéndose a un lado para dejar salir al montón de muchachas que le lanzaron miradas nada discretas antes de alejarse por el pasillo—. Además, pasaba por aquí porque ya salí de mi última clase de Cálculo y sabía que me tocaba transporte gratis hoy.
—Transporte gratis no, señor. Tú pones para la gasolina —le respondí dándole un leve golpe en el brazo mientras salíamos al pasillo soleado del campus.
Caminamos juntos hacia el estacionamiento. Desde que logré ahorrar lo suficiente para comprarme mi pequeño auto, la movilidad por la ciudad era mil veces más fácil, y llevar a Camilo de regreso a casa ya se había convertido en nuestra rutina de casi todos los días.
Él estudiaba Ingeniería automotriz en la misma universidad donde yo dictaba clases, pero su verdadera pasión estaba en el taller propio que había logrado montar en el garaje de su casa.
Para mí, Camilo era como un hermano menor.
Cuando su mamá falleció hace dos años, el mundo se le vino abajo por completo, y desde entonces mi mamá, mi hermana y yo nos convertimos en su refugio y en su único apoyo real.
Él, en agradecimiento, era el hombre de la casa para las cuatro: solucionaba cualquier daño eléctrico, arreglaba las tuberías y mantenía mi carrito funcionando como si fuera de carreras.
—¿Cómo te fue hoy? —le pregunté mientras quitaba la alarma del carro y ambos nos subíamos.
—Excelente. Tengo el garaje lleno de motos para afinar este fin de semana —dijo Camilo, acomodando sus largas piernas en el asiento del copiloto como mejor podía—. Por cierto, tu mamá me dijo que la fuga de agua de la cocina volvió a molestar. Hoy mismo en la tarde me pongo en esas.
—No sé qué haríamos sin ti, de verdad —sonreí, encendiendo el motor y haciendo retroceder el auto para salir a la avenida principal.
—Pues contratar a un plomero carísimo que les cobre hasta por respirar —bromeó, guiñándome un ojo antes de mirar por la ventana—. Cambiando de tema... ¿hasta cuándo vas a seguir esquivando a Samuel? —preguntó Camilo de repente, y mirándome con una sonrisita socarrona—. El tipo lleva meses haciéndote la ronda, te trae café, te ayuda con los horarios de la facultad y está pendiente de ti a cada rato. No entiendo por qué no le das una oportunidad.
Giré la cabeza un segundo para mirarlo con los ojos entornados antes de regresar la vista a la calle.
—Por la mismísima razón por la cual tú no le prestas ni un segundo de atención a Cecilia —le respondí de golpe, lanzándole una sonrisa triunfante.
Camilo se atragantó con su propia saliva y se acomodó rápido en el asiento, esquivando mi mirada mientras miraba fijamente por la ventana del copiloto, súbitamente muy interesado en los árboles de la avenida.
Cecilia era una vecina del barrio que llevaba dos años suspirando por él y dejándole postres "de regalo" en el taller cada fin de semana.
—Eso es completamente diferente, Aitana —refunfuñó, cruzándose de brazos—. Cecilia es... intensa.
—Y Samuel es un buen hombre, pero simplemente no hay química, Camilo —sonreí, bajándole el volumen a la radio—. Así como a ti no te van a obligar a querer a alguien solo porque sea atento, a mí tampoco. Estoy tranquila así, concentrada en mi trabajo y en mi paz.
—Está bien, está bien, me callo —admitió él, levantando las manos en señal de rendición, aunque con una risita divertida en los labios—. Pero que conste que el profe Samuel se va a morir de la pena si te ve llegando con otro.
—Afortunadamente no tengo que darle explicaciones a nadie —concluí con ligereza, acelerando en la recta que nos llevaba directo a nuestro barrio, sintiendo la brisa cálida de la tarde entrar por la ventana.
Llegamos al barrio pasadas las cuatro de la tarde. Estacioné el carro frente a la casa y apenas apagué el motor, Camilo ya estaba bajando del copiloto para ir directo a la parte trasera a sacar su caja de herramientas.
—Voy de una vez a revisar la tubería de la cocina antes de que tu mamá empiece a hacer la cena —anunció, caminando a mi lado mientras abría la rejilla de entrada.
—Eres un ángel, Cami. Te debo un plato doble de comida por esto —le dije, sonriendo mientras buscaba las llaves en mi bolso.
Apenas cruzamos la puerta, el olor a café recién colado y a arepas tostadas nos recibió en la sala. Mi mamá salió de la cocina secándose las manos con un trapo, con esa sonrisa cálida que siempre me devolvía la paz después de un largo día de trabajo.
—¡Llegaron mis hijos! —exclamó mi mamá, dándole un abrazo apretado a Camilo y luego un beso en la mejilla a mí—. Hijo, te dije que no era necesario que vinieras tan rápido, podías descansar un rato en tu casa.
—Tranquila, doña Elena, sabe que para mí esto no es trabajo. Además, si no lo arreglo hoy, mañana la cocina amanece inundada —respondió Camilo con la caja de herramientas en la mano, guiñándole un ojo antes de desaparecer por el pasillo hacia la cocina.
Me quedé a solas con mi mamá en la sala. Me quité los tacones con un suspiro de alivio absoluto y me dejé caer en el sofá de tela. Ella me observó detenidamente, con esa mirada clínica que solo las madres tienen y que leía exactamente cómo venía mi día.
—¿Mucho tráfico? —preguntó suavemente, sentándose a mi lado y acariciándome el cabello.
—Un poco... pero todo bien —respondí, cerrando los ojos un segundo—. Solo estoy cansada. Las clases estuvieron densas hoy.
—Aitana... —mi mamá hizo una pausa, y supe de inmediato que no me iba a hablar de la facultad—. Esta mañana vi la televisión mientras doblaba la ropa.
Abrí los ojos despacio. No hizo falta que mencionara ningún nombre.
—Mamá, por favor...
—Sé que dices que ya no te afecta, mi amor, y sé todo lo que has trabajado en estos tres años para salir adelante —dijo ella con un tono lleno de ternura y preocupación—. Pero cada vez que ves a Henrry en esas noticias, tu cara cambia. Se te nota en la mirada que algo se te remueve por dentro.
Me quedé en silencio, mirando mis manos entrelazadas en el regazo. La verdad era dura, pero no tenía sentido mentirle a mi propia madre.
—No es por él, mamá. Henrry ya es parte del pasado, de una etapa oscura que logré cerrar —confesé con la voz firme pero baja, para que Camilo no me escuchara desde la cocina—. Lo que me remueve el estómago no es él, ni su vida perfecta con Norma. Lo que nunca me he podido perdonar es haber dejado a Mía sola en medio de toda esa podredumbre. Le agarré mucho cariño a esa niña... y yo simplemente me fui.
—Te fuiste para salvarte tú, Aitana —me recordó mi mamá con firmeza, tomándome del mentón para que la mirara a los ojos—. No podías apagar un incendio arrojándote al fuego con ellos. Hiciste lo correcto.
Asentí despacio, queriendo creérmelo del todo, aunque por dentro la duda siempre dejara una espina clavada. Mi vida actual era tranquila, segura y llena de afecto sincero junto a mi familia y mis amigos. Pero en el fondo de mi corazón, sabía que la historia con los Montenegro no había quedado saldada del todo, sino suspendida en el tiempo.