Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
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Encuentro
Los secretos en las casas grandes viajan por las paredes.
Ren lo había descubierto en su primera semana en la mansión, casi por accidente. Había encontrado un pasillo de servicio detrás de la biblioteca — uno de esos corredores estrechos y sin ventanas que los arquitectos de casas nobles construían para que los sirvientes pudieran moverse sin ser vistos — y había notado que desde cierto punto de ese corredor se escuchaba, con una claridad que resultaba casi obscena, todo lo que ocurría en el estudio del duque.
No había planeado espiar.
Pero tampoco se había ido.
Fue así como supo del Gremio de la Mano Gris.
El duque lo había mencionado en una conversación con su secretario Devan, con esa indiferencia específica de quien habla de algo que considera un mal necesario. El gremio tiene lo que pedimos. Págales y que no se acerquen más. Devan había respondido algo en voz demasiado baja para escucharlo. Y el duque había dicho, con un tono que Ren archivó cuidadosamente: Dracon sabe demasiado. Eso lo hace útil y peligroso al mismo tiempo. Que siga siendo lo primero.
Ren había permanecido inmóvil en el corredor oscuro durante un momento largo después de que las voces se alejaran.
El gremio tiene información.
El duque lo usa pero lo teme.
Su líder se llama Dracon.
En los recuerdos de Adalyn no había nada sobre este hombre. Adalyn nunca había escuchado ese nombre, nunca había prestado atención a las conversaciones del duque, nunca había tenido razón para hacerlo. Era una de esas brechas entre lo que Adalyn había vivido y lo que Ren podía hacer con esa vida.
Ren tenía razones de sobra.
Tardó cuatro días en localizar al gremio. No porque fuera difícil de encontrar — resultó que en el pueblo había suficientes personas dispuestas a hablar si les hacías la pregunta correcta de la forma correcta — sino porque quería saber exactamente a qué se enfrentaba antes de tocar ninguna puerta.
Lo que descubrió fue esto:
El Gremio de la Mano Gris no era una organización de mercenarios ni de ladrones, aunque probablemente tenía vínculos con ambos mundos. Era algo más preciso y más peligroso: comerciaban con información. Sabían cosas. Las vendían a quien pagara, con la única regla aparente de que nunca vendían la misma información a dos partes que pudieran usarla para destruirse mutuamente al mismo tiempo, porque eso arruinaba el negocio a largo plazo.
Su sede era un edificio de tres plantas en el borde del mercado que de día funcionaba como almacén de telas y de noche era lo que realmente era.
Su líder tenía veintiséis años y una reputación que mezclaba, según a quién le preguntaras, respeto genuino con algo que se parecía bastante al miedo.
Ren lo consideró un buen comienzo.
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—Señorita —dijo Sophia por tercera vez esa mañana, mientras ajustaba la capucha de Ren en el umbral de la puerta lateral del ala este—, todavía creo que esto es una mala idea.
—Lo sé.
—Un gremio de información no es lo mismo que una tienda de armas.
—También lo sé.
—Si el duque descubre que fue—
—Sophia. —Ren la miró con paciencia—. ¿Viste cómo Devan anotó en su cuaderno cuando regresamos la última vez?
Sophia parpadeó.
—¿Lo vio?
—Lo vi en el reflejo de la ventana cuando entramos. —Ren se ajustó ella misma el último botón de la capa—. Lo que significa que el duque probablemente ya sabe que salí. Y si ya lo sabe y no ha dicho nada, es porque por ahora no le importa o porque prefiere observar.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarte. Solo explicarte que la discreción ya no es nuestra principal ventaja. —Hizo una pausa—. Así que también podría usarla para algo útil.
Sophia la miró durante un momento con esa expresión que Ren había aprendido a leer como entiendo lo que dices y no me gusta pero tampoco puedo rebatirlo.
—¿Voy con usted?
—No. —Ren ya caminaba hacia el jardín—. Esta vez voy sola.
El sonido que hizo Sophia detrás de ella fue técnicamente inaudible pero comunicó perfectamente todo lo que pensaba al respecto.
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El edificio de tres plantas en el borde del mercado tenía, efectivamente, el aspecto convincente de un almacén de telas.
