Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 22.
Julieta.♥️
Hoy se cumple un mes y dos semanas de estar viviendo viviendo en esta casa.
La casa de Cristóbal. La casa de Jessica. La casa que ahora también ellos han hecho sentir como mía.
Por un lado, me siento cómoda, no me falta nada: tengo una amplia habitación para mí, una rutina estable, las comidas siempre listas y hasta un espacio tranquilo para estudiar. Pero hay momentos en los que extraño a mi mamá con una punzada en el pecho. Aunque hablamos seguido por teléfono, no es lo mismo que tenerla cerca, abrazarla, sentir ese olor a café que siempre la acompaña, pero ella sigue de terca y ciega con Ramón.
Y al mismo tiempo, cada día se me hace más difícil ocultar lo que siento por Cristóbal.
Cuando estamos los tres en la mesa, compartiendo la cena, no puedo evitar cruzar miradas con él. Son rápidas, furtivas, pero tan intensas que me queman. Sé que Jessica puede notarlo, sé que puede sospechar, pero hasta ahora hemos logrado disimular. Ninguno de los dos quiere herirla. Ninguno quiere traicionarla… aunque en el fondo ya lo estamos haciendo.
Antes solíamos vernos en secreto fuera de la casa: en ese apartamento suyo —propiedad que forma parte de sus negocios inmobiliarios— o en hoteles escondidos. Pero ahora nada basta. La convivencia lo cambia todo. Basta un pasillo vacío, un rincón en la cocina, una excusa para quedarnos solos y nos buscamos con desesperación. A veces me cuelo en su habitación en plena madrugada. No siempre hay sexo, a veces solo nos abrazamos y nos besamos como si quisiéramos detener el tiempo. Cristóbal es consentidor, dulce cuando quiere, fogoso cuando me provoca. Y yo… yo estoy perdida en él.
...
Una tarde, Jessica me sorprende con una pregunta.
—¿Y todavía te sigues viendo con ese hombre que conociste en la discoteca? —me suelta de la nada, mientras revisamos bocetos para una de las clases de diseño.
Me late el corazón tan fuerte que temo que lo escuche.
—Sí… —respondo fingiendo tranquilidad—. A veces hablamos, nos vemos poco, pero sí.
Ella sonríe curiosa, se apoya en el codo y me mira de reojo.
—¿Y qué? ¿Te gusta de verdad?
Me obligo a sonreír, jugando con mi lápiz.
—Demasiado. —Mi voz tiembla apenas—. Me hace sentir cosas que… que no había sentido antes.
Jessica suspira emocionada, como si compartiéramos un secreto adolescente.
—Qué lindo, Juli. Yo también siento que cada día me conecto más con el chico con el que chateo. No lo conozco en persona todavía, pero hablamos de todo. Siento que me entiende.
Me río nerviosa, aunque por dentro me desangro. Ella me cuenta de un extraño, yo de su padre. Y ninguna imagina la verdad de la otra.
...
Esa noche cenamos los tres juntos. La mesa está iluminada por una lámpara cálida que cae sobre el centro, y el olor de la pasta casera que prepararon para hoy todavía flota en el aire. Yo juego con mi tenedor, Cristóbal está serio revisando algo en el celular, y Jessica rompe el silencio con una bomba.
—Papá —dice de pronto, con esa voz traviesa que usa cuando planea algo—. Te hice un perfil en una app de citas.
Cristóbal casi se atraganta con el vino. Yo también, aunque logro disimular con un trago de agua.
—¿¡Qué hiciste qué!? —pregunta él, entre sorprendido y molesto.
Jessica se ríe a carcajadas.
—Sí, papá, ya sé que no te gustan esas cosas, pero lo hice igual. ¿Sabes cuántas mujeres se interesaron en ti en solo dos días?
Yo lo observo en silencio, intentando no mostrar la tensión que me recorre entera.
—Jessica, no tenías por qué… —responde Cristóbal, frotándose la frente.
—¡Claro que sí! —insiste ella, sacando el celular y mostrándoselo—. Mira, son mujeres de tu edad, algunas más jóvenes, otras mayores, todas guapas, todas interesadas. Ya es hora de que dejes de estar solo, ¿no? Te mereces ser feliz, papá. Que ames, que te amen.
Lo dice con tanta convicción que siento un nudo en la garganta. No sabe lo que está pidiendo.
—Mira esta —Jessica desliza la pantalla frente a él—. ¿A poco no está linda?
Cristóbal apenas le da un vistazo y toma aire.
—Sí… supongo que sí, es atractiva.
Jessica sonríe satisfecha.
—¿Y esta? Mírala, tiene hasta tus mismos gustos, viaja, le gusta el vino, la música clásica… ¿Qué tal?
Cristóbal suelta una carcajada nerviosa y mueve la cabeza.
—Jess, de verdad, no necesito esto. Estoy bien como estoy.
Yo aprieto fuerte el tenedor, observando de reojo cómo Jessica lo acorrala con cada perfil que enseña. Me pregunto si se nota mi incomodidad, si mi mirada lo delata.
—Papá, en serio. Yo no quiero verte solo el resto de tu vida. Quiero verte con alguien que te cuide, que te haga reír.
Cristóbal se queda mirándola en silencio. Sus ojos, por un segundo, se desvían hacia mí. Es apenas un instante, pero lo siento como un choque eléctrico.
—Ya veremos, Jessica… —responde finalmente con calma, apartando el celular.
Jessica hace un puchero, pero deja el tema por esa noche.
Yo, en cambio, no dejo de pensar en cómo casi se nos escapa todo. Porque si él no muestra interés en esas mujeres, es porque su deseo y su corazón ya están puestos en otra persona.
En mí.
Y cada vez es más difícil ocultarlo.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.