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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: El novio que nadie quiere conocer.

Los tres días en la mansión fueron un curso acelerado en humillación doméstica.

Le dieron una habitación, si se le podía llamar así: un cuarto en el tercer piso, al final del pasillo, lejos de las habitaciones de la familia, con una cama dura, un armario vacío y una ventana con rejas que alguien había pintado de blanco para que parecieran decorativas. No eran decorativas. Eran una jaula con estética.

Patricia le subía ropa que no era de su talla y le decía que se la pusiera igual, con esa sonrisa venenosa que Vincent ya estaba catalogando mentalmente junto a los métodos que usaría para borrársela algún día. Valentina, la hermanastra, era peor de lo que los recuerdos de Emilia le habían mostrado: una versión joven de su madre pero con menos cerebro y más crueldad, el tipo de persona que disfruta el sufrimiento ajeno no por estrategia sino por entretenimiento. Pasaba frente a la puerta de Vincent y soltaba comentarios como quien tira basura por la ventana: "¿Ya comiste, Emi? Ah, no, verdad, si tú siempre estás comiendo, por eso estás así", o "¿Te probaste el vestido? Ay, no creo que te entre, pero bueno, a tu futuro marido tampoco le va a importar cómo te veas, ¿no? Solo necesita tu firma."

Vincent la escuchaba desde la cama, con las manos quietas y la mandíbula apretada, añadiendo detalles a la lista mental que crecía cada día como una cuenta pendiente que tarde o temprano iba a cobrar con intereses.

Sigue hablando, flaquita. Sigue hablando.

La mañana del tercer día, Patricia entró en la habitación sin tocar —porque en esta casa nadie tocaba la puerta de Emilia, nunca lo habían hecho, como si su espacio no existiera— con un vestido colgado de una percha y una bolsa con zapatos.

—Hoy conoces a tu futuro esposo. Báñate, vístete, y baja en una hora. Si haces algo, cualquier cosa que me avergüence frente a esta gente, te juro que el sótano va a parecerte unas vacaciones.

Vincent miró el vestido. Azul oscuro, tela barata disfrazada de elegante, una talla más chica de lo que necesitaba porque Patricia jamás compraría algo que le quedara bien a Emilia. Miró los zapatos: tacones que nunca había usado y que probablemente iban a matarle los pies.

En mis tiempos, para un negocio importante me ponía mi mejor traje, mi revólver limpio y una actitud que hacía que la gente se callara cuando entraba en una habitación. Ahora me ponen un vestido apretado y tacones. Qué tiempos aquellos.

Se bañó. Se puso el vestido, que le quedó exactamente como esperaba: apretado en el pecho, tirante en la cadera, incómodo en cada centímetro. Los tacones fueron otra experiencia: caminó tres pasos, se tambaleó como un marinero borracho, se agarró de la pared y decidió que caminar despacio y con las piernas un poco abiertas era la única forma de no romperse el cuello.

Las mujeres de esta época caminan con estas cosas como si nada. Son unas malditas acróbatas.

Se miró en el espejo. La mujer que le devolvió la mirada era gorda, incómoda, con un vestido que le marcaba todo y un moño torcido porque seguía sin dominar el pelo. Sin maquillaje, sin joyas, sin nada que suavizara la imagen. Emilia en su versión más cruda.

El tipo se va a llevar una sorpresa. Esperemos que le gusten las sorpresas.

El comedor de la mansión era una sala larga con una mesa de caoba para doce personas, un candelabro casi tan grande como el del recibidor y cuadros de gente muerta que parecía juzgarte desde los marcos dorados. El padre estaba sentado en la cabecera con un traje nuevo y una expresión de vendedor satisfecho, como si estuviera a punto de cerrar el negocio de su vida. Patricia estaba a su derecha, impecable, con un vestido rojo que gritaba "mírenme" y un collar de perlas que probablemente compró con el dinero del viejo Harold. Valentina estaba al lado de su madre, con un vestido que costaba lo que Emilia nunca tuvo en su vida y una sonrisa anticipatoria, como si estuviera esperando el inicio de un espectáculo particularmente cruel.

Vincent entró tambaleándose sobre los tacones y se sentó donde le indicaron: al final de la mesa, lo más lejos posible de la cabecera, como un producto que se exhibe pero que no se mezcla con la mercancía fina.

—Siéntate derecha —le siseó Patricia desde el otro lado.

Estoy derecha, bruja. Es el vestido el que está torcido.

Esperaron. Quince minutos. Treinta. Una hora.

Vincent observaba al padre de Emilia y notaba algo que no había visto antes: nerviosismo. No el nerviosismo de un hombre asustado, sino el de un hombre que sabe que está tratando con alguien más peligroso que él. Se acomodaba la corbata cada cinco minutos, revisaba su reloj, miraba hacia la puerta. Patricia también lo notó porque dejó de sonreír y empezó a jugar con el collar de perlas de una manera que no era elegante sino ansiosa.

¿A quién le tienen tanto miedo?

Los recuerdos de Emilia no ayudaban porque ella nunca supo los detalles del negocio. Solo sabía lo que le dijeron: que iba a casarse y que no tenía opción. Pero Vincent llevaba décadas leyendo habitaciones como un libro abierto, y esta habitación le decía que el comprador no era un viejo patético como Harold. Era algo peor.

La puerta del comedor se abrió y entró un hombre que no era el novio.

