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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 13: LA VISITA QUE ROMPIÓ LA CALMA
El timbre sonó por tercera vez, fuerte, insistente y cortante, como un golpe seco directo al pecho. El eco recorrió cada rincón de la casa y rompió de golpe la dulzura que habíamos construido durante toda la tarde. Dante se puso de pie de un solo movimiento, todo su cuerpo se tensó al instante como el de un depredador que percibe peligro, y el aroma cálido y suave de alfa que siempre me calmaba se volvió denso, pesado y protector, llenando la habitación entera en menos de un segundo. Dio dos pasos rápidos hasta mí, me ayudó a levantarme con muchísimo cuidado de no lastimar mi vientre —todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento, redondo, firme y pesado bajo la ropa— y me empujó con suavidad pero con firmeza hacia el rincón más alejado de la puerta, donde Mia ya estaba encogida sobre sí misma, temblando levemente y abrazando con todas sus fuerzas su osito de peluche viejo.
Ella es MI HERMANA MENOR, solo ocho años, pequeña, delgada, de piel extremadamente pálida que delata sin disimulo la debilidad de su corazón desde que nació, cabello oscuro y lacio y unos grandes ojos negros idénticos a los míos. Desde que murieron nuestros padres siendo yo todavía muy niño, mi única razón para respirar, para luchar y para aguantar todo ha sido protegerla a ella, mantenerla a salvo, caliente y viva. Ahora la atraje contra mi costado con el brazo, sin apretar, acariciando su cabello con la mano libre y susurrándole muy bajito al oído que todo estaría bien, aunque mi propio corazón golpeaba con fuerza desordenada contra las costillas.
—Quédate aquí, los dos —ordenó Dante en voz muy baja, grave y autoritaria, la que solo usa cuando algo realmente lo amenaza. Se inclinó un instante para besarme la frente con fuerza y luego rozó con la palma abierta mi barriga, como si también le estuviera dando una orden de protección al bebé que llevo dentro—. No salís, no habláis, no hacéis ruido hasta que yo os lo diga. Pase lo que pase.
Caminó hasta el pasillo con pasos largos y pesados, y yo escuché el chasquido metálico de la cerradura al quitar el seguro. La puerta se abrió de par en par, y una voz femenina, fría, cortante, educada pero cargada de desprecio y autoridad, llenó la entrada de inmediato, sin necesidad de gritar para que se oyera en toda la planta baja.
—Dante Valente. Por fin. Creí que tendrías que derribar la puerta yo misma para que me abrieras. ¿Cuánto tiempo más pensabas seguir escondiéndote como un cobarde, sin dar la cara ante nadie?
No hacía falta verla para saber quién era. Era VICTORIA VALENTE, su madre. La mujer más temida y respetada de la alta sociedad, la que construyó el imperio empresarial con mano de hierro, la que siempre le enseñó a Dante que el amor es una debilidad, que los sentimientos estorban y que solo el poder y el apellido valen la pena. La misma mujer de la que él siempre habló con respeto, pero también con un miedo contenido y una distancia que nunca logró cerrar.
—Madre —respondió él, y su voz sonó igual de gélida, igual de imponente, sin ceder ni un milímetro—. No te invité. No eres bienvenida. Y menos sin avisar y llamando a la puerta como si fueras a allanar la casa. ¿Qué haces aquí?
Ella soltó una risa seca, breve y sin alegría alguna, y escuchamos el sonido de sus tacones altos golpeando el suelo de mármol con ritmo lento y decidido, avanzando hacia adentro sin pedir permiso, seguida de otros pasos más, más de uno. Mi sangre se heló en las venas: había venido acompañada, tal como él había temido.
—¿Bienvenida? —repitió ella, mientras su voz se acercaba peligrosamente al pasillo donde estábamos—. Soy tu madre. Esta propiedad está a nombre del grupo familiar, yo tengo derecho a entrar cuando quiera y a saber con quién andas metido, qué haces, por qué has desaparecido de todas las juntas, de todos los eventos, por qué has abandonado tus obligaciones durante semanas enteras sin dar ninguna explicación. He oído rumores, Dante. Rumores muy feos. Dicen que ocultas a alguien. Dicen que has perdido la cabeza por un omega desconocido, que te has vuelto blando, que ya no sirves para dirigir nada. Y yo he venido a comprobarlo con mis propios ojos.
—Lo que hago con mi vida, con mi tiempo y con mi corazón ya no es asunto tuyo —cortó Dante con dureza, plantándose en medio del pasillo para cortarle el paso, aunque se notaba en su tono que le costaba mucho enfrentarse a ella—. Te lo digo por última vez: vete. Y llévate a quien hayas traído detrás. Aquí no hay nada que te pertenezca ni nada que debas saber.
—Al contrario, hijo mío. Todo lo que tienes, un día será mío o pasará por mi aprobación. Y si estás poniendo en riesgo el apellido, el dinero y todo lo que hemos construido durante generaciones por un capricho pasajero… entonces sí, es absolutamente mi negocio.
Los tacones volvieron a sonar, más cerca, mucho más cerca, y de golpe la silueta alta, elegante, impecablemente vestida de gris oscuro y con el cabello cano recogido con perfección apareció de lleno en el marco de la puerta abierta de la habitación del bebé. Se detuvo en seco. Sus ojos fríos recorrieron todo el cuarto en una fracción de segundo: la cuna de madera clara armada en una esquina, la ropa diminuta doblada sobre el mueble, el dibujo de Mia pegado con cinta en la pared, y luego se clavaron directamente en nosotros tres.
Primero me miró a mí: al omega de cabello negro, de pie apoyado en la pared, con la barriga muy abultada y evidente, una mano puesta siempre sobre ella por instinto protector, la otra abrazando con fuerza a la niña pequeña que temblaba escondida contra mi costado. Luego bajó la mirada hacia el embarazo, y su rostro, que siempre parecía de mármol, se contrajo en una mueca de sorpresa, de desaprobación y de disgusto profundo, casi asco. Después miró a Mia, a su palidez extrema, a su fragilidad, y por último levantó la vista hacia Dante, que ya estaba de pie entre ella y nosotros, con los brazos cruzados, la espalda erguida como una muralla, dispuesto a pelear si hacía falta.
—Así que es verdad —susurró Victoria, muy lento, cada palabra saliendo cortada y afilada como un cuchillo—. No eran solo rumores. Lo has hecho de verdad. Has traído a esta casa… a esto. Un omega cualquiera, sin apellido, sin linaje, sin nada, y encima GRÁVIDO. Y además una niña enferma que trae de arrastre. Me has defraudado más de lo que jamás creí posible, Dante. Esto es una vergüenza. Una mancha que nadie podrá borrar nunca del apellido Valente.
Mia apretó más fuerte su osito y escondió toda la cara contra mi camisa, soltando un sollozo muy bajito y contenido que partió mi corazón en dos. Sentí cómo el bebé se movía inquieto y con fuerza dentro de mí, como si también él hubiera percibido la hostilidad que llenaba el aire. Dante dio un paso al frente, ocupando todo el ancho de la puerta para taparnos por completo de su mirada, y su voz sonó tan baja y amenazante que hasta yo sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
—Cállate —dijo, lento, claro y terrible—. No vuelvas a hablar así de ellos ni una sola vez más en tu vida. Él no es “nada”. Es mi omega, la persona que amo, la única cosa buena y verdadera que me ha pasado en toda mi existencia. Esa niña es su hermana menor, es parte de él, y por lo tanto es también mi familia. Y lo que llevan dentro es mi HIJO, mi sangre, mi heredero, y es mil veces más valioso que todo el dinero, todas las empresas y todo el apellido del mundo juntos. Tú no tienes derecho a juzgarlos, ni a mirarlos, ni a respirar el mismo aire que ellos si lo haces con desprecio. Yo te di respeto toda la vida porque eres mi madre. Pero si vuelves a levantar la voz o a decir una sola palabra hiriente delante de ellos, te juro por todo lo que soy que te sacaré yo mismo de aquí a la fuerza y no querrás saber lo que pasa después.
Victoria se quedó muda unos segundos, los ojos muy abiertos por el impacto, porque nunca, en toda su vida, su hijo se le había enfrentado de esa manera, ni le había hablado con esa determinación. Recuperó la compostura casi de inmediato, apretando los puños a los costados del traje impecable.
—Estás ciego —dijo ella, con odio contenido—. Ciego y débil. Esta… situación, este desorden, esta debilidad que has permitido en tu vida… te va a costar muy caro. Te lo advierto. O te deshaces de todo esto, de él, de la niña, del niño que viene, y vuelves a ser el Dante Valente que todo el mundo conoce y respeta… o yo misma me encargo de arreglarlo a mi manera. Y créeme, hijo mío, cuando yo arreglo las cosas, nadie sale ileso.
Dio media vuelta sin despedirse, sin mirar atrás ni una sola vez, y sus tacones volvieron a sonar cada vez más lejos hasta que se oyó el portazo fuerte de la puerta principal que hizo vibrar los cristales de las ventanas. Se hizo entonces un silencio enorme, pesado, que pesaba en el pecho como plomo mojado. Dante no se movió del marco de la puerta durante largo rato, con la respiración acelerada, los puños todavía cerrados con fuerza, todo el cuerpo todavía en tensión de defensa. Solo cuando escuchamos el coche arrancar y alejarse calle abajo, se giró muy despacio hacia nosotros.
Toda la dureza, toda la furia y toda la máscara de hombre poderoso e implacable se le cayeron del rostro al instante. Se acercó caminando lento, como si de repente le pesaran muchísimo las piernas, y cuando estuvo frente a nosotros se arrodilló en el suelo de una vez, sin importarle nada más. Me rodeó la cintura con los brazos con infinita delicadeza, apoyó la frente con suavidad justo sobre el centro de mi vientre y puso una mano grande y caliente a cada lado, mientras con la otra buscaba la manita temblorosa de Mia y la tomaba con toda la ternura del mundo. Sus ojos negros, siempre tan seguros, estaban ahora brillantes y húmedos.
—Lo siento —murmuró, roto, con la voz entrecortada que solo nosotros dos conocemos—. Lo siento muchísimo. Tenía que haberla bloqueado antes, tenía que haber evitado que entrara, que os viera, que os hablara así. No tenéis la culpa de nada, nada de esto es vuestro. Ella… ella no sabe lo que es amar de verdad. Pero escuchadme bien los dos: da igual lo que ella diga, da igual lo que amenace, da igual quién venga detrás o qué rumores corran por ahí. Yo no me voy a mover de vuestro lado. No os voy a entregar, no os voy a abandonar, no voy a permitir que nadie, absolutamente nadie, ni ella, ni los socios, ni nadie del mundo entero, os haga daño ni os arranque de mi lado. Esta familia que hemos hecho aquí… es lo único que me importa. Y voy a defenderla con la vida si hace falta.
Me incliné lo mejor que pude con el peso de la barriga, pasé los dedos por su cabello negro desordenado y luego acaricié también la cabeza de Mia, que ya había salido de su escondite y ahora nos miraba a los dos con los ojos todavía hinchados pero más tranquilos. El sol ya casi se había ocultado del todo, y la penumbra suave empezó a llenar la habitación, pero en ese momento comprendí algo muy claro: la tormenta de verdad, la que habíamos estado evitando y temiendo durante tanto tiempo, no había pasado todavía. Acababa de empezar. Y ahora ya sabíamos con total seguridad contra quién o contra qué teníamos que luchar para seguir juntos.
FIN DEL CAPÍTULO 13