Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 5: La Carta del Reino del Norte
El ambiente en el palacio era distinto esa mañana.
Más rígido.
Más pesado.
Un mensajero del Reino del Norte había llegado antes del amanecer.
Y traía un sello que Victoria conocía demasiado bien.
El emblema dorado de la familia real de Nordhal.
La carta estaba ahora sobre la mesa del salón privado de la princesa.
Victoria la miraba como si fuera un enemigo vivo.
Rafael permanecía de pie, a unos pasos detrás de ella.
Silencioso.
Como siempre.
—Ábrela —ordenó finalmente.
Rafael obedeció.
Rompió el sello con precisión limpia, como si estuviera desarmando un arma peligrosa.
Sus ojos recorrieron el contenido rápidamente.
Su expresión no cambió.
Eso fue lo que inquietó a Victoria.
—¿Y bien?
Rafael dobló la carta con calma.
—El príncipe llegará en tres días.
Victoria soltó una risa seca.
—Claro que sí.
Rafael continuó.
—Vendrá acompañado de una delegación oficial. Dice que desea “reparar malentendidos” y “retomar conversaciones pendientes”.
El aire se volvió más frío.
—Retomar conversaciones —repitió ella con desprecio.
Rafael agregó:
—También menciona que espera ver que usted se encuentra… en buen estado.
Victoria se levantó bruscamente.
—¿En buen estado?
Caminó hacia la ventana.
—Me canceló por carta. Sin explicación. Sin enfrentarse a mí. Y ahora quiere comprobar si estoy “en buen estado”.
Rafael guardó silencio.
Pero su mirada se endureció ligeramente.
—¿Dice algo más? —preguntó ella sin girarse.
Hubo un segundo de pausa.
—Sí.
Victoria volteó.
—Habla.
Rafael sostuvo la carta con firmeza.
—Dice que espera que su “nuevo protector” esté a la altura de su reputación… o que al menos no sea un sustituto apresurado.
El salón quedó en silencio absoluto.
Victoria caminó hacia Rafael lentamente.
—Dame eso.
Él le entregó la carta.
Ella la leyó por sí misma.
Y entonces sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Era peligrosa.
—Así que quiere medir territorio.
Rafael habló con voz estable.
—Probablemente intentará provocarla en público.
—Lo sé.
Victoria dobló la carta con precisión.
—Y tú.
Rafael la miró.
—¿Sí?
Ella se acercó un paso más.
—No vas a reaccionar.
—Entendido.
—No vas a desenfundar tu espada.
—Entendido.
—No vas a mirarlo como si pudieras cortarlo en dos.
Rafael parpadeó apenas.
—Eso puede ser difícil.
Victoria casi ríe.
Casi.
—Solo quédate a mi lado.
Rafael la observó unos segundos.
Luego dijo:
—Siempre estoy a su lado.
Ella sostuvo su mirada.
Por primera vez…
No sonó como deber.
Sonó como elección.
Un golpe en la puerta interrumpió el momento.
Un guardia anunció:
—Su Alteza, el Rey solicita su presencia en el consejo. Debemos preparar la recepción oficial.
Victoria respiró hondo.
—Perfecto. Que todo el reino lo vea.
Se giró hacia Rafael.
—Y tú vas a usar uniforme formal.
Él bajó la vista hacia su atuendo habitual de combate.
—¿Hay diferencia?
Victoria lo miró con incredulidad.
—Sí, Rafael. La hay.
—Entendido.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo sin mirarlo.
—Y duerme esta noche.
Silencio.
—No quiero que tengas ojeras cuando ese idiota llegue.
Rafael respondió con calma.
—Haré el intento.
Victoria sonrió apenas y salió del salón.
Rafael quedó solo unos segundos.
Miró la carta nuevamente.
Sus ojos se detuvieron en la frase final del príncipe:
"Espero que su nuevo guardián comprenda cuál es su lugar."
La presión en la empuñadura de su espada aumentó levemente.
Solo un poco.
—Mi lugar… —murmuró.
Luego dejó la carta sobre la mesa.
Y salió.
Porque si algo tenía claro…
Era que no pensaba moverse del lado de Victoria.
Capítulo 5
Parte 2 — Movimientos Antes de la Tormenta
El consejo real estaba reunido.
Nobles, generales y ministros ocupaban sus lugares alrededor de la larga mesa de roble oscuro. En la cabecera, el rey observaba con semblante serio.
