«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 14: La furia del Emperador de Hielo
La risa arrogante de Gavin Vance se ahogó abruptamente en su garganta. Antes de que sus labios pudieran rozar la piel de Dayana, una ráfaga de aire gélido pareció congelar el pasillo VIP. La silueta que aguardaba en la penumbra dio un paso al frente, y la luz dorada de las lámparas reveló unas facciones esculpidas en piedra, dominadas por unos ojos grises que ya no eran de hielo, sino una tormenta de furia negra y destructiva.
Nolan Cross
Nolan no gritó. No hizo una escena vulgar. Avanzó con la velocidad y la gracia letal de un depredador Alfa. Antes de que Vance pudiera reaccionar, la mano de Nolan se estrelló contra el hombro del rival, y con un solo movimiento desprovisto de todo esfuerzo aparente, lo arrancó de encima de Dayana. La fuerza del empujón fue tal que el cuerpo de Vance salió despedido hacia atrás, impactando contra la pared opuesta y cayendo de rodillas sobre la alfombra de terciopelo.
Dayana se deslizó contra el espejo, respirando entrecortadamente. Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Nunca, en los pocos días que llevaba de conocerlo, había visto a Nolan perder su máscara de absoluta indiferencia. El hombre que estaba frente a ella en ese momento era aterrador.
Nolan se interpuso entre Vance y Dayana. Se ajustó lentamente los puños del esmoquin, mirando al hombre en el suelo con un desprecio tan absoluto que parecía reducirlo a cenizas.
—Vance —la voz de Nolan fue un barítono bajo, denso y cargado de una vibración asesina— Creíste que porque comparto el mismo aire contigo en los comités financieros, eres un hombre inmune. Creíste que por heredar los peones moribundos de Richard Harrison, tenías el derecho de mirar lo que me pertenece.
Gavin Vance, recomponiéndose a duras penas y limpiándose un hilo de saliva de la comisura de los labios, intentó sostener la mirada, aunque sus manos temblaban de forma evidente. El alcohol en su sangre se había evaporado por completo ante la adrenalina del terror.
—Cross... fue un malentendido —consiguió articular Vance, su arrogancia desmoronándose— Solo estábamos... hablando. Ella es la hija de Logan, no tienes por qué ponerte así por una maldita farsa...
—¿Hablando? —Nolan dio un paso hacia el frente, inclinándose ligeramente sobre él. La sombra del magnate cubrió por completo al rival— Has cometido el peor error de tu patética vida. No solo has insultado mi apellido ante la alta sociedad, sino que has osado poner tus sucias manos sobre mi esposa. Y en mi mundo, Vance, quien toca lo que es mío, deja de existir.
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Nolan sacó su teléfono del bolsillo interior del saco con una calma espeluznante. Marcó un solo dígito de marcado rápido. Al otro lado de la línea, la voz de Sebastián respondió al primer timbrazo.
—Sebastián —ordenó Nolan, sus ojos grises fijos en el rostro pálido de Vance— Ejecuta la orden de demolición contra Vance Global. Corta todas sus líneas de crédito con el consorcio suizo de inmediato. Lanza al mercado todas las acciones de corto plazo que poseemos de su firma. Quiero que sus bonos se conviertan en basura y que su empresa se declare en quiebra técnica antes del amanecer. No me importa el costo. Borra su maldito apellido de la bolsa de valores de Londres antes de que abra el mercado.
—Señor... ¡no puedes hacer eso! ¡Eso es un suicidio financiero para ambos! —gritó Vance, arrastrándose hacia atrás, con los ojos desorbitados por el pánico. Sabía perfectamente que Cross Enterprises tenía el capital suficiente para absorber una pérdida millonaria con tal de aniquilarlo.
—Puedo, y lo estoy haciendo —sentenció Nolan con una sonrisa gélida y despiadada— Seguridad se encargará de sacarte por la puerta trasera como la basura que eres. Si vuelvo a ver tu rostro a menos de un kilómetro de mi esposa, la bolsa de valores será el menor de tus problemas.
Dos guardias de seguridad de la corporación Cross, de complexión imponente, aparecieron en el pasillo como salidos de la nada. Sin decir una sola palabra, levantaron a Vance del suelo por los brazos y lo arrastraron pasillo abajo mientras el hombre suplicaba y maldecía en un eco agonizante que terminó por desaparecer al cerrarse las puertas pesadas.
El pasillo VIP recuperó su silencio sepulcral.
