NovelToon NovelToon
ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 13 EL CAMINO QUE SIGUE

Adrián llegó cuando ya todo estaba listo: el salón lleno de flores blancas, el ataúd de madera clara en el centro, y nosotros vestidos de negro, con la mirada perdida en un vacío que dolía en los huesos. Entró despacio, como si temiera romper el silencio, y sus ojos recorrieron todo hasta detenerse en el féretro. Luego miró a papá, a mamá, y por fin a mí. Se le puso la cara del color del papel, y un grito roto se le escapó del pecho:

—¡No… Camila, no puede ser! —dijo con la voz quebrada, y se lanzó al suelo de rodillas, arrastrándose hasta quedar pegado al cristal—. ¡Rosa, no! ¿Por qué mi bebé? ¿Por qué tú?

Lloró con un dolor tan profundo que parecía que el alma se le salía por los ojos, sin consuelo, sin palabras, solo el nombre de ella repitiéndose entre sollozos. Papá se acercó despacio, se agachó y le puso una mano en el hombro, levantándolo con suavidad hasta que estuvo de pie.

—Hijo, levántate —le dijo, con la voz llena de lágrimas que intentaba ocultar—. Ella sigue contigo, en todo lo que vivieron. Estará bien donde está, y no querría que te vieras así, pasando vergüenza por el dolor.

Adrián se derrumbó en su pecho, y papá lo abrazó fuerte, dejando que llorara todo lo que necesitaba. Yo me acerqué despacio y los rodeé con mis brazos, y los tres nos quedamos así, abrazados, mientras el llanto nos sacudía a todos juntos.

Al caer la noche llegaron Enrique, Tim y Agustín. Traían los ojos hinchados y rojos, las caras pálidas como si hubieran pasado días sin dormir. Se quedaron quietos en la puerta un instante, y Agustín fue el primero en hablar:

—¿Cómo están? —preguntó con un hilo de voz.

Miraron a Adrián, luego a mí, y entendieron sin necesidad de más palabras. Se acercaron y nos abrazaron, sin decir nada más, y se quedaron con nosotros toda la noche, turnándose para estar junto al ataúd, para servirnos agua, para sostenernos cuando las piernas nos fallaban. Mis papás no se apartaron ni un minuto, cuidando de todos como si fuéramos sus propios hijos.

A la mañana siguiente todos esperaban en silencio, y me tocó hablar. Me puse de pie temblando, miré ese cristal que me separaba de ella, y no pude evitarlo:

—Puta madre… —dije, y la voz se me rompió—. Nunca me quise imaginar parada aquí, diciendo adiós a la persona que más amé. Siempre estuve segura que saldría adelante, que terminaría el tratamiento, que entraría a la universidad como tanto soñaba… ¿Cómo le digo a la vida que se equivocó? ¿Cómo le explico que me quitó a mi hermana, mi amiga, mi confidente, mi otra mitad? —las lágrimas me corrían sin freno, y tuve que detenerme para respirar—. Me quitó a quien me escuchaba cuando lloraba, a quien se reía de mis chistes malos, a quien siempre decía que todo saldría bien aunque todo estuviera mal. No sé cómo voy a aprender a vivir sin ti, Rosa. No sé cómo caminar sin tu mano en la mía. Te amo más de lo que las palabras pueden decir, y te llevaré conmigo a cada paso, aunque me duela el alma.

Me senté de nuevo, y unos minutos después subió Adrián. Tenía los ojos hinchados pero la voz firme, llena del amor que le tenía:

—Desde la primera vez que te vi en esa videollamada, supe que eras diferente —empezó—. Me enamoré de ti antes de conocerte en persona, y cada segundo que pasamos juntos fue un regalo que guardaré para siempre. No veía tu enfermedad, solo veía a la mujer valiente, dulce y maravillosa que eras. Fuiste la felicidad más grande que tuve, y nadie podrá ocupar tu lugar. Siempre estarás conmigo, Rosa. Serás el amor de mi vida, hoy y siempre.

Después me encerré en su habitación durante una semana entera. Olí su ropa, leí sus cuadernos, toqué sus cosas como si todavía estuviera allí. Adrián se quedaba en la sala, mirando al vacío, y a veces lo escuchaba llorar bajito. Enrique, Tim y Agustín nunca se fueron: nos traían comida, aunque casi no probábamos bocado, nos sentaban a su lado sin decir nada, solo estando ahí, como nosotros habíamos estado para ellos otras veces.

Llegó el momento de volver. Yo había sido elegida, junto con ellos cuatro, para trabajar en el mejor restaurante de la ciudad más importante de Alemania: después de cuatro meses de práctica, cada uno tomaría su propio camino, pero primero tendríamos que estar allí. Me despedí de mis papás en la puerta.

—Ya me voy —les dije, y papá me miró con los ojos llenos de lágrimas, como si no me escuchara del todo—. Papá, ya me voy.

—Cuídate mucho, mi niña —dijo él al fin—. Llama si necesitas algo, si te sientes mal, si nos necesitas. Iremos adonde estés.

—Sí, papá —respondí, con una risa que no llegó a los ojos—. Adiós.

—No te quedes nada por hacer —dijo mamá, abrazándome fuerte—. Un día valdrá la pena, ya lo verás.

—Adiós —repetí, y los abracé una última vez antes de subir al coche.

Todo el camino fui perdida, mirando por la ventana y deseando volver, desear que todo hubiera sido una pesadilla y que al despertar ella estaría ahí, llamándome para platicar. Al llegar al restaurante, intenté sonreír, pero por dentro estaba rota. La cocina era un lugar de griterío ordenado:

—¡Más fuego en la plancha! —gritaba el jefe de cocina—. ¡Esa salsa no tiene la textura que quiero! ¡Apúrense que los clientes ya esperan!

Todos nos movíamos como un solo cuerpo: yo picaba verduras con rapidez, Adrián preparaba las carnes con precisión, Enrique armaba los platos con cuidado, Tim y Agustín organizaban las entradas y los postres. El olor a especias, a mantequilla derretida, a pan recién horneado lo llenaba todo, y solo el trabajo lograba que dejara de pensar un rato. Al terminar el turno salimos con las piernas temblando, muertos de cansancio, pero sin decir nada.

Un día no pude más y se lo dije:

—Ya no aguanto estar aquí —les confesé—. Siento que no encajo, que todo me sobra.

Adrián me miró con ternura y me apretó el hombro:

—Espera solo 2 meses más, Camila. Ya falta poco.

—Te quiero mucho —le dije, y él me abrazó fuerte. Luego Agustín se acercó y nos rodeó a los dos con sus brazos.

—Bueno —dijo él—, nosotros iremos a tomar algo para distraernos un rato. Nos vemos luego.

Se fueron, y Adrián y yo nos quedamos caminando despacio por la acera. Agustín tenía el brazo apoyado en mi cuello mientras nos alejábamos, y de pronto un coche negro brillante apareció detrás de nosotros: un Lamborghini, que frenó suavemente justo al lado, antes de acelerar de nuevo y perderse entre el tráfico. Lo miramos un instante, y seguimos caminando, sin saber que esa aparición no era casualidad.

 

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play