"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 25: El Frágil Equilibrio
Pasaron dos años de relativa calma. La tormenta de Valenzuela y el fantasma de Alberto se habían disipado, dejando espacio para una vida que, por fin, se sentía propia. Graciela (Ciela) y Lucía habían logrado sanear las Caleras del Norte, convirtiéndolas en una empresa de materiales sostenibles, mientras Diego prosperaba en su constructora.
Pero el destino de El Lazo Frágil de Ciela siempre guardaba una última prueba.
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La noticia llegó una mañana de primavera y Graciela llevaba semanas sintiéndose extrañamente agotada, atribuyéndolo al exceso de trabajo en la fundación. Sin embargo, tras un desmayo repentino en la oficina, Diego la llevó de urgencia al hospital.
—Estás embarazada, Ciela —le susurró Diego, con los ojos empañados de una mezcla de alegría infinita y un terror que no podía ocultar—. Vamos a ser papás.
La alegría inundó la mansión de Beatriz. Elena y ella, ahora inseparables, empezaron a tejer mantitas y a planear el cuarto del bebé. Anais traía al pequeño Luciano, que ya caminaba y hablaba por los codos, para que "practicara" con su prima. Todo parecía un sueño perfecto.
Sin embargo, a los cinco meses de gestación, el color empezó a desaparecer del rostro de Graciela.
La Recaída
Una tarde, mientras ayudaba a Miriam con unos documentos legales, Graciela sintió un dolor agudo y punzante en el costado. No era el útero; era el lugar donde residía el regalo de Beatriz.
—Diego... —alcanzó a decir antes de que sus piernas cedieran.
En el hospital, el diagnóstico del nefrólogo fue un balde de agua fría para la familia. El embarazo, aunque era un milagro, estaba ejerciendo una presión extrema sobre su sistema renal. El riñón trasplantado, aquel que Beatriz le había dado con tanto sacrificio, estaba empezando a dar señales de rechazo crónico debido a la sobrecarga del embarazo.
—El cuerpo está priorizando al bebé, pero el riñón está sufriendo —explicó el médico ante la mirada devastada de Julián y Roberto—. Si seguimos adelante sin cambios, corremos el riesgo de perder el órgano... o algo peor.
El Sacrificio de las Madres
La habitación del hospital se convirtió en el epicentro de una nueva vigilia. Graciela estaba pálida, conectada a monitores, pero su mano no soltaba su vientre.
—No voy a interrumpirlo, Diego —dijo ella con una firmeza que recordaba a la de Beatriz cuando estaba cautiva—. Este bebé es lo único que realmente me pertenece desde el principio. Mi sangre, mi vida. Si mi riñón falla, que falle. Pero él va a nacer.
Beatriz se sentó a su lado, rota por la culpa.
—Ciela, yo te di ese riñón para que vivieras, no para que lo perdieras así...
—Me lo diste para que fuera feliz, mamá —respondió Graciela tomando su mano—. Y ser madre es mi felicidad.
Elena, desde el otro lado de la cama, no pudo contener las lágrimas. Se dio cuenta de que Graciela estaba repitiendo la historia de sus dos madres: el sacrificio absoluto por un hijo. En ese momento, Elena comprendió que el lazo no era solo la sangre o la crianza; era esa capacidad de darlo todo.
Miriam y Anais se encargaron de mantener la casa en orden y cuidar a Luciano, mientras Lucía se quedaba noches enteras leyendo cuentos al vientre de su hermana, pidiéndole al bebé que fuera fuerte por las dos.
—Aguanta, pequeño sobrino —susurraba Lucía—. Afuera tienes una familia de guerreras esperándote.
El capítulo cierra con Graciela entrando en una fase de reposo absoluto. La tensión en la familia es insoportable; el lazo se ha vuelto a tensar hasta casi romperse. El milagro de la vida está chocando de frente con la fragilidad de la salud de Ciela, y solo el tiempo dirá si el cuerpo de Graciela podrá sostener la carga de este nuevo amor.