Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 1: El fantasma que no pedí
El sonido de los autitos de plástico chocando contra el parqué de mi oficina era lo único que me mantenía cuerda en esa tarde gris. Era un ruido seco, constante, que competía con el zumbido de la vieja computadora y el latido sordo de mi propia migraña. Me froté las sienes con fuerza, cerrando los ojos un segundo, tratando de ignorar esa pila de facturas rojas que descansaban sobre el escritorio como una sentencia de muerte. Ser una heredera desterrada tenía un precio muy alto, y yo lo pagaba cada maldito mes con ojeras profundas, café frío y un nudo de ansiedad que ya se sentía como parte de mi anatomía.
—¡Brum, brum! ¡Mamá, mira, el camión va rápido! —la voz de Eithan rompió el silencio de mis pensamientos.
Alcé la vista y ahí estaba él, de rodillas en el suelo, levantando su camión de bomberos con un orgullo que me partía el alma en mil pedazos. Eithan tenía apenas dos años, pero cargaba en su rostro con la herencia de un hombre que no merecía ni que lo nombraran en mis pesadillas. Era un niño hermoso, demasiado hermoso para el mundo en el que nos tocaba sobrevivir. Tenía el cabello negro como el ala de un cuervo, siempre un poco despeinado, y esos ojos marrones claros, casi color miel, que brillaban con una inocencia que a mí me habían robado hacía siglos.
Cada vez que lo miraba, la misma pregunta me quemaba la garganta como ácido: ¿Cómo pudo? ¿Cómo alguien puede dar media vuelta, ajustar su traje caro y dejar a su propia sangre tirada como si fuera basura en un callejón? La respuesta siempre era la misma: Damián nunca fue un hombre, era un depredador. Y los depredadores no tienen corazón, solo hambre.
—Es hermoso, mi amor. El más rápido de todos —dije, forzando una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara—. Vamos, guarda los juguetes en la mochila. Hoy mamá te lleva a comer esas pastas con salsa que tanto te gustan. Te lo ganaste por ser tan buen ayudante hoy.
Necesitaba salir de esas cuatro paredes. El aire en la oficina se sentía viciado, cargado de recuerdos de una vida que ya no me pertenecía. Caminamos hacia el pequeño restaurante italiano de la esquina, un lugar humilde pero con olor a hogar. Eithan iba saltando a mi lado, aferrado a mi mano con sus dedos pequeños y pegajosos, totalmente ajeno a que su madre apenas tenía para el alquiler de este mes después de que mi "querida" familia me cerrara todas las cuentas por "deshonrar" el apellido. Para ellos, estar embarazada sin un anillo de diamantes era un pecado imperdonable; para mí, Eithan era lo único sagrado que me quedaba.
Nos sentamos en una mesa pequeña, justo al lado del ventanal empañado por la humedad de la tarde. Eithan devoraba su plato, manchándose las mejillas con salsa roja y riendo cada vez que un fideo se le escapaba del tenedor. Por un segundo, solo por un bendito segundo, me permití bajar la guardia. Me permití olvidar el odio, las deudas y el miedo.
Hasta que el aire del lugar cambió.
No fue un ruido, ni un grito. Fue una presión en el pecho, un cambio de temperatura que volvió el ambiente pesado, gélido, casi irrespirable. La puerta del local se abrió y no necesité girar la cabeza para saber quién acababa de entrar. Ese aroma… ese maldito aroma a sándalo, tabaco caro y peligro inminente. Lo reconocería incluso si estuviera muerta y enterrada. Era el olor de mi perdición.
Levanté la vista lentamente y mi corazón se detuvo. Sentí un frío glacial recorriéndome la columna mientras mis costillas empezaban a vibrar por los latidos violentos de mi corazón. Ahí estaba él.
Damián.
Lucía un traje italiano hecho a medida, oscuro como su alma, que resaltaba su figura imponente. Su mandíbula estaba tensa, marcada por esa sombra de barba que siempre le dio un aspecto de villano de película. Pero lo peor eran sus ojos. Tenía la misma mirada de hielo que una vez me prometió el cielo mientras me arrastraba lentamente hacia el abismo. El mafioso que se fue sin mirar atrás, el hombre que me rompió en tantos pedazos que perdí la cuenta, estaba ahí, de pie, profanando mi refugio.
—Maldita sea —susurré para mis adentros, sintiendo cómo el miedo inicial se transformaba en una furia ciega, caliente, eléctrica.
Él caminó hacia nuestra mesa con una seguridad insultante, como si fuera el dueño del suelo que pisaba. Se detuvo a escasos dos metros. Sus ojos, esos pozos oscuros y analíticos, se clavaron primero en mí, recorriéndome con una intensidad que me hizo sentir desnuda y vulnerable. Pero luego, su mirada bajó. Se detuvo con una curiosidad letal en el niño que, ajeno a la tragedia, intentaba limpiar su cara con una servilleta de papel.
—Hola, nena. Tiempo sin vernos —su voz… esa voz profunda que antes me hacía temblar de deseo, ahora solo me provocaba náuseas físicas.
Me puse de pie de un salto, empujando la silla con tanta violencia que el estrépito hizo que varios clientes dejaran de comer y se giraran hacia nosotros. No me importó. Agarré a Eithan por los hombros y lo puse detrás de mí, cubriéndolo con mi cuerpo, ocultándolo de su vista como si pudiera borrar con mi sombra el parecido genético que era tan evidente que dolía.
—Ni un paso más —siseé. Sentí mis uñas enterrándose en las palmas de mis manos mientras mis dedos rozaban la tela de mi chaqueta barata—. ¡No te acerques a mi hijo, Damián! ¡Ni se te ocurra!
Él arqueó una ceja, pero por primera vez en mi vida, vi una grieta en su máscara de indiferencia. Un brillo de duda, de shock, cruzó sus ojos al ver al pequeño que se asomaba curioso por detrás de mi cadera, mirando al "señor alto" con sus ojos miel.
—¿Tu hijo? —repitió él, su voz bajando un octavo, volviéndose un gruñido peligroso. Dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal.
—Mío. Solo mío —le respondí, sosteniéndole la mirada, aunque por dentro mis piernas fueran gelatina—. Tú moriste para nosotros hace dos años en ese aeropuerto. Así que date la vuelta, sal por esa puerta y lárgate al infierno de donde saliste antes de que llame a la policía o cometa una locura de la que no te vas a recuperar.
Damián soltó una risa seca, sin rastro de humor, y se inclinó un poco hacia adelante. El calor que emanaba su cuerpo me mareó por un instante.
—Sabes perfectamente que la policía no me toca, preciosa. Y también sabes que no me voy a ir a ninguna parte ahora que he visto lo que escondes. Ese niño tiene mis ojos, tiene mi sangre… —su mirada se volvió posesiva, oscura—. Y lo que es de mi sangre, me pertenece.
El pánico me atenazó la garganta, pero no retrocedí. Si algo había aprendido en estos dos años de miseria es que a los hombres como Damián no se les tiene miedo, se les enfrenta con los colmillos fuera.
—Él no es nada tuyo —mentí, sintiendo el sudor frío en mi nuca—. Es el hijo de un error que cometí, y tú eres el error más grande de mi vida. Vete, Damián déjanos en paz.
Pero por la forma en que él miraba a Eithan, supe que la guerra acababa de empezar. Y esta vez, no tenía un ejército, solo mi orgullo y un niño que no sabía que acababa de conocer al diablo en persona.