Renace en una época antigua, decidida a cambiar su destino, no será una villana en esta vida.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Beso
La posada no era grande.
De hecho, era bastante más pequeña de lo que Rachel estaba acostumbrada.
Después de organizar a los heridos y asegurar el perímetro, quedó claro que no todos podrían alojarse cómodamente en las habitaciones. Solo unos pocos ocuparon los cuartos del piso superior… el resto se quedó en la planta baja, vigilando y descansando por turnos.
Rachel, por supuesto, fue llevada a una de las habitaciones.
Simple, pero limpia.
Y, después de todo lo ocurrido… suficiente.
El baño caliente fue lo que realmente la hizo soltar la tensión.
El agua recorriendo su cuerpo, llevándose el polvo del camino, el miedo, el ruido, el caos.
Por unos minutos… pudo cerrar los ojos y simplemente respirar.
Cuando salió, envuelta en un camisón ligero y una bata que ajustó con cuidado alrededor de su cuerpo, se sentía… más clara.
Más tranquila.
Pero no completamente en paz.
Porque su mente, inevitablemente… volvía a él.
—…Qué hombre más desagradable —murmuró, mientras terminaba de atar el cinturón de la bata con firmeza.
Justo en ese momento.. golpes en el pasillo.
Una voz.
—¿Hay alguien encargado? Necesito hablar con quien esté a cargo.
Rachel frunció ligeramente el ceño.
[¿A esta hora?]
Sin pensarlo demasiado, caminó hacia la puerta.
La abrió.. y se detuvo.
Porque no estaba sola.
A su lado, casi al mismo tiempo… otra puerta se había abierto.
Y de ella había salido él. Damian.
Las habitaciones eran contiguas.
Rachel parpadeó, sorprendida por un segundo.
Él también parecía recién salido.
Llevaba solo una camisa ligera, sin demasiada formalidad, y un pantalón sencillo. Su apariencia era menos rígida que antes… pero su expresión seguía siendo la misma.
Seria.
Impenetrable.
Rachel, por reflejo, ajustó mejor su bata, asegurándose de cubrir bien su camisón.
No por vergüenza.
Sino por costumbre.
Por control.
El empleado, claramente nervioso, miró entre ambos.
—Eh… buenas noches… ¿quién está a cargo?
Rachel no dudó.
Dio un pequeño paso al frente.
—Yo.
Su voz fue clara.
Segura.
—¿Qué ocurre?
El hombre parecía aliviado de tener una respuesta… pero no alcanzó a hablar.
Porque una leve risa baja interrumpió el momento.
Rachel giró el rostro. Damian.
—Deje de jugar —dijo él, sin mirarla directamente.
Y luego, al empleado..
—¿Qué sucede?
Rachel lo miró.
Incrédula.
—No estoy jugando —respondió, manteniendo el tono controlado.
El empleado, confundido, miró entre ambos.
—Es que… hay un asunto con el pago de las habitaciones y la comida, y yo..
—Se resolverá —interrumpió Damian con naturalidad.
—Pero yo..
Rachel dio un paso más, intentando intervenir.
—Puedo encargarme de..
—Ya le dije —la cortó él, esta vez mirándola directamente— que deje de hacer berrinches.
Silencio.
El empleado se quedó completamente quieto.
Sin saber dónde mirar.
Rachel sintió cómo el enojo subía de nuevo.
Más rápido esta vez.
Más claro.
—Esto no es un berrinche —respondió, con una calma tensa—. Es responsabilidad.
Damian no reaccionó.
Como si sus palabras no cambiaran nada.
—Es logística —añadió él, volviendo su atención al empleado—. Continúe.
El hombre, claramente incómodo, optó por seguir hablando con él.
Rachel se quedó allí.
De pie.
En silencio.
Observando.
Y esta vez… no fue solo molestia.
Fue algo más profundo.
Porque no era la primera vez que la ignoraba.
Ni la segunda.
Y, aunque entendía la situación… no estaba dispuesta a aceptar ese trato.
El pasillo quedó en silencio cuando el empleado finalmente se retiró, visiblemente aliviado de escapar de esa tensión incómoda.
Rachel seguía en la puerta de su habitación.
Con los brazos ligeramente tensos.
Con la respiración contenida.
Y con el enojo… todavía ardiendo.
Esperó a que el hombre desapareciera por las escaleras.
Y entonces, apenas audible, murmuró..
—Es un idiota.
—¿Qué dijo?
La voz de Damian llegó inmediata.
Cercana.
Rachel no dudó.
Giró el rostro hacia él.
Y esta vez… no bajó la mirada.
—Que es un idiota.
Directo.
Claro.
Sin suavizarlo.
El silencio se tensó.
Pero lo que vino después… no fue lo que ella esperaba.
Damian sonrió. Levemente. No burlón. No molesto.
Sino… intrigado.
Y dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Lento.
Seguro.
Rachel no se movió.
[Normalmente… esto me intimidaría.. pero estoy furiosa]
Lo sabía.
Cualquier otra persona en su lugar… habría retrocedido.
Habría evitado su mirada.
Pero no esa noche.
No después de todo.
Damian se acercó más.
Hasta que el espacio entre ellos se redujo peligrosamente.
Rachel sintió la madera de la puerta a su espalda.
Acorralada.
Literalmente.
Él apoyó una mano junto a su cabeza, bloqueando cualquier salida fácil.
Su presencia era imponente.
Dominante.
—Repítalo —dijo, en voz baja.
Provocándola.
Desafiándola.
Esperando verla dudar.
Retroceder.
Pero Rachel… solo lo miró.
Sus ojos no temblaron.
Y entonces.. sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Ligeramente… traviesa.
—Damian Devlin… —dijo, con un tono inesperadamente suave.
Y luego, más claro..
—Eres un idiota.
Pero esta vez… no sonó como un insulto.
Sonó casi… coqueto.
El aire entre ellos cambió.
Sutilmente.
Damian entrecerró apenas los ojos.
Se inclinó un poco más, invadiendo aún más su espacio.
Como si esperara que ahora sí.. ella se quebrara.
Que apartara la mirada.
Que cediera.
Pero Rachel no lo hizo.
Ni un segundo. Al contrario.
Se adelantó.
Sin dudar.
Sin pensarlo demasiado.
Y lo besó.
Fue un gesto rápido.
Impulsivo.
Pero firme.
No tímido.
No accidental.
Un beso que no pedía permiso.
Que no buscaba aprobación.
Que decía, sin palabras.. No me intimidas.
El tiempo pareció detenerse un instante.
Y cuando se separó.. Rachel lo miró.
De cerca.
Muy cerca.
Con el corazón acelerado… pero sin arrepentimiento.
Porque incluso ella sabía… que eso no había sido una decisión lógica.
Había sido emoción. Orgullo. Desafío. Pero sobre todo… había sido ella..