El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 18
Ricardo volvió a la terapia al día siguiente.
No dijo nada grandioso. No hubo un discurso motivacional ni una declaración épica. Simplemente, cuando Mariana se levantó para preparar el desayuno, él ya estaba en su silla de ruedas, con la ropa deportiva puesta y la mirada fija en la ventana.
—¿Vamos?
preguntó, con una voz que aún temblaba un poco, pero que tenía algo que no había tenido en días, determinación.
Mariana sonrió. No dijo, te lo dije ni, por fin. Solo asintió, le alcanzó su mochila y lo acompañó al auto.
El centro de rehabilitación los recibió con sus pasillos blancos y su olor a limón. Federico los saludó con una cortesía profesional que ya no intentaba cruzar ninguna línea. Habían establecido un nuevo equilibrio, él hacía su trabajo, Mariana observaba desde la silla, Ricardo se esforzaba. Sin coqueteos. Sin miradas extras. Sin tensión.
Pero esa mañana, algo era diferente.
Cuando entraron a la sala de terapia, no estaban solos.
En la camilla de junto, boca abajo, había un chico de unos veintitantos años. Pelo negro y revuelto, brazos tatuados, una sonrisa que parecía permanente aunque estuviera haciendo ejercicios que a cualquiera le arrancarían un gemido. Al lado de su camilla, una silla de ruedas plegada esperaba.
—Ricardo, Mariana
dijo Federico, con su tono más profesional.
— Les presento a Miguel. Es nuevo en el centro. Empezó la semana pasada.
El chico giró la cabeza. Sus ojos eran oscuros, vivarachos, y tenían un brillo de picardía que contrastaba con el ambiente clínico del lugar.
—Miguel, a secas
dijo, extendiendo una mano que Ricardo no podía alcanzar desde donde estaba.
—El apellido me lo quité porque mis padres también me quitaron a mí. Pero esa es historia para otra sesión.
Ricardo parpadeó, desconcertado por tanta información en tan pocos segundos.
—Soy Ricardo
respondió, finalmente.
—Ya sé. Federico me contó. El atleta que se estrelló contra un poste.
Miguel soltó una risa corta.
— No te ofendas. Yo me estrellé contra un árbol. Así que estamos emparejados, tú contra el cemento, yo contra la naturaleza. La naturaleza ganó, por cierto.
Mariana soltó una risa involuntaria. Ricardo la miró, sorprendido de escucharla reír después de tantos días grises.
—¿Y qué te pasó?
preguntó Ricardo, aunque no estaba seguro de querer saberlo.
—Moto
respondió Miguel, con una naturalidad que dolía.
— Iba borracho, choqué, me rompí la columna. Cuatro meses de hospital, dos cirugías, y ahora esto.
Se palmeó las piernas inertes.
—Mis piernas ya no me hablan. Les hice mucho daño, parece.
—Lo siento
dijo Ricardo.
—No lo sientas. Fui yo el que manejó borracho. Las consecuencias son mías.
Miguel lo miró fijamente.
— Pero aquí estoy. Vivo. Con todas las piezas en su lugar, aunque algunas no funcionen. Eso es más de lo que merezco.
Ricardo no supo qué responder. Llevaba meses sintiendo lástima por sí mismo, y de repente aparecía este tipo que había pasado por algo similar y lo asumía con una liviandad que rayaba en la irresponsabilidad. O en la sabiduría. No estaba seguro.
La sesión de terapia fue dura. Federico los puso a ambos en barras paralelas, intentando sostenerse con los brazos mientras las piernas colgaban como trapos mojados. Ricardo sudaba, temblaba, maldecía en voz baja. Miguel, a su lado, también sudaba y temblaba, pero lo acompañaba con un comentario tras otro.
—¿Sabes cuál es el problema de las sillas de ruedas?
preguntó Miguel, mientras sus brazos temblaban por el esfuerzo.
—¿Cuál?
respondió Ricardo, entre dientes.
—Que no tienen acelerador. He intentado convencer a mi primo mecánico de que me instale un motor V8, pero dice que no es seguro.
—Claro que no es seguro.
—¡Exacto! Por eso sería divertido.
Mariana, sentada en la silla de observación, se tapó la boca para no reír. Ricardo, a su pesar, sintió que las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente.
—¿Y tú?
preguntó Miguel, en un descanso.