Demasiado convincente, pensó Ren. Las telas en el escaparate estaban levemente descoloridas por el sol, lo cual era consistente con llevar tiempo expuestas. Las cajas apiladas junto a la entrada tenían el polvo exacto que tendrían si nadie las hubiera movido en semanas. Era la escenografía de alguien que entendía que los mejores disfraces son los que nadie se molesta en mirar dos veces.
Ren empujó la puerta.
Adentro había un hombre joven sentado detrás de un mostrador, con el aspecto aburrido y auténtico de alguien que lleva horas sin tener nada interesante que hacer. Levantó los ojos cuando entró Ren. Los bajó hacia el libro que tenía. Los volvió a subir.
Se quedó muy quieto.
—Vengo a ver a Dracon —dijo Ren.
El joven la miró con esa cautela específica de quien no está seguro de si lo que tiene enfrente es un problema o una oportunidad.
—No sé de quién habla —dijo.
—Claro que no. —Ren bajó la capucha—. Dígale que la duquesa de ojos rojos quisiera tener una conversación. Si no está disponible, esperaré.
El joven miró su cabello. Sus ojos. Volvió a mirarla a la cara.
Se levantó sin decir nada y desapareció por una puerta trasera.
Ren esperó de pie. No se sentó en el banco que había junto a la pared, no porque no quisiera sino porque sentarse en la silla que alguien te ofrece en territorio ajeno es una forma de decir me pongo cómoda aquí y eso no era el mensaje que quería dar.
Pasaron varios minutos.
Luego se escucharon voces al otro lado de la puerta. Una pertenecía al joven que había salido. La otra era más grave, con ese tipo de irritación controlada de quien ha sido despertado de algo y está decidiendo si vale la pena molestarse.
—¿Cómo que la duquesa? ¿Qué duquesa?
—La del Ducado Prevail, señor. Cabello rojo, ojos rojos. Está aquí abajo.
Silencio breve.
—¿Sola?
—Aparentemente.
Otro silencio. Más largo.
—Dile que suba.
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La escalera que llevaba al segundo piso era más elegante de lo que el exterior del edificio sugería. La madera era buena, el pasamanos estaba pulido por el uso, y en las paredes había mapas enmarcados de distintas regiones del imperio con marcas que Ren habría necesitado más tiempo para descifrar.
Información geográfica, pensó. Rutas, probablemente. Comerciales o de otra clase.
El caballero que la guiaba — un hombre de mediana edad con la postura de alguien entrenado y la expresión de alguien que preferiría estar en otro lugar — la llevó hasta una puerta al final del corredor y llamó con los nudillos.
—Pase —dijo la voz del otro lado.
La habitación era una oficina que también funcionaba como sala de reuniones y, evidentemente, en los últimos tiempos había funcionado como dormitorio. Había una mesa grande cubierta de papeles, dos sofás de cuero oscuro frente a una chimenea encendida, y en uno de los sofás había un hombre que en ese momento estaba sentado con los codos sobre las rodillas y los dedos pasando por su cabello negro con los movimientos de alguien que lleva exactamente el tiempo necesario despierto para estar de pie pero no el suficiente para estar completamente funcional.
Llevaba la camisa entreabierta. El cabello revuelto. Y tenía los ojos más claros que Ren había visto en este mundo — celeste brillante, casi transparente, con la cualidad extraña de la luz sobre el hielo.
La miró.
Ren lo miró.
Por dios, pensó, con la objetividad desapasionada de alguien haciendo un inventario. Este hombre es lo que en mi mundo habría sido portada de revista.
Luego archivó ese pensamiento en la categoría de irrelevante por el momento y mantuvo la expresión neutral.
—Siéntese si quiere —dijo Dracon, señalando el sofá frente a él con un gesto que era más pragmático que hospitalario—. O hable de pie. Me da igual.
—Me siento, gracias.
Se quitó la capa antes de sentarse, la dobló con calma, y la depositó sobre el brazo del sofá. Dracon la observó durante todo el proceso con esa atención evaluadora de quien tiene el hábito profesional de leer a las personas y no siempre puede apagarlo.
