Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 3: Ojos Verdes en la Tormenta
La mansión Lecrec, aunque marcada por las deudas y el deterioro silencioso, aún conservaba parte de su antigua elegancia. Elena Lecrec estacionó su Audi negro frente a la entrada principal poco después de las ocho de la noche. Llevaba el cabello rubio en suaves ondas que caían sobre sus hombros, y vestía un elegante traje pantalón gris que resaltaba su figura esbelta. A sus veintidós años, era la arquitecta más prometedora de la empresa familiar y la única que parecía mantener la cabeza fría en medio del caos.
Empujó la puerta principal con una sonrisa cansada.
—¡Ya estoy en casa! —anunció, dejando su maletín en el recibidor.
Su madre, Victoria Lecrec, apareció desde el salón con una sonrisa forzada. Alfred estaba sentado en su sillón habitual, con una copa de brandy en la mano, y Martín permanecía de pie junto a la ventana, visiblemente nervioso, con un moretón fresco en la mejilla.
—Elena, querida —dijo Victoria acercándose para darle un beso en la mejilla—. Llegas justo a tiempo para la cena.
Elena frunció ligeramente el ceño. El ambiente se sentía pesado, cargado.
—¿Todo bien? Papá, Martín… parecen haber visto un fantasma.
Alfred gruñó algo ininteligible y se levantó.
—Solo cansancio. Vamos a cenar.
Martín evitó su mirada y murmuró un “hola” seco antes de dirigirse al comedor. Elena sacudió la cabeza. Estaba agotada después de un largo día presentando proyectos y no tenía ganas de indagar en los dramas familiares de siempre.
Se sentaron alrededor de la mesa larga de caoba. La cena consistía en un asado que parecía más modesto de lo habitual, reflejo de las dificultades económicas. Elena, incapaz de quedarse callada ante los problemas, tomó la palabra mientras cortaba un trozo de carne.
—Padre, tengo buenas noticias. Hoy me reuní con un grupo de inversionistas suizos. Están muy interesados en el proyecto del complejo residencial sostenible que diseñé el mes pasado. Si logramos cerrar el acuerdo, podríamos generar liquidez suficiente para pagar las deudas más urgentes y dar un respiro a la empresa. He trabajado meses en esos planos. Podría ser nuestra salvación.
Alfred levantó la vista, con un destello de esperanza que rápidamente se apagó.
—Eso suena bien, hija…
Victoria, que había permanecido callada hasta entonces, dejó los cubiertos con delicadeza y miró a su hija con expresión calculadora.
—Elena, cariño, hay un camino mucho más fácil y seguro. Marius Borges se ha ofrecido a pagar todas las deudas de la familia. Solo pide una cosa a cambio.
Elena arqueó una ceja, sospechando lo que venía.
—¿Y qué sería esa cosa?
—Matrimonio —respondió Victoria sin rodeos—. Es un buen hombre, de buena familia. Y es el hermano mayor de Olivia, tu mejor amiga. Sería perfecto.
Elena soltó una risa incrédula y negó con la cabeza.
—No. Rotundamente no, madre. Tengo veintidós años, no soy un objeto para saldar deudas. Puedo sacar adelante esta familia con mi trabajo, no vendiéndome al mejor postor. Marius es… aceptable, pero no lo amo. Y no pienso casarme por conveniencia.
—Elena, sé razonable —insistió Victoria, elevando ligeramente la voz—. La empresa se está hundiendo. Tu hermano…
En ese preciso instante, un fuerte estrépito resonó desde la entrada principal. Voces elevadas, pasos firmes y el sonido de la puerta siendo abierta de golpe. Todos se pusieron de pie.
—¿Qué demonios…? —empezó Alfred.
Antes de que pudiera terminar, seis hombres irrumpieron en el comedor. Al frente iba Sebastian Spencer, imponente, vestido completamente de negro, con la mirada glacial y la presencia de quien está acostumbrado a dominar cualquier habitación.
Sus ojos se clavaron directamente en Martín.
—Tú —gruñó Sebastian con voz baja y letal.
Sin darle tiempo a reaccionar, Sebastian lo agarró por la camisa con una mano y le propinó un puñetazo seco en el estómago. Martín se dobló de dolor, jadeando.
—¡Hijo de puta! —rugió Sebastian—. ¿Creíste que podías robarme diez millones y salirte con la tuya? Eres un parásito, Lecrec. Un maldito parásito que acaba de firmar su sentencia.
Martín, recuperando el aliento, se revolvió con rabia y le escupió:
—¡Ignorante! ¡Yo no fui! ¡No tienes pruebas! ¡Solo vienes aquí como un salvaje a golpear gente decente!
Sebastian soltó una risa fría y sacó la pistola de su cintura, apuntándola directamente al pecho de Martín. El metal brilló bajo las luces del comedor.
—Pruebas tengo de sobra. Y ahora vas a pagar.
—¡No!
Elena, que había observado la escena con el corazón acelerado, se interpuso entre Sebastian y su hermano sin pensarlo dos veces. Sus ojos verdes brillaban con furia e indignación. Se plantó frente al magnate, alta y desafiante a pesar de su figura esbelta.
—¿Quién se cree usted que es, animal? —le espetó con voz firme y clara—. ¡Irrumpir en nuestra casa como un salvaje, golpeando a la gente y sacando armas! ¿No tiene modales? ¿No tiene vergüenza? ¡Baje esa pistola ahora mismo o llamaré a la policía!
Sebastian parpadeó, sorprendido por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos grises se clavaron en los de ella. Verde esmeralda intenso. Cabello rubio en ondas suaves que enmarcaban un rostro elegante y hermoso. Había fuego en esa mirada. Determinación. Algo que no veía a menudo.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Sebastian bajó ligeramente el arma, pero no la guardó.
—Esta no es su pelea, señorita —dijo con tono gélido, aunque su voz había perdido un ápice de su violencia anterior—. Su hermano robó a mi empresa. Diez millones. Y nadie se burla de Sebastian Spencer. Martín irá a prisión. Esa es la única opción.
Elena no retrocedió ni un centímetro. Su pecho subía y bajaba con agitación.
—Mi hermano podrá ser muchas cosas, pero si quiere justicia, hágalo legalmente. No como un matón. ¿O es que los hombres como usted solo saben resolverlo todo con violencia?
Sebastian la miró fijamente unos segundos más. Algo extraño se removió en su pecho: una mezcla de irritación y… fascinación. Guardó la pistola lentamente.
—Alfred —dijo sin apartar la vista de Elena—, controla a tu familia. Tienes setenta y dos horas para devolver el dinero o presentar a tu hijo ante las autoridades. De lo contrario, destruiré todo lo que les queda.
Luego, con un gesto de cabeza, ordenó a sus hombres retirarse. Antes de salir, Sebastian miró una última vez a Elena.
—Cuide sus palabras la próxima vez, señorita Lecrec. No todos los lobos son tan pacientes.
La puerta se cerró con fuerza tras ellos. El silencio que quedó en el comedor fue ensordecedor.
Elena se volvió hacia su hermano y su padre, temblando de rabia y adrenalina.
—¿Alguien va a explicarme qué diablos acaba de pasar?