— ¿Qué hacías antes de todo esto, Además de ser atleta?
—Estudiaba administración deportiva
respondió Ricardo.
—Ah, un cerebrito. Yo estudiaba diseño gráfico. Bueno, estudiaba. En realidad, iba a las fiestas y me copiaba de mi compañera de banco. Pero sonaba bonito.
—¿Y ahora qué haces?
—Ahora
Miguel suspiró, pero con un exageración cómica.
— ahora soy un filósofo de silla de ruedas. Paso el día pensando en cosas profundas. Como por qué los enchufes tienen esa cara de sorpresa. ¿Lo has notado? Parecen asustados todo el tiempo.
Ricardo no pudo evitarlo. Soltó una carcajada. Era una risa pequeña, casi tímida, pero era una risa.
Mariana lo observó desde su silla y sintió que el corazón le daba un vuelco. Hacía semanas que no escuchaba a Ricardo reír.
En el momento de descanso, Federico salió un momento de la sala. Mariana se acercó a Ricardo con una botella de agua. Miguel aprovechó para girarse hacia ellos.
—¿Ella es tu novia o tu enfermera?
preguntó, sin filtro.
—Las dos
respondió Ricardo, y Mariana sonrió.
—Qué suerte
dijo Miguel, con una honestidad que desarmaba.
— Yo tenía una novia. Se llamaba Laura. Me dejó a los dos meses del accidente. Dijo que no estaba preparada para esta vida.
Hizo comillas con los dedos.
—Supongo que no todos tienen tu suerte.
—No es suerte
respondió Ricardo, mirando a Mariana.
— Es… no sé qué es.
—¿Amor?
sugirió Miguel, con una ceja alzada.
—También.
—Pues cuídala. Y cuídate. Porque si te descuidas, te juro que me la voy a ligar.
Miguel guiñó un ojo, y fue tan obvio que era una broma que ni siquiera Ricardo pudo enojarse.
—¿Siempre eres así?
preguntó Mariana, divertida.
—Así de qué. ¿Encantador, Irresistible, Humilde?
—Así de insoportable.
—Ah, sí. Eso también.
Federico regresó y la sesión continuó. Pero algo había cambiado. Ricardo ya no miraba el suelo mientras hacía los ejercicios. Miraba a Miguel. Y ver a alguien en su misma situación, riéndose de sí mismo, enfrentando el dolor con humor, le hizo algo en el interior.
No era esperanza, todavía. Pero era algo parecido.
Terminada la sesión, Mariana empujó la silla de Ricardo hacia el estacionamiento. Miguel iba detrás, empujándose con sus propios brazos, sin ayuda.
—Oye
lo llamó Ricardo, antes de subir al auto.
— ¿Cómo haces, para no volverte loco?
Miguel se detuvo. Lo miró. Por un segundo, su máscara de payaso se cayó, y Ricardo vio debajo algo más real. Cansancio. Miedo. Pero también una determinación feroz.
—Me volví loco
respondió.
—Al principio, sí. Quería morirme. Pero luego pensé, si ya estoy vivo, ¿para qué desperdiciarlo? Así que decidí reírme. Porque llorar es más cansado.
—¿Y funciona?
—A veces. Otras veces lloro. Pero la mayoría del tiempo, reír es más barato.
Ricardo asintió, como si hubiera entendido algo importante.
—¿Vienes el lunes?
preguntó Miguel.
—Sí.
—Entonces nos vemos. Y tráete más chistes malos. Porque los míos se están acabando.
—Los tuyos ya son malos
intervino Mariana, desde el asiento del conductor.
—Por eso. Para que los mejoremos juntos.
Miguel se despidió con una mano en alto y se alejó, empujando su silla con una fluidez que Ricardo envidiaba.
—Me cae bien
dijo Mariana, mientras arrancaba el auto.
—A mí también
admitió Ricardo.
— Me cae bien.
Esa noche, mientras cenaban, Ricardo no habló de sus padres. No habló de su impotencia ni de su miedo. Habló de Miguel.
—Es un idiota
dijo, pero sonaba cariñoso.
—Es el idiota que necesitabas
respondió Mariana.
Y tenía razón.
Porque a veces, para salir del pozo, no hace falta una cuerda. Hace falta alguien que esté en el mismo pozo y te enseñe a reírte de la oscuridad.