Sus ojos se detuvieron un instante en el vientre de Ren.
No dijo nada.
Ren tampoco.
—Tiene valor —dijo Dracon finalmente, recostándose contra el respaldo con los brazos cruzados —. Venir aquí sola. Sin avisar.
—Aviso habría dado tiempo a preparar una respuesta —dijo Ren—. Prefiero las conversaciones sin ensayo previo. Se aprende más.
Una pausa.
Algo cruzó el rostro de Dracon. No fue exactamente una sonrisa, pero tampoco fue su ausencia.
—¿Qué quiere la duquesa de ojos rojos del Gremio de la Mano Gris?
—Información —dijo Ren sin rodeos—. Sobre lo que el duque y el emperador están haciendo actualmente. Sus movimientos, sus planes, sus alianzas. Quién se está acercando a quién y por qué.
Dracon la miró durante un momento.
—Eso es mucho pedir.
—Tengo con qué pagar.
—No lo dudo. —Sus ojos celestes no se movieron de su cara—. La pregunta más interesante no es si puede pagar. Es por qué quiere esa información.
—Para protegerme.
—¿De su esposo?
—De todo lo que representa mi esposo.
Silencio.
Dracon descruzó los brazos y se inclinó levemente hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, en la misma posición en que estaba cuando Ren entró. De cerca era todavía más difícil ignorar que era atractivo, cosa que Ren consideró levemente inconveniente desde un punto de vista estrictamente práctico.
—Tengo una pregunta primero —dijo Dracon.
—Adelante.
—La señora Adalyn que yo conozco — la que existía hace un mes — no habría entrado sola a este edificio ni bajo tortura. —Hizo una pausa—. ¿Qué le pasó?
Era una pregunta inteligente. Peligrosamente inteligente. Ren la miró con atención renovada.
Este hombre nota las cosas, registró. Eso lo hace valioso. Y complicado.
—Cambié de perspectiva —dijo.
—¿En un mes?
—A veces pasan cosas que cambian la perspectiva muy rápido.
Dracon la estudió. Sus ojos celestes recorrían su cara con la metodología paciente de alguien buscando algo específico. Ren no bajó la vista. No ajustó su expresión. Le devolvió la mirada con la misma calma con que había aprendido a devolver la mirada a los jueces de competencia cuando esperaban verla intimidada.
Finalmente Dracon dijo:
—Está embarazada.
—Sí.
—Del duque.
—Sí.
—Y viene a pedirme información sobre el duque y el emperador.
—Sí.
—Sabiendo que yo podría venderle esa información al duque también.
—Podría —dijo Ren—. Pero no lo haría.
—¿Por qué está tan segura?
—Porque si hubiera querido hacerlo, ya lo habría hecho. —Hizo una pausa—. Me imagino que sabe del embarazo desde hace tiempo. Y el duque no ha cambiado nada en su actitud hacia mí desde entonces. Así que o no le informó, o le informó y al duque no le importó.
Dracon la miró.
Ren sostuvo la mirada.
—Si le hubiera informado al duque —continuó—, yo no estaría aquí porque él ya habría tomado medidas. Así que no lo hizo. Lo que significa que tiene sus propias razones para guardar ciertas cosas.
Silencio largo.
Y luego Dracon hizo algo que Ren no esperaba.
Se rió.
No fue una risa larga ni particularmente expresiva. Fue breve, casi en voz baja, con la calidad genuina de alguien que raramente se sorprende y aprecia cuando ocurre.
—Bien —dijo.
Solo eso.
—¿Bien? —repitió Ren.
—Bien que razone así. —Se puso de pie y caminó hacia la mesa, donde comenzó a revisar algunos papeles con movimientos que eran demasiado ordenados para ser casual—. Trabajar con alguien que piensa es considerablemente más interesante que lo contrario.
Ren lo observó desde el sofá.
—¿Eso significa que acepta?
—Significa que estoy considerándolo. —Encontró el papel que buscaba y lo dejó sobre la mesa sin mirarlo todavía—. Tengo una condición.
—Escucho.
—La información que le doy no la usa para tomar decisiones que pongan al gremio en riesgo directo sin avisarme antes. No trabajo para nadie que use mis recursos como escudo.