Victoria estaba de pie.
Rafael, como siempre, a su derecha.
Un paso atrás.
Un paso exacto.
—El príncipe de Nordhal no viene solo como invitado —dijo uno de los ministros—. Viene con intención política.
—Siempre la tuvo —respondió Victoria con frialdad—. Solo que ahora no tiene un anillo que lo respalde.
Algunos nobles intercambiaron miradas incómodas.
El rey habló entonces.
—Victoria. Este encuentro debe mantenerse bajo control. No podemos permitir tensiones abiertas entre reinos.
Ella sostuvo la mirada de su padre.
—No iniciaré nada.
Pausa.
—Pero tampoco permitiré faltas de respeto.
El silencio fue aprobación suficiente.
Uno de los generales miró a Rafael.
—Santo de la Espada. Su presencia podría interpretarse como provocación.
Rafael respondió con serenidad absoluta.
—Mi presencia es protección, no provocación.
Victoria intervino antes de que alguien replicara.
—Él se queda.
No fue una petición.
Fue una decisión.
El rey suspiró, pero no discutió.
—Entonces habrá una recepción formal en el gran salón. Cena incluida. Quiero disciplina.
Victoria inclinó la cabeza levemente.
—La tendrá.
La reunión terminó poco después.
Mientras los nobles abandonaban el salón, los murmullos crecían.
Rafael permaneció inmóvil hasta que solo quedaron él y Victoria.
Ella caminó hacia una de las ventanas altas del consejo.
—¿Qué opinas?
Él tardó un segundo.
—Vendrá a medir poder.
—¿El mío o el tuyo?
—Ambos.
Victoria sonrió apenas.
—Bien. Que mida.
Se giró hacia él.
—Hoy entrenamos.
Rafael arqueó ligeramente una ceja.
—¿Entrenamiento diplomático?
—Entrenamiento de paciencia.
Ella se acercó más.
—Vas a escuchar cosas desagradables. Tal vez sobre mí. Tal vez sobre ti.
Él no reaccionó.
—¿Y qué debo hacer?
Victoria lo miró fijamente.
—Nada.
Silencio.
—¿Puede hacerlo? —preguntó ella.
Rafael sostuvo su mirada con calma.
—Si usted me lo ordena, sí.
Victoria frunció ligeramente el ceño.
—No es una orden.
Esa vez, él parpadeó.
—Entonces… lo haré porque usted lo desea.
La diferencia fue pequeña.
Pero no insignificante.
Victoria apartó la mirada primero.
—Eres extraño.
—Eso me han dicho.
Caminaron hacia el patio de entrenamiento.
Los guardias se apartaron al verlos.
Victoria tomó una espada de práctica y la lanzó hacia Rafael.
Él la atrapó sin esfuerzo.
—Atácame —ordenó ella.
—¿Está segura?
—Rafael.
Él suspiró casi imperceptiblemente.
Y atacó.
El choque de acero resonó en el patio.
Victoria era fuerte.
Rápida.
Pero Rafael era preciso.
Controlado.
Nunca la superaba completamente.
Nunca la dejaba ganar del todo.
Ella lo sabía.
Después de varios intercambios intensos, Victoria lo empujó hacia atrás y colocó su espada en su cuello.
Respiraban agitados.
—Si mañana él te provoca… —dijo ella en voz baja— ¿vas a mirarlo como me miras ahora?
Rafael sostuvo su mirada.
No había tensión en él.
Solo firmeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque usted no es mi enemigo.
El silencio entre ellos se volvió más denso.
Más cercano.
Victoria bajó lentamente la espada.
—Más te vale.
Se alejó unos pasos, dándole la espalda.
Rafael permaneció inmóvil.
El viento movió ligeramente el cabello de la princesa.
—Rafael.
—Sí.
—Si intenta humillarme públicamente…
Pausa.
—Entonces sí será mi enemigo.
La mano de Rafael se cerró con firmeza alrededor de la empuñadura de la espada de práctica.
—Entendido.
Desde un balcón alto del palacio, una figura observaba el entrenamiento.
Uno de los enviados adelantados de Nordhal.
Sonrió con desdén.
—Así que ese es el famoso Santo de la Espada…
Y desapareció del balcón.
La noticia llegaría pronto a su príncipe.
Y el juego… ya había comenzado.