Ella pasa una noche con un Ceo Y ese luego la secuestra al creer que ella esconde a su hijo
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Capitulo 3
El departamento de Valentina le resultaba insoportable.
Mateo recorrió el pequeño espacio por enésima vez, mirando con desdén las paredes desgastadas, los muebles viejos, la cocina diminuta. Todo era… insuficiente. Estrecho. Asfixiante.
No era un lugar donde alguien como él pudiera quedarse.
Y mucho menos… esperar.
Valentina lo observaba desde el sofá, con los brazos cruzados.
—¿Vas a seguir caminando como un animal enjaulado o piensas decir algo? —soltó, molesta.
Mateo se detuvo en seco.
La miró.
Y en sus ojos había decisión.
—Nos vamos.
Valentina frunció el ceño.
—¿Cómo que “nos vamos”?
—Te quedarás conmigo —dijo con total calma— hasta que me digas la verdad.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Perdón?
—Sé que tienes un hijo mío —continuó, ignorando su reacción—. Y lo estás escondiendo.
—¡Ya basta con eso! —se levantó de golpe—. ¡No tengo ningún hijo tuyo!
Pero Mateo ya no estaba dispuesto a discutir.
En dos pasos cruzó la distancia entre ellos.
—¿Qué haces…? —empezó ella, retrocediendo.
Demasiado tarde.
Mateo la tomó con firmeza y, sin darle tiempo a reaccionar, la levantó, cargándola sobre su hombro.
—¡¿ESTÁS LOCO?! —gritó ella, forcejeando—. ¡Suéltame!
—No.
—¡SUÉLTAME, LUNÁTICO!
Mateo ni siquiera se inmutó.
—Ya te lo dije —respondió con voz firme mientras caminaba hacia la puerta—. Te vas a quedar conmigo hasta que me digas dónde está nuestro hijo.
—¡NO TENEMOS NINGÚN HIJO! —golpeó su espalda con los puños—. ¡Esto es secuestro! ¡Bájame ahora mismo!
Él abrió la puerta como si nada.
—Puedes gritar todo lo que quieras.
—¡VOY A DENUNCIARTE!
—Hazlo.
Bajó las escaleras con ella aún sobre el hombro, ignorando cada golpe, cada intento de liberarse.
Afuera, el viento empezó a levantarse.
El sonido del helicóptero se escuchó antes de que ella pudiera procesarlo.
Valentina se quedó inmóvil por un segundo.
Luego levantó la cabeza.
—No… —susurró.
Las aspas comenzaron a girar con fuerza.
—No, no, no… Mateo, no.
Él caminó directo hacia el helicóptero.
—¡NO! —su voz se quebró—. ¡Me dan miedo las alturas!
Mateo se detuvo apenas un segundo.
—Entonces no mires abajo.
—¡NO ES GRACIOSO! —gritó, realmente asustada ahora—. ¡Bájame, por favor!
Pero él no la soltó.
Subió con ella al helicóptero mientras uno de sus hombres abría la puerta.
El ruido era ensordecedor.
El viento golpeaba con fuerza.
Y en cuanto Mateo la sentó en el asiento…
Valentina lo abrazó.
Fuerte.
Demasiado fuerte.
Se aferró a su camisa como si fuera lo único que la mantenía en el mundo.
—No me sueltes… —murmuró, completamente pálida.
Mateo se quedó quieto un segundo.
Sorprendido.
Luego… sonrió.
Una sonrisa leve.
Peligrosa.
Satisfecha.
—¿Ahora quién está asustada? —susurró cerca de su oído.
Valentina no respondió.
Solo se aferró más a él.
Y por primera vez desde que todo empezó…
Mateo sintió que tenía el control.
Aunque no supiera todavía…
que estaba persiguiendo algo que quizás nunca existió.
El helicóptero ya estaba en el aire.
Las luces de la costa se volvían pequeñas, lejanas, casi irreales bajo ellos.
Pero Valentina no miraba.
No podía.
Tenía los ojos cerrados con fuerza y el rostro escondido contra el pecho de Mateo, aferrándose a él como si soltarlo significara caer al vacío.
Mateo bajó la mirada hacia ella.
Y, por un momento… todo el ruido desapareció.
El miedo de ella era real.
Su respiración acelerada.
Sus manos temblando.
Su cuerpo completamente pegado al suyo.
Sin pensar demasiado, llevó una mano a su cabeza y la acomodó con suavidad contra su hombro, protegiéndola del movimiento.
Valentina no protestó.
Al contrario…
Se acomodó más.
Como si, pese a todo, ese fuera el único lugar donde se sentía segura.
Mateo entrecerró los ojos, observándola.
Disfrutando.
Cada segundo.
Cada pequeño gesto.
Cada respiración compartida.
Tenerla así… tan cerca…
era peligrosamente agradable.
—Relájate —murmuró cerca de su oído—. No te voy a dejar caer.
Valentina negó apenas, aferrándose más a su camisa.
—No confío en ti… —susurró, con la voz temblorosa.
Mateo soltó una leve sonrisa.
—Pero igual te aferras a mí.
Ella no respondió.
Porque no podía.
Porque en ese momento, su miedo era más fuerte que su orgullo.
Y él lo sabía.
Apoyó suavemente su mejilla contra la cabeza de ella por un instante, cerrando los ojos apenas.
Como si quisiera congelar ese momento.
Como si, por alguna razón que ni él entendía…
tenerla así lo calmara.
Pero su expresión cambió al segundo siguiente.
Sus ojos se endurecieron otra vez.
—Disfrútalo mientras puedas —dijo en voz baja—. Porque cuando lleguemos… vas a empezar a hablar.
Valentina apretó los labios.
Sin abrir los ojos.
Sin soltarlo.
—No tengo nada que decirte…
Mateo no respondió.
Solo la sostuvo un poco más firme.
Mirando hacia la oscuridad afuera.
Convencido.
Obsesionado.
Sin darse cuenta…
de que lo único real en ese momento…
era ella entre sus brazos.
Y no la historia que él estaba persiguiendo.