Vincent lo supo inmediatamente porque el tipo tenía la postura inconfundible de un subordinado: traje oscuro impecable pero no caro, carpeta de cuero en la mano, expresión neutra de alguien que ha hecho esto muchas veces. Treinta y tantos, delgado, pelo corto, y unos ojos que escanearon la habitación en dos segundos registrando cada cara y cada salida antes de sentarse. Vincent reconoció esa mirada porque era la misma que él usaba cuando entraba en un lugar desconocido.

Este tipo no es el novio. Es el que hace el trabajo sucio.

—Buenas tardes —dijo el hombre, abriendo la carpeta con la eficiencia de un cirujano preparando sus instrumentos—. El señor Antonov lamenta no poder asistir personalmente. Me envía en su representación para formalizar el acuerdo.

El padre de Emilia tragó saliva. Fue un gesto pequeño, casi invisible, pero Vincent lo vio porque llevaba toda la vida viendo a hombres tragar saliva antes de hacer negocios con gente que les daba miedo.

Antonov. El nombre suena ruso. Y el padre de Emilia le tiene miedo. Interesante.

—Por supuesto, por supuesto —dijo el padre con una sonrisa que intentaba ser de igual a igual pero que se quedaba en subordinado complaciente—. Entendemos que el señor Antonov es un hombre muy ocupado.

El asistente no respondió a la cortesía. Sacó un documento de la carpeta, lo puso sobre la mesa y lo deslizó hacia el padre con un bolígrafo encima.

—El acuerdo de compromiso. La boda se realizará en una semana en la fecha y lugar que el señor Antonov determine. La novia no necesita firmar. Solo usted.

La novia no necesita firmar. Como si fuera un paquete que se entrega sin pedir recibo.

Patricia se inclinó para leer el documento por encima del hombro de su marido, pero el asistente la detuvo con una mirada tan cortante que la mujer se echó para atrás como si le hubieran puesto una mano invisible en el pecho.

—El acuerdo es entre el señor Antonov y el señor Mendoza. Nadie más.

Mendoza. El padre se apellida Mendoza.

El padre leyó el documento, firmó donde le indicaron sin negociar una sola coma, y le devolvió la carpeta al asistente con las manos tan firmes como podía fingir. Entonces el asistente sacó un segundo documento y, detrás de él, un sobre. Grueso. Lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia el padre.

—El adelanto acordado. El resto se entrega después de la boda.

El padre abrió el sobre y Vincent vio, desde el otro extremo de la mesa, cómo los ojos del hombre se abrían medio milímetro más de lo normal. Patricia, que estaba espiando por el rabillo del ojo, dejó de respirar durante tres segundos. Valentina se estiró para ver y su madre le dio un manotazo debajo de la mesa, pero incluso Patricia, la reina del autocontrol venenoso, no pudo evitar que le temblara el labio inferior.

Fuera lo que fuera la cantidad que había en ese sobre, era suficiente para dejar sin habla a una familia que ya tenía dinero.

¿Quién es este Antonov que paga tanto por una gorda a la que ni siquiera quiso venir a ver?

El asistente se levantó, cerró la carpeta y miró a Vincent por primera vez desde que entró. Lo miró con la misma expresión con la que miraría un inventario: registrando datos, sin juicio, sin interés personal. Y luego dijo algo que iba dirigido al padre pero que le dijo mirándola a ella:

—El señor Antonov confía en que la novia estará presentable para la ceremonia. No le gustan las sorpresas.

Se fue sin despedirse. El sonido de la puerta cerrándose fue lo único que quedó en un comedor donde nadie se atrevía a hablar.

El padre fue el primero en moverse. Guardó el sobre en el interior de su saco con una sonrisa que era la sonrisa de un hombre que acaba de ganar la lotería vendiendo algo que no le costó nada. Miró a Vincent desde la cabecera de la mesa con esa satisfacción tranquila que tienen los dueños cuando el ganado se vende a buen precio.

—¿Ves, Emilia? Todo tiene un valor. Incluso tú.

Patricia sonrió. Valentina soltó una risita. El padre se levantó y salió del comedor silbando algo que sonaba a victoria.

Vincent se quedó sentada al final de la mesa, en un vestido que le apretaba todo, sobre unos tacones que le estaban matando los pies, con la mirada fija en la puerta por donde se había ido el asistente de un hombre al que nadie en esta casa quería mirar a los ojos.

Una semana. Tengo una semana.

"Pero la última vez que huyó, bastó con que la arrestaran una sola vez para que el padre la encontrara, y esta vez no solo la estaría buscando él sino también un hombre que se apellidaba Antonov y que aparentemente tenía el dinero y los recursos para comprar lo que quisiera, incluyendo personas."

Las opciones eran dos: huir antes de la boda o quedarse y enfrentar lo que viniera. Huir era lo lógico, lo seguro, lo que cualquier persona con cerebro haría. Pero la última vez que huyó la encontraron en tres horas, y esta vez no solo la estaría buscando el padre de Emilia sino también un hombre que se apellidaba Antonov y que aparentemente tenía el dinero y los recursos para comprar lo que quisiera, incluyendo personas.

Piensa, Vincent. Piensa rápido.

Se quitó los tacones debajo de la mesa y los miró con el desprecio que merecían. Una semana. Siete días para encontrar la manera de salir de esto sin terminar de vuelta en el sótano o, peor, en manos de alguien que hacía que el padre de Emilia temblara como un niño.

En mis tiempos habría resuelto esto con una pistola y un buen plan. Ahora no tengo pistola, no tengo plan, y estoy encerrada en una mansión con rejas en las ventanas usando un vestido que me corta la circulación.

Pero tengo una semana. Y he hecho más con menos.

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
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