—Entendido.
—Y si en algún momento decide que no me necesita o que prefiere trabajar con alguien más, me lo dice. No desaparece simplemente.
—Trato justo.
Dracon la miró desde la mesa.
—Una pregunta más.
—¿Cuál?
—El bebé. —Sus ojos bajaron brevemente al vientre de Ren y volvieron a su cara—. ¿Sabe lo que dicen de él?
Ren no cambió su expresión.
—Que será la ruina del emperador. —Una pausa—. Lo escuché en el mercado.
—No es solo un rumor del mercado. —Dracon volvió a sentarse, esta vez con esa postura de alguien que ha decidido hablar en serio—. Lo dicen los adivinos del templo del norte desde hace casi un año. Lo dice un texto antiguo que el emperador lleva meses intentando que desaparezca de todas las bibliotecas del imperio. —Hizo una pausa—. El emperador ya sabe del embarazo, señora Adalyn.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores.
Ren sintió algo frío asentarse en algún lugar de su pecho. No miedo exactamente. Algo más parecido a la claridad repentina de quien acaba de entender que el problema es más urgente de lo que creía.
—¿Desde cuándo? —dijo.
—Desde hace dos semanas.
Dos semanas. Antes de que el médico se lo dijera a ella.
—¿Y no ha tomado medidas todavía?
—Ha tomado una. —Dracon la miró directamente—. Quiere verla en el baile del príncipe heredero. Ver con sus propios ojos a la mujer cuyo hijo, según todos los textos que no ha podido destruir, tiene el destino de destruirlo.
Ren procesó eso.
El emperador quiere conocerme, había dicho el duque en el desayuno, con su tono de siempre, como si fuera un asunto de protocolo. Como si fuera una formalidad.
No era una formalidad.
Era una evaluación.
—Gracias —dijo Ren.
Se puso de pie. Recogió la capa.
—¿Se va ya? —dijo Dracon.
—Por ahora. —Se puso la capa con movimientos calmados—. Volveré en dos días con el primer pago. ¿Prefiere oro o prefiere otro tipo de moneda?
Dracon la miró con esa expresión que Ren ya empezaba a reconocer en él: la de alguien que está recalibrando su evaluación inicial.
—Oro está bien —dijo.
—Perfecto.
Caminó hacia la puerta. Antes de abrirla se giró levemente.
—Una cosa más —dijo—. Lo que me contó sobre el emperador y los textos. ¿Esa información se la ha dado a alguien más?
Dracon tardó un segundo antes de responder.
—No.
Ren lo miró un momento.
—Bien. Entonces cuídela. —Hizo una pausa—. Vale más de lo que cree.
Y salió.
......................
Afuera el aire frío del mediodía la recibió con una claridad que Ren agradeció.
Caminó despacio, con la capucha puesta, por las calles adoquinadas de vuelta hacia la mansión. Su mente trabajaba en silencio, ordenando lo que acababa de saber, colocando cada pieza en el lugar que le correspondía.
El emperador ya sabía del bebé.
El baile no era un acto de protocolo. Era una inspección.
Y el duque — su esposo, el hombre que la había ignorado durante semanas, que la había tratado como un trámite — llevaba ese hijo al palacio sabiendo, o al menos sospechando, lo que el emperador pensaba hacer con esa información.
¿Lo sabía el duque? ¿Sabía lo que significaba ese bebé?
¿Y si lo sabía, de qué lado estaba?
Ren no tenía respuesta todavía.
Pero tenía algo mejor que una respuesta.
Tenía la pregunta correcta.
Y las preguntas correctas, pensó mientras giraba hacia el camino de la mansión, siempre valen más que las respuestas equivocadas.
......................
Esa tarde, sentada en la silla junto a la ventana de su habitación mientras Sophia le leía en voz alta el primer documento de sus deberes como duquesa, Ren puso una mano sobre su vientre.
Apenas. Un gesto pequeño y sin testigos.
El emperador ya la conocía sin haberla visto. Ya había decidido que su hijo era un problema.
Que lo piense, pensó Ren.
Por ahora, es mejor así.
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor