Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 14
...HENRRY...
Pasaron el martes y el miércoles en una tregua ridícula.
Yo pasaba por la biblioteca "por casualidad" a revisar unos papeles inexistentes, y ella simplemente me ignoraba con una maestría que ya debería incluir en su currículum.
Hasta que llegó el maldito jueves por la noche.
Afuera caía el diluvio del siglo. El cielo de la ciudad parecía haberse roto y el tráfico era un estacionamiento gigante de lámina y limpia-brisas.
Yo estaba en mi oficina, terminando de revisar unos contratos de fusión —porque sí, aunque sea un inmaduro según esa profesora, sigo siendo el que mueve los números aquí—, cuando mi teléfono empezó a sonar.
Carlos.
—Dime, hermano. Espero que sea para decirme que compraste un yate, porque el tráfico está para salir nadando —solté, recostándome en mi silla de cuero.
—Henrry, por favor, no me vayas a colgar —la voz de Carlos sonaba ahogada, y de fondo se escuchaba un ruido ensordecedor de agua golpeando contra tejas de zinc—. Estoy varado. El carro me sacó la mano en una avenida cerca del barrio de María. Ella está conmigo, pero el agua ya está subiendo y ninguna grúa quiere venir hasta acá por la tormenta.
Puse los ojos en blanco, masajeándome el puente de la nariz.
—A ver si entendí, genio. Tienes tres autos deportivos, un conductor privado, ¿y estás atrapado en los suburbios porque se te inundó el motor? Te dije que el amor te iba a salir caro, Carlos.
—Ya sé, ya sé, humíllame todo lo que quieras mañana. Pero necesito que me recojas en tu camioneta. La Range Rover pasa por cualquier charco. Hazlo por mí, hermano. Te paso la ubicación.
Cortó.
Miré la pantalla con incredulidad.
¿Yo? ¿Entrando a los suburbios residenciales un jueves por la noche bajo un diluvio apocalíptico?
Dios le da sus peores batallas a sus guerreros más finos.
Quince minutos después, estaba al volante de mi tanque de guerra británico, sorteando ríos de agua sucia y esquivando motociclistas suicidas.
El GPS me iba adentrando cada vez más en la zona norte, esa que mi papá me había prohibido pisar hacía dos semanas. El paisaje pasó de edificios de cristal a casas de dos pisos pegadas las unas a las otras y tiendas de barrio con letreros de neón parpadeantes.
Llegué a la dichosa ubicación. Carlos y María estaban refugiados bajo el techo de una panadería cerrada, abrazados como si estuvieran en el Titanic.
Carlos abrió la puerta trasera de la camioneta y ambos subieron corriendo, empapados y oliendo a lluvia.
—Eres el mejor, Henrry —dijo Carlos, escurriendo su chaqueta de diseñador sobre mi tapicería de cuero de setecientos dólares.
—Hola, Henrry. Gracias por venir —saludó María, temblando un poco.
—No hay de qué, María. Todo sea por salvar a Romeo de morir ahogado en la periferia —respondí, metiendo primera para salir de ese laberinto.
Iba manejando despacio por la calle principal del barrio, esquivando los huecos llenos de agua, cuando las luces altas de la camioneta iluminaron una silueta que reconocería a kilómetros de distancia.
Un momento... ¿esa es Vega? ¿Qué hace esta loca afuera con este clima?
Aitana estaba parada debajo del toldo de plástico de una farmacia que ya estaba bajando sus rejas de metal. No llevaba su uniforme de guerra gris; vestía unos jeans ajustados, unos tenis que ya debían ser esponjas de agua y una chaqueta impermeable que claramente no estaba haciendo su trabajo.
Tenía el cabello pegado a la cara y sostenía una bolsa plástica pequeña contra su pecho como si fuera un tesoro.
—¡Es Aitana! —gritó María desde el asiento de atrás, pegando la cara al vidrio—. ¡Henrry, frena! ¡Es mi amiga!
—Ya la vi, María, no estoy ciego —refunfuñé, deteniendo la camioneta justo frente a la farmacia.
Por el retrovisor, vi que Aitana miró la camioneta con sospecha. Cuando bajé el vidrio del copiloto, la luz interior la iluminó. Tenía las mejillas Rojas por el frío y los labios partidos, pero cuando vio mi cara, su expresión pasó de la sorpresa al fastidio absoluto en un milisegundo.
De nada, ¿eh? El universo te manda una camioneta de lujo en medio del diluvio universal y me miras como si fuera cobrador de impuestos.
—¡Aitana, súbete! —le gritó María, estirándose desde atrás—. ¿Qué haces aquí afuera con esta tormenta?
—Fui a conseguir las pastillas de la presión para mi mamá, la farmacia de la vuelta no tenía —gritó Aitana, intentando competir con el ruido del agua—. Pero no se preocupen, ya pedí un taxi por la aplicación.
—Vega, por el amor de Dios, no va a llegar ningún taxi a este lugar a menos que el conductor sea un buzo —le solté, inclinándome sobre el asiento del copiloto con mi mejor sonrisa sarcástica—. Súbete al maldito carro antes de que tu bolso de imitación se deshaga con el agua. Mi tapicería ya está arruinada de todas formas por culpa de Carlos.
Aitana miró hacia la calle oscura, luego miró su teléfono —que probablemente ya no tenía batería— y finalmente me clavó una mirada asesina.
Sabía que no tenía opción. Caminó hacia la puerta del copiloto, la abrió y se subió, trayendo consigo una ráfaga de aire helado.
Cerró la puerta de un golpe. Se acomodó en el asiento de cuero, abrazando su bolsita de la farmacia, y se giró lentamente hacia mí. El espacio de la camioneta de repente se sintió ridículamente pequeño.
—Buenas noches, Henrry —dijo, con la voz temblando un poco por el frío, pero manteniendo esa maldita dignidad intacta—. Gracias por el aventón. Intente no chocar contra un poste mientras me odia en silencio.
—De nada, Vega. Siempre es un placer hacer de transporte público para el personal de la casa —le devolví el golpe, arrancando el vehículo con suavidad—. Por cierto, el único peligro de chocar aquí adentro es que me distraiga tu exceso de gratitud.
Ella soltó una especie de bufido despectivo, pero no me respondió. Se pegó a la puerta, intentando dejar la mayor distancia posible entre su cuerpo y el mío y clavó los ojos en la ventana, viendo cómo las gotas corrían como locas por el vidrio.
Por el retrovisor vi que Carlos y María se hablaban con señas. Obviamente, el ambiente adentro del auto estaba más tenso que una cuerda de violín.
—Déjanos en la esquina, Henrry —pidió María cinco minutos después—. Mi casa es la de la reja blanca, pero la calle está muy estrecha para tu camioneta. Aitana vive a dos cuadras de ahí, en la casa de la esquina con el porche de plantas.
—Hecho —asentí, deteniendo el vehículo donde me indicaron.
Carlos y María se bajaron corriendo entre risas, tapándose con una sola chaqueta.
Solo quedábamos Aitana y yo.
Avancé las dos cuadras a paso de tortuga. De reojo, la miré. Estaba hecha un desastre comparada con la versión impecable que iba a mi casa: el cabello oscuro goteaba sobre sus hombros, no llevaba rastro de maquillaje y tenía los dedos aferrados a la bolsita de la farmacia con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos. Se estaba frotando los brazos disimuladamente, tiritando.
Estiré la mano, busqué el botón en la consola central y encendí la calefacción del asiento del copiloto al máximo. Luego, agarré mi chaqueta de lana italiana que estaba en el asiento de atrás y se la tiré en las piernas sin mirarla.
—Póntela. No quiero que mañana me salgas con la excusa de que tienes fiebre para no darle la tutoría a Mía —solté, usando mi tono más seco para camuflar el gesto.
Aitana miró la chaqueta como si fuera un artefacto alienígena. Luego me miró a mí. Por primera vez en dos semanas, no había pereza ni burla en sus ojos.
Había una extraña sorpresa.
Se colocó la chaqueta sobre los hombros; le quedaba gigantesca, haciéndola ver extrañamente pequeña y vulnerable.
—Gracias —murmuró—. Mi mamá se puso muy mal en la tarde. Le dio una crisis y el distribuidor médico no entregó los medicamentos hoy. Me asusté.
—Sé lo que es eso —dije, bajando la velocidad al ver un río de agua que cruzaba la calle—. Mía tenía crisis de asma cuando era más pequeña. Mi papá siempre estaba de viaje de negocios y yo me pasaba las noches en vela en el hospital, rogándole a los médicos que hicieran algo mientras cargaba con una maleta de la universidad. Sé lo que se siente tener la vida de alguien que amas en tus manos y sentir que no puedes hacer nada.
Aitana se me quedó mirando. Sentí su mirada fija en mi perfil, analizándome.
El ambiente en la camioneta cambió por completo.
—No pensé que supieras lo que es cuidar de alguien, Montenegro —dijo en un hilo de voz, y juro que una pequeña sonrisa, casi dulce, se asomó en sus labios.
Y ahí, justo ahí, mi maldito ego decidió despertar de su siesta y arruinarlo todo.
—Bueno, la diferencia es que yo tenía una suite privada en la clínica angloamericana con tres especialistas a mi disposición, Vega —solté con una risa, creyéndome el tipo más ingenioso del mundo—. No me tocó salir a buscar pastillas a pie bajo un diluvio en una farmacia que parece un depósito de abarrotes.
La sonrisa de Aitana se borró al instante. Su rostro se congeló, volviendo a ser la máscara de piedra que tanto odiaba.
El progreso se fue directo al caño en un segundo.
Idiota. Eres un completo idiota, Henrry.
—Frena aquí —dijo ella, con una voz que regresó a los cero grados Kelvin.
Miré hacia el frente. Estábamos exactamente frente a la casa de la esquina. El porche de plantas estaba iluminado por una luz amarilla y una señora —que miraba disimuladamente desde la ventana de al lado.
Aitana se quitó mi chaqueta con molestia y la dejó caer en el asiento. Agarró su bolsa de pastillas y abrió la puerta de la camioneta, dejando que el frío de la tormenta nos golpeara la cara.
Antes de bajarse, se giró y me clavó una mirada que me dejó frío.
—Se me olvidaba que los hombres como tú carecen de empatía, solo tienen chequeras —escutió, con un desprecio tan crudo que me dolió el pecho—. Muchas gracias por traerme.
Se bajó de la camioneta de un salto y azotó la puerta con una fuerza que hizo vibrar los vidrios.
La vi caminar bajo la lluvia, con la espalda recta, sin correr, hasta entrar a su casa y cerrar la puerta.
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