Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 1
Cuando el beso finalmente se rompió, ambos quedaron a escasos milímetros de distancia, con la respiración entrecortada y las miradas fijas, conectadas por un hilo invisible de puro deseo. Las pupilas de él estaban completamente oscuras, reflejando una posesividad salvaje que habría asustado a cualquiera, pero que a Irina solo le provocó un escalofrío de anticipación en la espina dorsal. El Alfa deslizó el pulgar por el labio inferior de ella, delineándolo con una lentitud tortuosa que la hizo estremecer.
—Nos vamos de aquí —sentenció él. No fue una pregunta, ni una sugerencia; fue una orden directa, dictada con esa seguridad absoluta de quien está acostumbrado a que el mundo se pliegue ante sus deseos.
Irina ni siquiera se planteó dudar. La timidez y la cordura se habían quedado rezagadas en la pista de baile, sepultadas bajo el influjo magnético de ese aroma a sándalo que parecía haber reclamado el control de sus sentidos. Con un asentimiento sutil, dejó que él se pusiera de pie. Al levantarse, la imponente estatura del Alfa y la anchura de sus hombros bajo el traje italiano se hicieron aún más evidentes, envolviéndola por completo mientras él dejaba un billete de alto valor sobre la barra, ignorando el cambio.
El hombre le tendió la mano y ella la tomó sin vacilar. Sus dedos grandes y cálidos se entrelazaron con los de ella, guiándola a través de la densa multitud de la discoteca con una firmeza que abría paso de manera automática. Los cuerpos que bailaban se apartaban casi por instinto al percibir la barrera invisible de su aura dominante. Irina apenas tuvo tiempo de lanzar una mirada rápida hacia la pista, donde sus amigas seguían sumergidas en la música y los flashes de neón, ajenas por completo a la fuerza de la naturaleza que la estaba arrastrando hacia la noche romana.
Al cruzar las puertas del club, el aire fresco de la madrugada los recibió de golpe, sirviendo como un contraste helado para la piel ardiente de ambos. En la acera, un auto deportivo de gama alta, negro y reluciente bajo las farolas de la ciudad, los esperaba en la zona preferencial. El Alfa abrió la puerta del copiloto para ella con un gesto caballeroso pero cargado de urgencia. En cuanto él rodeó el capó y se deslizó tras el volante, el motor rugió con un sonido grave y potente que vibró directamente en el pecho de Irina.
El trayecto por las calles de Roma fue un viaje silencioso y veloz, donde la velocidad del auto solo alimentaba la tensión que crecía dentro del habitáculo. Nadie habló. No hacía falta. La mano libre de él abandonó la palanca de cambios para posarse firmemente sobre el muslo de Irina, una caricia pesada y posesiva que la hizo jadear en voz baja y fijar la vista en el perfil afilado del hombre. Sus facciones, recortadas por las luces de la ciudad que pasaban a toda prisa a través de los cristales, revelaban una seriedad implacable, la mandíbula tensa por el autocontrol que estaba ejerciendo.
Pocos minutos después, el vehículo se detuvo ante la imponente fachada de cristal de uno de los hoteles de cinco estrellas más lujosos de la capital. El personal del lugar reaccionó con una deferencia inmediata, abriendo las puertas y entregando la tarjeta de la suite presidencial sin que el Alfa tuviera que pronunciar una sola palabra; era evidente que su presencia allí no era la de un cliente cualquiera, sino la de alguien que se movía en las esferas más altas del poder.
Subieron en el ascensor privado en un silencio sepulcral, pero en cuanto las puertas de la suite se cerraron detrás de ellos, toda la contención de la noche saltó por los aires.
El Alfa la acorraló contra la madera noble de la puerta, atrapando su cuerpo con el suyo mientras sus manos buscaban su cintura con una desesperación hambrienta. El beso que siguió no tuvo la lentitud del primero; fue salvaje, demandante, una colisión de labios y lenguas que buscaba reclamar cada centímetro de su voluntad. Irina se aferró a los hombros de su traje, perdiéndose por completo en la textura de la tela costosa y en la ruda calidez de su pecho, entregándose sin reservas a una noche que prometía borrar cualquier rastro de su realidad.
Las luces de la suite permanecieron apagadas, dejando que únicamente el resplandor ámbar de las farolas romanas y la luna llena que se colaba por los inmensos ventanales dibujaran sus siluetas en la penumbra. Con una agilidad que le cortó la respiración, el Alfa la despojó de la chaqueta de su traje, dejándola caer al suelo sin importarle el valor de la prenda, para luego buscar con desesperación la piel desnuda de los hombros de Irina. Cada caricia suya quemaba; sus manos grandes y firmes delineaban sus curvas con una mezcla de rudeza posesiva y una fascinación oculta que la hacía vibrar de pies a cabeza.
Irina, completamente obnubilada por el aroma a sándalo que ahora impregnaba toda la habitación, guió sus manos hacia los botones de la camisa de él. Su respiración se volvió errática cuando logró abrir la tela, encontrando un pecho firme y esculpido que subía y bajaba al ritmo de una urgencia contenida. El Alfa soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal que resonó en el pecho de la joven, antes de levantarla en vilo. Irina rodeó la cintura de él con sus piernas de manera instintiva, aferrándose a su cuello mientras él la transportaba con paso seguro hacia la inmensidad de la cama, cuyas sábanas de seda relucían bajo la luz nocturna.
Al caer sobre el colchón, el mundo exterior terminó de desvanecerse. Lo que siguió fue una coreografía salvaje de deseo reprimido, donde las castas y las diferencias sociales no tenían cabida. Él la reclamaba a cada segundo con la mirada fija en sus ojos, buscando una sumisión que ella le entregaba de buena gana, arrastrada por la corriente de una química sexual destructiva. Los jadeos y los susurros sin nombre llenaron el espacio de la suite presidencial; no hacían falta las palabras cuando el instinto del Alfa dictaba el ritmo y ella respondía a cada estímulo con una audacia que jamás pensó poseer.
Fue una entrega absoluta, prolongada durante horas en las que el calor de sus cuerpos desafió la frescura de la madrugada. Irina se perdió en la textura de su piel, en la fuerza de sus brazos rodeándola y en esa intensidad implacable que parecía consumirlo todo a su paso. Exhausta, con el pulso aún acelerado y el cuerpo impregnado por completo del aroma de su acompañante, se dejó vencer por el sueño, acurrucándose de manera inconsciente contra el pecho firme del Alfa, sintiendo por unos instantes que ese refugio oscuro era el único lugar seguro en el mundo.