"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Bajo la Tormenta
El cielo de Jurubirá finalmente cumplió su amenaza. Una cortina de agua gris y pesada cayó sobre el muelle justo cuando la jornada de sal terminaba. Pablo, con los hombros encogidos por el dolor y las manos en carne viva, intentó refugiarse bajo el techo de zinc de la bodega, pero el viento soplaba con tanta fuerza que el agua lo empapaba por completo.
—¡Rossi! ¡Venga aquí, no sea terco! —gritó Aurora desde la puerta de la bodega, haciéndole señas con una linterna.
Pablo corrió hacia ella, resbalando en el lodo. Entró a la bodega tiritando. El lugar olía a madera vieja, red de pesca y brea. Estaban solos; los demás pescadores se habían ido a sus casas antes de que arreciara la tormenta.
—Mírese... parece un náufrago —dijo Aurora, acercándose con una toalla vieja que sacó de un cajón.
Empezó a secarle el cabello con brusquedad, pero sus movimientos se fueron suavizando. Pablo se quedó quieto, sintiendo el calor de las manos de Aurora a través de la tela. Cuando ella bajó la toalla, sus rostros quedaron a centímetros. La luz de la linterna, apoyada en una caja, creaba sombras profundas en las mejillas de Pablo.
—Tienes las manos destrozadas —susurró Aurora, tomando una de las manos de Pablo entre las suyas. Las palmas de él estaban llenas de ampollas reventadas y restos de sal—. ¿Por qué haces esto, Pablo? Podrías haberle pedido perdón a tu padre y estar ahora en un hotel de lujo en la ciudad.
—Porque el lujo no me hacía sentir lo que siento aquí —respondió Pablo, con la voz grave—. Allí era un heredero, una pieza en un tablero. Aquí... aquí soy solo Pablo. Y por primera vez, alguien me mira a los ojos por lo que soy, no por lo que tengo.
Aurora sintió un nudo en la garganta. La barrera del clasismo se estaba desmoronando bajo el ruido de la lluvia contra el zinc. Ya no veía al "niño rico" de Madrid; veía a un hombre que lo había sacrificado todo por un ideal... y quizás, por ella.
—Eres un idiota —susurró Aurora, pero esta vez lo dijo con una ternura que nunca antes le había mostrado—. Un idiota que no sabe cargar bultos y que se va a enfermar si no se quita esa camisa mojada.
Aurora buscó en un rincón y sacó una camisa vieja de su padre, de tela gruesa y cuadros gastados.
—Póngase esto. No es seda, Rossi, pero está seca.
Pablo empezó a desabotonarse la camiseta empapada con dificultad, pues sus dedos heridos no le obedecían. Aurora, al verlo batallar, soltó un suspiro y se acercó. Sus dedos, expertos en nudos de pesca, empezaron a desabrochar los botones de la prenda de Pablo. El contacto de la piel fría de él con los dedos cálidos de ella hizo que ambos contuvieran la respiración.
El pecho de Pablo estaba marcado por el esfuerzo del día, rojo por el roce del yute. Aurora pasó sus dedos suavemente por una de las marcas, casi como una caricia. Pablo le tomó la mano, deteniéndola sobre su corazón, que latía con una fuerza salvaje.
—Aurora... —murmuró él.
—Cállate, Pablo —respondió ella, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó un poco más, dejando que sus alientos se mezclaran.
Afuera, la tormenta rugía, pero adentro de la bodega, el tiempo se había detenido. Aurora sabía que esto era peligroso, que su mundo y el de él eran polos opuestos, pero en ese rincón oscuro, rodeados de redes y sal, las clases sociales no existían. Solo existían dos personas buscando calor en medio de la lluvia.
Mientras tanto, en la casa de los Garcés, Bertha miraba hacia el muelle con preocupación. Sabía que su hija no había regresado. Al lado de ella, Sofía cosía en silencio, pero sus puntadas eran erráticas.
—La lluvia limpia el aire, mamá —dijo Sofía, con una voz triste—. Pero a veces también arrastra lo que uno más quiere.
Bertha no dijo nada, solo le puso una mano en el hombro a su hija menor. Sabía que la tormenta de afuera no era nada comparada con la que se estaba gestando en el corazón de sus dos hijas.