Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 7 – Hasta que salió el sol
Valentina llegó a su casa cuando ya empezaba a amanecer.
Se sacó los tacos, dejó la cartera sobre la silla de su habitación y se quedó unos segundos mirando su reflejo en el espejo.
Todavía tenía la sonrisa de hacía un rato.
Todavía sentía el perfume de Lautaro en la campera que él le había prestado.
La levantó y la abrazó sin darse cuenta.
—¿Qué me está pasando...? —susurró.
Su celular vibró.
Lautaro ❤️
"¿Llegaste bien?"
Ella sonrió antes de responder.
"Sí. ¿Vos?"
"También."
Pasaron unos segundos.
"No quería que terminara la noche."
Valentina mordió su labio inferior.
"Yo tampoco."
Del otro lado de la ciudad, Lautaro leyó el mensaje tres veces.
No era de esos que se ilusionaban rápido.
O al menos eso creía.
Pero con ella todo estaba siendo distinto.
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Los días siguientes fueron diferentes para los dos.
Ya no esperaban el fin de semana para hablar.
Ahora estaban presentes en la vida del otro todo el tiempo.
—Buen día, dormilona.
—¿Ya desayunaste?
—Mirá el cielo, parece que va a llover.
—Escuchá esta canción, me hizo acordar a vos.
Las conversaciones eran interminables.
A veces hablaban de cosas importantes.
Otras veces discutían durante media hora porque Lautaro aseguraba que el mejor alfajor era uno y Valentina defendía otro.
—No podés tener tan mal gusto.
—El que tiene mal gusto sos vos.
—Cuando nos veamos te voy a demostrar que tengo razón.
—¿Eso es una amenaza?
—No... una invitación.
Ella no podía dejar de reír.
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Una noche hicieron su primera videollamada.
Valentina estaba acostada con el pelo todavía mojado después de bañarse.
Lautaro apareció en la pantalla despeinado.
—Qué cara de dormido.
—Es que estaba por acostarme.
—Mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque si estabas por dormir no hubieras atendido.
Él sonrió.
—Tenía ganas de verte.
Valentina sintió que el corazón le latía más fuerte.
Durante casi dos horas hablaron de todo.
De la infancia.
De las travesuras que hacían de chicos.
De sus familias.
De los sueños que tenían.
—¿Cuál es tu mayor miedo? —preguntó ella.
Lautaro quedó pensativo.
—Perder a la gente que quiero.
Valentina bajó la mirada.
—El mío es que me lastimen otra vez.
Él la observó en silencio.
—¿Te lastimaron mucho?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Lo suficiente como para tener miedo de volver a confiar.
Lautaro sintió un nudo en el pecho.
Quiso decirle que él nunca la lastimaría.
Pero todavía era muy pronto para hacer promesas.
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El jueves, Martín escribió al grupo.
"El sábado hacemos previa en casa de un amigo antes del boliche. Están todos invitados."
Bruno respondió enseguida.
"Ahí estaremos."
Camila mandó un emoji de festejo.
Valentina leyó el mensaje y, casi al mismo tiempo, recibió uno de Lautaro por privado.
"¿Vas a ir?"
Ella sonrió.
"Sí."
"Menos mal."
"¿Por qué?"
"Porque tengo ganas de verte."
Valentina dejó el celular sobre la cama y cerró los ojos.
No podía explicar lo que sentía.
Todo estaba pasando demasiado rápido.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, eso no le daba miedo.
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Lautaro también estaba cambiando.
Martín lo notaba.
Bruno lo notaba.
Hasta su mamá se dio cuenta.
—¿Con quién hablás tanto? —preguntó una noche mientras cenaban.
Lautaro sonrió.
—Con una amiga.
—¿Solo una amiga?
Él se quedó callado.
Su mamá soltó una pequeña risa.
—Hace mucho que no te veía sonreír así.
Lautaro no respondió.
Porque ni él mismo entendía lo que le estaba pasando.
Había conocido a Valentina apenas unas semanas atrás.
Y, sin embargo, sentía que hacía años que formaba parte de su vida.
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El sábado llegó.
La previa era en la casa de un amigo de Martín.
Había música, algo para comer y un ambiente mucho más tranquilo que el boliche.
Cuando Valentina entró con Camila, buscó a Lautaro con la mirada.
Él estaba apoyado contra una pared, hablando con Bruno.
En cuanto la vio entrar, dejó la conversación a la mitad.
No podía dejar de mirarla.
Llevaba un jean claro, una blusa blanca y el cabello suelto.
Se veía hermosa.
Valentina caminó hacia él.
—Hola...
—Hola.
Lautaro le dio un beso en la mejilla.
Muy cerca de su oído le dijo en voz baja:
—Pensé que nunca ibas a llegar.
Ella sonrió.
—Te hice esperar un poquito.
—Demasiado.
Los dos rieron.
Ninguno imaginaba que esa noche, lejos de la música de la discoteca y rodeados de amigos, iban a cruzar un límite que cambiaría para siempre la relación entre ellos.