La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Fuerza.
El aire dentro de la casa se sentía un poco pesado, el cansancio se había acumulado y habían noches mal dormidas. Verónica se movía en silencio, acomodando una sábana, revisando la frente de Rodrigo, asegurándose de que Samuel hubiera tomado lo que le correspondía.
Sus hijos estaban mejor… pero no del todo y ella tampoco.
—¿Cómo amanecieron, mis amores? —preguntó en voz suave, sentándose junto a ellos.
—Mejor… —murmuró Rodrigo.
—Ya no me duele la barriga —añadió Samuel.
Verónica sonrió apenas, acariciándoles el cabello.
—Eso es lo importante…
Desde la cocina, la voz de su madre interrumpió el momento.
—¡Verónica!
—Ya voy, mamá… Quédense aquí, ya vuelvo —dijo y los niños asistieron, llevaban dos días sin ir a la escuela.
Se levantó despacio y caminó hacia la cocina. Su madre estaba apoyada en el mesón, con los brazos cruzados y una expresión seria que Verónica conocía bien.
—Tenemos que hablar.
Verónica suspiró.
—Dime…
—Tú no puedes seguir así —empezó su madre sin rodeos—. Ese hombre hace lo que quiere contigo y con los niños.
Verónica bajó la mirada.
—No es tan fácil, mamá…
—Sí lo es —respondió ella con firmeza—. Demándalo.
Verónica levantó la cabeza de golpe.
—No…
—¿Cómo que no? —insistió su madre—. Que responda como debe ser. Que cumpla.
—No quiero obligarlo —dijo Verónica, negando suavemente—. Un buen padre no debería necesitar una demanda para hacerse cargo de sus hijos.
—Pero él no es un buen padre —replicó su madre con voz dura—. Y eso ya lo sabes.
El silencio cayó entre ambas pesado y lleno de verdad.
—A mí me gustaría… —murmuró Verónica, con la voz quebrándose apenas— que él entendiera… que aceptara que lo nuestro se acabó… pero que como padres… eso nunca se va a acabar.
Sus ojos se humedecieron.
—Siempre vamos a ser los padres de Samuel y Rodrigo…
Su madre suavizó un poco la expresión.
—Hija… él no piensa como tú. Ese hombre es… —negó con la cabeza— machista, manipulador… y está usando a los niños para hacerte daño.
Verónica cerró los ojos un segundo.
Lo sabía, pero aceptarlo… dolía.
—Piénsalo —añadió su madre—. No es por ti… es por ellos.
Verónica no respondió. Pero las palabras se le quedaron clavadas.
...
Esa misma tarde, el teléfono sonó.
—¡Mami! ¡Es papi! —gritó Samuel emocionado.
Verónica sintió un nudo en el pecho. Dudó unos segundos… pero contestó.
—Hola…
—¡Papi! —gritaron los niños, arrebatándole el teléfono.
La videollamada se llenó de risas.
—¡Mis campeones! —decía Héctor, con una sonrisa que Verónica sabía que no era sincera—. ¿Cómo están?
—¡Te esperamos el fin de semana! —dijo Rodrigo con ilusión.
—Sí, sí… voy a ir —respondió él—. Pero tienen que portarse bien… y decirle a su mamá que no sea tan terca.
Verónica apretó los labios.
—Papi… ¿vas a quedarte con nosotros? —preguntó Samuel.
Hubo una pausa.
—Si su mamá quiere… podemos volver a ser una familia —respondió Héctor, mirándolos fijamente—. ¿A ustedes les gustaría eso?
Los niños se miraron entre sí.
—Sí… —dijeron en voz bajita.
Verónica sintió cómo el corazón se le rompía en mil pedazos.
—Dame el teléfono —dijo con suavidad.
Los niños se lo entregaron.
—No vuelvas a hacer eso —dijo en voz baja, pero firme.
—¿Qué cosa? —respondió él con cinismo.
—Ilusionarlos… para manipularme.
—Yo solo digo la verdad.
Verónica negó, dolida.
—No… tú solo piensas en ti.
Y colgó.
...
Esa noche, el silencio en la casa era distinto.
Los niños estaban callados, expectantes y confundidos.Verónica sabía que no podía seguir evitando la conversación así que se sentó frente a ellos, con el corazón en la mano.
—Mis amores… —empezó, tomando sus manitas—. Necesitamos hablar.
Los niños la miraron atentos.
—Su papá y yo… —tragó saliva— ya no vamos a vivir juntos.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Por qué?
Verónica respiró profundo.
—Porque tenemos algunas diferencias… y a veces, cuando las personas no se tratan bien… lo mejor es estar separados.
Samuel bajó la mirada.
—¿Ya no lo quieres?
Esa pregunta le dolió en lo más profundo.
—Lo quiero… —respondió con suavidad—, pero de una forma diferente. Ya no como pareja.
Los niños guardaron silencio.
—Pero él sigue siendo su papá —añadió rápidamente—. Y siempre lo será. Puede venir a verlos cuando quiera.
—¿Y nosotros nos vamos a quedar aquí? —preguntó Rodrigo.
—Sí, mi amor… aquí con la abuela. Aquí estamos bien.
Los niños asintieron lentamente. No lo entendían del todo, pero confiaban en ella y eso… lo era todo. Verónica los abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas porque amar… también era esto.
Romperse por dentro para protegerlos.
Esa misma noche, cuando todos dormían, Verónica se sentó sola en la mesa con su celular en la mano.
Las palabras de su madre regresaron.
“No es por ti… es por ellos.”
Respiró profundo. Buscó y preguntó hasta que encontró un número. Bienestar Familiar – Sucre.Sus dedos temblaron, no era fácil, nada de esto lo era. Abrió WhatsApp, escribió, borró, volvió a escribir y finalmente, envió el mensaje.
Explicó su situación, habló de sus hijos, de maltrato intrafamiliar, de la falta de apoyo, de las promesas rotas, de la necesidad.
El mensaje salió y con él algo dentro de ella cambió.
No lo hacía por venganza, ni tampoco o lo hacía por orgullo. Lo hacía por amor porque Héctor, en su intento de castigarla a ella por dejarlo estaba rompiendo a sus hijos y eso no lo iba a permitir.
Verónica dejó el celular sobre la mesa, miró hacia la habitación donde sus pequeños dormían tan tranquilos e inocentes y en medio del cansancio, del miedo, de la incertidumbre sintió algo nuevo.
Fuerza.
Ya forma una hermosa familia!
Así es Verónica ya no luchará sola.
Gracias 🌹Rositha!
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones