"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
NovelToon tiene autorización de Dyanne Valdez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: La Pared de Cristal
La mansión Blackwood era una prisión de lujo.
Esa fue mi primera pensión cuando el coche atravesó las verjas de hierro y el bosque dio paso a un jardín inmaculado. Césped perfecto, fuentes de piedra, y al fondo, la mole oscura de la casa.
—No pienso quedarme aquí —dije, con la voz más firme de lo que me sentía.
Damián ni siquiera me miró.
—No me digas lo que piensas hacer, omega. Me importa menos que el barro de mis botas.
Aparcó el coche frente a la entrada principal y salió sin esperarme. Tuve que correr para alcanzarlo, maldiciendo en silencio mis piernas más cortas y su maldita zancada de Alfa.
—Oye —jadeé, agarrándolo del brazo justo cuando ponía el pie en el primer escalón—. No soy tu mascota. No soy tu prisionera. Y no me quedo.
Damián se detuvo.
Bajó la mirada hacia mi mano, todavía en su antebrazo. Luego, muy despacio, alzó los ojos hacia los míos.
—¿Sabes lo que le pasa a una omega sola en esta ciudad? —preguntó, con una calma que helaba—. ¿Sabes lo que los alfaz sin manada les hacen a las que no tienen protección?
—Sé sobrevivir.
—¿Ah, sí? —Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude ver las motas doradas en sus iris—. ¿Sobrevivirías a Kael Shadowfang? Porque te olió anoche. Y cuando un Alfa como él huele a una omega en celo recién vinculada, no descansa hasta probarla.
El nombre me golpeó como un puñetazo.
Kael. El Alfa rival. El dueño del sector oeste. El hombre del que todas las omegas huían.
—Eso no es justo —susurré.
—La vida no es justa, omega. Y yo no tengo por qué serlo contigo.
Me soltó y entró en la mansión.
Me quedé paralizada en el escalón, con el viento helado desordenando mi cabello, con su amenaza resonando en mi cabeza. Y lo peor de todo era que, a través del vínculo, podía sentirlo.
No era odio lo que había en sus palabras.
Era advertencia.
Y debajo de eso, algo que no quería reconocer: miedo por mí.
La misma beta de esa mañana me condujo a una habitación.
No era la de Damián. Era otra, en el ala opuesta de la mansión. Más pequeña, pero igual de lujosa: cama enorme, baño privado, un ventanal que daba al bosque.
—El Alfa dice que esta será su habitación —anunció la mujer, sin mirarme—. Hay ropa en el armario. La cena es a las ocho en el comedor principal. Si necesita algo, tire de la cuerda junto a la cama.
—Espera —la detuve cuando iba a salir—. ¿Cómo te llamas?
Ella dudó.
—Sofía.
—Gracias, Sofía. Por la ropa. Por el desayuno. Por...
—Señorita —me interrumpió, bajando la voz—. No me dé las gracias. No me mire a los ojos. No intente ser mi amiga. Aquí las omegas no tienen amigas. Solo problemas.
Salió y cerró la puerta.
Me quedé sola en mi celda de seda y madera tallada, con una cama demasiado grande y un silencio que pesaba como una losa.
No pienso quedarme, me repetí.
Pero en algún lugar de mi pecho, el vínculo latía, recordándome que si huía, moría.
No bajé a cenar.
No por rebeldía, sino porque cada vez que intentaba levantarme de la cama, una oleada de debilidad me devolvía a las almohadas. El celo me había dejado sin fuerzas. El intento de romper el vínculo me había vaciado.
Así que me quedé allí, mirando el techo, escuchando los sonidos de una casa que no era mía.
Y sintiéndolo a él.
Damián estaba en algún lugar de la mansión. Lo sentía caminar, detenerse, caminar de nuevo. Su inquietud era la mía. Su furia, la mía.
Esto es insoportable, pensé.
Pero no podía hacer nada para cambiarlo.
Alrededor de las diez, alguien golpeó la puerta.
—¿Sí?
La puerta se abrió. Y apareció Damián con una bandeja en las manos.
—No bajaste —dijo, con el mismo tono acusador de siempre.
—No tenía hambre.
—Mientes.
Entró sin pedir permiso y dejó la bandeja sobre la mesilla. Sopa humeante, pan, una manzana. Comida de verdad, no las sobras que esperaba.
—Cena —ordenó.
—Ya te dije que no...
—Cena, Lola. No pregunté.
El uso de mi nombre me golpeó más fuerte que cualquier grito. Hasta ahora solo me había llamado "omega". Escuchar mi nombre en su boca...
—¿Por qué te importa si como o no? —pregunté, sentándome en la cama.
Damián me miró desde la puerta. Su rostro era impasible, pero el vínculo... el vínculo me gritaba otra cosa.
—Porque si te desmayas de hambre, tendré que cargarte otra vez. Y no pienso hacerlo.
La misma excusa. La misma mentira.
—Puedes irte —dije, tomando la sopa—. Ya estoy comiendo.
Pero él no se fue.
Se quedó allí, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándome como si yo fuera un experimento y él un científico confundido.
—¿Qué? —pregunté, incómoda.
—No lo sé —respondió, y por primera vez, su voz perdió algo de filo—. Intento no sentirte. Intento bloquear el vínculo. Pero...
—¿Pero?
—Pero cada vez que lo intento, duele.
Sus palabras flotaron en el aire. Y yo, a pesar de todo, a pesar del miedo y la rabia, entendí perfectamente lo que decía.
Porque yo también lo intentaba. Y yo también fracasaba.
—¿Y qué hacemos? —pregunté en voz baja.
Damián me sostuvo la mirada. Sus ojos dorados, ahora sin el brillo feroz de otras veces, me miraban como si yo fuera un enigma que necesitaba resolver.
—No lo sé —admitió—. Pero mientras tanto, te quedas aquí. Comes. Descansas. Y no te mueres.
Salió antes de que pudiera responder.
Y yo me quedé allí, con la sopa humeante en las manos, sintiendo su corazón latir al otro lado del pasillo.
A la mañana siguiente, desperté con la certeza de que alguien me observaba.
Abrí los ojos lentamente. La habitación estaba bañada por la luz gris del amanecer. Y junto a la puerta, recostado contra la pared, había un hombre que no conocía.
Me incorporé de golpe, el corazón desbocado.
—Tranquila —dijo él, sin moverse—. Si quisiera matarte, ya lo habría hecho.
Era alto, moreno, de ojos grises y mandíbula cuadrada. Vestía de forma impecable: traje oscuro, camisa blanca, ni una arruga. Pero había algo en su postura, en la forma en que me evaluaba, que me helaba la sangre.
—¿Quién eres? —pregunté, sin bajar la guardia.
—Marcus. Segundo al mando de Damián. Su sombra. Su perro guardián. Llámame como quieras.
—¿Qué haces en mi habitación?
—Mirarte. Observarte. Decidir si eres una amenaza.
Me reí, aunque no tenía gracia.
—¿Una amenaza? ¿Yo? Soy una omega sin manada, sin dinero, sin nada. ¿Qué amenaza puedo suponer?
Marcus se separó de la pared y dio unos pasos hacia la cama. No amenazantes, pero sí calculados. Como un lobo midiendo a su presa.
—Tienes razón —dijo—. Una omega normal no sería una amenaza. Pero tú no eres normal, ¿verdad?
Mi sangre se heló.
—No sé de qué hablas.
—Tu olor —continuó él, imparable—. Ayer eras neutra. Casi invisible. Hoy... hoy hueles diferente. No como una omega normal. Hueles a... antigua. A pura.
—Eso no significa nada.
—Significa que mi Alfa está vinculado a alguien que no entendemos. Y eso, para mí, es una amenaza.
Se detuvo al borde de la cama. Lo bastante cerca para que pudiera ver el brillo metálico de sus ojos grises.
—Así que escúchame bien, omega —dijo, en voz baja—. No sé quién eres ni de dónde vienes. Pero si le haces daño a Damián, si lo usas, si lo rompes... te buscaré. Y no importará lo especial que sea tu lobo. Te encontraré.
El vínculo vibró en mi pecho. Pero no era mi miedo. Era el de Damián.
Lo sabe, pensé. Sabe que Marcus está aquí. Y no puede venir.
—No quiero hacerle daño —dije, y mi voz sonó extrañamente sincera—. Solo quiero irme.
Marcus me estudió un largo segundo.
—Eso —dijo al fin— es lo único que tenemos en común.
Se giró y se dirigió a la puerta. Pero antes de salir, se detuvo.
—La sopa de anoche —dijo sin mirarme—. La llevó él personalmente. Damián no lleva sopa a nadie. Ni siquiera a mí cuando estuve herido. Recuérdalo.
Salió.
Y yo me quedé allí, con sus palabras dando vueltas en mi cabeza, con el sabor de la sopa aún en la memoria, y con el vínculo latiendo, latiendo, latiendo.
Damián no lleva sopa a nadie.
Pero a mí sí.
Esa tarde, bajé al comedor.
No por hambre. Por necesidad de sentirme menos prisionera. Las piernas aún me temblaban, pero podía sostenerme.
El comedor principal era enorme. Una mesa que podía sentar a veinte personas, candelabros de plata, un cuadro enorme de un lobo negro aullando a la luna.
Damián estaba sentado en la cabecera, leyendo unos papeles. Marcus, de pie detrás de él.
Cuando entré, ambos levantaron la vista.
—Siéntate —dijo Damián, señalando la silla a su derecha.
—Prefiero estar lejos.
—No me importa lo que prefieras.
Suspiré y me senté donde indicaba. La cercanía era incómoda. Su olor, a unos pocos centímetros, era una tentación constante.
Marcus sirvió la comida en silencio. El único sonido era el tintineo de los cubiertos.
Hasta que Damián habló.
—He hablado con Selene.
—¿Selene? —pregunté.
—La omega más anciana de la manada. Vive en el bosque. Sabe más de vínculos que nadie.
—¿Y?
Damián dejó los cubiertos y me miró.
—Quiere verte. Mañana.
—¿Para qué?
—Para entender por qué tu lobo está dormido. Para entender por qué hueles como hueles. Y para decidir si puede ayudarnos.
—¿Ayudarnos a qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Damián sostuvo mi mirada. Y por un instante, el Alfa cruel, el hombre que odiaba a los omegas, pareció simplemente... cansado.
—A vivir con esto —respondió—. O a sobrevivirlo.
El silencio volvió a caer sobre nosotros.
Y en ese silencio, algo cambió.
No fue grande. No fue dramático. Fue pequeño, casi imperceptible.
Damián me miró. Yo lo miré.
Y por primera vez, no sentí odio en el vínculo.
Sentí curiosidad.
Sentí calor.
Sentí, en algún lugar muy profundo, el primer latido de algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar.
—Come —dijo él, apartando la mirada—. Mañana será un día largo.
Obedecí.
Pero mientras comía, no podía dejar de pensar en la sopa de anoche, en las palabras de Marcus, en la forma en que los ojos dorados de Damián se habían suavizado por un instante.
¿Y si no me odia tanto como dice?
¿Y si el problema es exactamente el contrario?