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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una Oportunidad...

...6...

La mañana siguiente amaneció con una promesa de esperanza. Luke se levantó antes del alba, la adrenalina reemplazando el cansancio. Se vistió con la ropa más decente que tenía, un tenue aroma a lavanda aferrándose a las fibras de su camisa gracias al detergente de Sarah. Desayunó frugalmente junto a James, quien le ofreció un aventón hasta el lugar del trabajo, un pequeño gesto que Luke agradeció en silencio.

El camino fue corto, pero suficiente para que Luke sintiera cómo la anticipación crecía en su interior. El sol comenzaba a ascender, pintando de dorado las calles de Los Ángeles, mientras James lo dejaba a unas cuadras del destino, un modesto taller de reparación de bicicletas.

—Suerte, Luke —le dijo James, su voz cargada de aliento—. Tú puedes con esto.

Luke asintió, su mano estrechando la de su amigo con firmeza. Se despidió y emprendió el camino, el corazón latiendo con fuerza en su pecho. El aire fresco de la mañana le llenó los pulmones, infundiéndole una energía renovada.

El taller, ubicado en una calle lateral, era un lugar sencillo pero pintoresco. Bicicletas de todas las formas y tamaños se exhibían frente a la puerta, algunas relucientes y restauradas, otras mostrando las cicatrices del tiempo. Un letrero de madera, pintado a mano, anunciaba “Rodando Contigo”, un nombre que Luke encontró irónicamente apropiado.

Respiró hondo, suavizó sus facciones y entró. El tintineo de una campana sobre la puerta anunció su llegada. Un hombre de mediana edad, con la cara curtida por el sol y las manos manchadas de grasa, lo recibió con una sonrisa amable.

—Buenos días —dijo Luke, su voz clara y segura—. Vengo por el anuncio del periódico.

El hombre asintió, su mirada evaluándolo de arriba abajo.

—Claro, el ayudante. Sí, sí. Lo siento, muchacho. El puesto ya fue ocupado.

El mundo de Luke se detuvo por un segundo. La anticipación se desvaneció, reemplazada por una punzada de decepción. Sintió cómo sus músculos se tensaban, el control que tanto le costaba mantener amenazando con desmoronarse.

—¿Ocupado? —preguntó, la palabra saliendo de su boca con una frialdad que no pudo evitar.

—Así es —respondió el hombre, su tono ahora un poco más cauteloso—. Llegó alguien más temprano. Lo siento, de verdad.

Luke respiró hondo, tratando de calmar la frustración que amenazaba con consumirlo. No valía la pena mostrar enojo. No cambiaría nada.

—Entiendo —dijo, la palabra sonando hueca en sus oídos.

Se dio la vuelta, listo para marcharse. La campana tintineó de nuevo cuando salió, el sonido burlándose de su optimismo. El sol, ahora más alto, quemaba su piel, recordándole la dureza del mundo.

Caminó sin rumbo fijo, las calles de Los Ángeles convirtiéndose en un laberinto de decepción. Las esperanzas se desvanecían con cada paso, dejando un sabor amargo en su boca. La idea de regresar a casa de James con las manos vacías era intolerable. No podía seguir dependiendo de la amabilidad de su amigo.

Después de horas de vagar, Luke se encontró cerca de la casa de James, el agotamiento pesando sobre sus hombros. Se acercó lentamente, preparándose para confesar su fracaso.

Pero el destino, siempre impredecible, tenía otros planes.

Una vieja camioneta Ford F-100 estaba estacionada frente a la casa de James, su pintura descolorida y sus neumáticos desgastados contando la historia de incontables kilómetros. Luke reconoció el vehículo al instante. Era la camioneta de la pareja de ancianos que le habían ofrecido un aventón el día anterior.

Mientras se acercaba, vio al anciano luchando con el capó levantado, el rostro enrojecido por el esfuerzo.

—¿Necesita ayuda? —preguntó Luke, su voz saliendo casi automáticamente.

El anciano se giró, sus ojos iluminándose al reconocerlo.

—¡Muchacho! —exclamó, una sonrisa sincera iluminando su rostro—. ¡Qué bueno verte! Justo necesito una mano con esta chatarra.

—¿Qué ocurre?

—Se negó a arrancar —respondió el anciano, señalando el motor con frustración—. Creo que es el carburador, pero no estoy seguro.

Luke se acercó al motor, sus ojos escaneando las piezas con la precisión de un experto. Sus años en el ejército le habían enseñado a reparar cualquier cosa, desde armas hasta vehículos, en las condiciones más adversas.

—Déjeme echar un vistazo —dijo, su mano ya buscando las herramientas necesarias.

El anciano se hizo a un lado, observando con curiosidad mientras Luke comenzaba a trabajar. Sus movimientos eran rápidos y precisos, cada gesto revelando un profundo conocimiento de la mecánica.

—Sabes lo que haces, muchacho —comentó el anciano, su voz llena de admiración.

—Aprendí algunas cosas en el camino —respondió Luke, concentrado en su tarea.

Después de unos minutos de trabajo, Luke ajustó un par de tornillos y le indicó al anciano que intentara arrancar el motor.

El motor tosió una vez, luego rugió a la vida. El anciano soltó un grito de alegría.

—¡Lo hiciste, muchacho! ¡Lo hiciste! —exclamó, estrechando la mano de Luke con entusiasmo—. No sé cómo agradecerte.

—No es nada —respondió Luke, sintiendo una extraña satisfacción al ver el motor funcionando.

—¡Tonterías! —replicó el anciano—. Necesito recompensarte. ¿Qué te parece si me ayudas a hacerle un buen servicio a esta vieja carcacha? A cambio, te pago por tu tiempo.

Luke lo miró, la oferta tomando por sorpresa. Necesitaba el dinero, eso era innegable. Pero también necesitaba un propósito, algo que lo alejara de la espiral de desesperación en la que se estaba hundiendo.

—Acepto —dijo, la decisión fluyendo con facilidad.

El anciano sonrió, su rostro irradiando gratitud.

—¡Excelente! —exclamó—. Manos a la obra, muchacho. Tenemos mucho que hacer.

Y así, sin buscarlo, Luke encontró una nueva dirección, un nuevo propósito. El destino, jugando sus cartas de manera impredecible, le había ofrecido una oportunidad inesperada. Una oportunidad para volver a empezar, aunque fuera con las manos manchadas de grasa y el sol quemando su piel.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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