Dayana seguía apoyada contra el espejo, con las muñecas enrojecidas por el agarre anterior de Vance. Miró a Nolan, esperando que el magnate se girara y recuperara su habitual tono corporativo, que le preguntara si el contrato público estaba a salvo o si la prensa había visto algo.
Pero lo que sucedió a continuación la dejó completamente paralizada.
Nolan se giró hacia ella con brusquedad. Sus pasos largos redujeron la distancia entre ambos en un segundo. Con un movimiento rápido y posesivo, atrapó las manos de Dayana, levantándolas a la altura de la luz para inspeccionar las marcas rojas que Vance le había dejado en las muñecas. La respiración de Nolan era errática, pesada; sus fosas nasales se dilataban y una vena latía con fuerza en su sien.
El Emperador de Hielo estaba temblando, pero no de miedo, sino de una furia posesiva y salvaje que desbordaba los límites de cualquier acuerdo legal.
—¿Te hizo algo más? —preguntó Nolan, su voz áspera, casi ronca, desprovista de toda cortesía. Sus manos, aún enguantadas, apretaron las de ella con una firmeza que rozaba el dolor— ¡Responde, Dayana! ¿Te tocó en alguna otra parte?
—No... no, Nolan. Llegaste a tiempo —consiguió decir ella, su voz temblando.
Dayana lo observó con una mezcla de asombro y confusión. Había una intensidad devoradora en la mirada de Nolan, algo oscuro, territorial y profundamente irracional. Esto no era la reacción de un socio preocupado por las acciones de la empresa o por un titular en los periódicos del día siguiente. Eran celos. Celos puros, salvajes y posesivos de un hombre que veía su propiedad más preciada amenazada por otro. Y eso, viniendo de un hombre que juraba no tener corazón, la asustaba más que las amenazas de su ex.
Nolan soltó sus muñecas de golpe, como si el contacto físico lo quemara. Dio media vuelta, recuperando el control de su cuerpo con un esfuerzo sobrehumano.
—Nos vamos de aquí. Ahora mismo —sentenció, sin mirarla— Sebastián ya tiene el auto abajo.
El trayecto de regreso a la mansión fue un tormento de silencio. Las luces de neón de la ciudad se reflejaban en los cristales tintados de la limusina blindada, cortando la penumbra del habitáculo en ráfagas intermitentes. El espacio cerrado de los asientos traseros se sentía extrañamente pequeño, asfixiante.
Nolan permanecía sentado a su lado, con la mirada fija en la ventanilla, pero su cuerpo emanaba una tensión tan densa que se podía cortar con un cuchillo. No había vuelto a pronunciar una sola palabra desde que abandonaron la gala.
Dayana miraba de reojo la alianza de platino en el dedo de Nolan. Intentaba buscar una lógica comercial a lo que había presenciado en el pasillo VIP. "Lo hizo por el apellido", se repetía a sí misma internamente. "Si Vance me tocaba, la reputación de los Cross caía". Pero la fijeza asesina de sus ojos grises y la forma en que había exigido saber si la habían tocado contradecían cualquier explicación fría.
Incapaz de soportar más la presión del silencio, Dayana rompió la tregua.
—Nolan... lo de la gala... no tienes por qué haber destruido a Vance Global de esa manera. Las acciones de la fusión van a sufrir un impacto innecesario por un asunto que pudimos manejar discretamente con seguridad. No era necesario llegar a ese extremo por mí.
Al escuchar sus palabras, Nolan se congeló.
Lentamente, el magnate desvió la mirada de la ventanilla y la fijó en ella. Sus ojos grises brillaban en la oscuridad del auto con una peligrosidad renovada. Sin previo aviso, Nolan se movió con la rapidez de un rayo.
De regreso en el auto, la tensión en el espacio cerrado es máxima. Nolan se inclinó hacia adelante, acorralándola bruscamente contra el respaldo de cuero del asiento, invadiendo su espacio personal hasta el punto en que Dayana pudo sentir el calor sofocante de su respiración contra sus labios. Apoyó una de sus manos pesadas justo al lado de la cabeza de ella, atrapándola por completo en una red invisible de posesividad y peligro.
—¿Por ti? —susurró Nolan, su voz bajando a un tono tan profundo y cortante que hizo que el corazón de Dayana diera un vuelco— ¿De verdad sigues pensando que esto se trata de un simple papel o de unas cuantas acciones en la bolsa de valores, Dayana? Te advertí que no cruzaras mi línea personal... pero estás empezando a hacerme olvidar mis propias reglas.
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