Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 16
El silencio que envolvía la mansión a las tres de la madrugada no era pacífico; era la quietud de una tumba de mármol. Tras semanas de escupir en secreto las cápsulas ámbar, la mente de Valentina funcionaba con la precisión fría de un bisturí. La niebla se había evaporado por completo, dejando al descubierto una determinación helada. En la cama de dosel, José dormía con la respiración pesada y regular de quien se cree dueño absoluto de su universo. Su brazo izquierdo, habitualmente arrojado sobre la cintura de ella como un grillete, descansaba esta vez sobre el colchón de seda negra.
Valentina se deslizó fuera de las sábanas con una fluidez felina. Su camisón de seda oscura se adhirió a sus muslos mientras caminaba descalza hacia la puerta de la suite, evitando con movimientos estudiados los ángulos de las nuevas lentes de seguridad. Su destino era el despacho de caoba de la planta baja, el santuario donde José guardaba los secretos de su imperio y, sospechaba ella, las pruebas de su propia aniquilación de identidad.
El aire del despacho olía a sándalo y a cera para madera noble, un aroma que ahora le revolvía el estómago. Valentina no encendió ninguna luz. Se guió por el resplandor plateado de la luna que se filtraba a través del gran ventanal blindado. Sabía que detrás del imponente óleo que retrataba a la familia fundadora de la farmacéutica corporativa se ocultaba la caja fuerte de alta seguridad de José.
Se acercó al cuadro, sintiendo la textura del lienzo bajo sus dedos temblorosos. Con un empuje sutil y silencioso, desplazó el marco hacia un lado, revelando el panel digital de titanio de la caja fuerte.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas, pero sus dedos permanecieron firmes. Durante sus tardes de aparente docilidad amnésica, sentada en el regazo de José mientras él fingía trabajar para demostrarle su poder, Valentina había memorizado la coreografía de sus dedos sobre el teclado numérico. El código no era una fecha de aniversario, sino una secuencia matemática fría y desprovista de afecto.
Marcó los dígitos. El panel emitió un sutil parpadeo verde y la pesada puerta de acero se abrió con un suspiro de aire presurizado que erizó la piel de sus brazos desnudos.
Dentro de la caja fuerte no había fardos de billetes, sino carpetas de color marfil que contenían el verdadero patrimonio de José: la información que destruía vidas. Tras apartar varios dossiers de transacciones internacionales, los dedos de Valentina tropezaron con una carpeta que llevaba una etiqueta de plástico azul: Expediente Médico / Identificación - E.S.
La sacó despacio, sintiendo el peso del papel como si fuera plomo. Se sentó en el suelo de parqué, ocultándose en la densa sombra que proyectaba el enorme escritorio de caoba. Al abrir el expediente bajo el haz de luz lunar, lo primero que vio fue una fotografía forense.
Era su propio rostro, pero no el de la muñeca maquillada que José exhibía en las galas. La imagen mostraba a una mujer herida, con el cabello oscuro empapado de lluvia y sangre coagulada, con laceraciones en los pómulos y los labios partidos. Debajo de la fotografía, el informe policial del accidente en la carretera de la costa detallaba el rescate de un vehículo utilitario destrozado que había caído por el acantilado.
Valentina pasó las páginas con dedos febriles, y el horror comenzó a helarle las venas a medida que descifraba la fría caligrafía burocrática de los documentos.
El vehículo que ella conducía la noche del siniestro estaba registrado a nombre de una empresa fantasma vinculada a su investigación periodística. No había documentos de identidad en el bolso rescatado del coche; José se había asegurado de que sus hombres limpiaran la escena antes de que llegara la patrulla local. Pero el verdadero horror, la revelación que le cortó el aire y la hizo llevarse una mano a la boca para ahogar un grito, estaba en la tercera página del informe de la morgue provisional.
«Cuerpo femenino recuperado en estado de inconsciencia profunda. Sin identificación dactilar en el registro local debido a la alteración del sistema de datos. Declarada legalmente como Estefanía Sandoval por comparecencia directa de su cónyuge, el señor José Sandoval, quien aportó acta de matrimonio y registro civil homologado.»
Debajo del informe policial, una anotación médica confidencial de la clínica privada de José revelaba la verdad desnuda. No existía ninguna prueba de ADN. No se había realizado ningún cotejo genético con familiares, ni se había publicado la fotografía de la víctima en los boletines de personas desaparecidas de la policía metropolitana. José había utilizado su inmenso poder político y financiero, junto con una red de médicos y funcionarios comprados en la clínica privada de su propiedad, para secuestrar su existencia legal.
Había tomado a una periodista de investigación herida y sin memoria, una mujer que estaba a punto de destruirlo, y la había sepultado bajo el nombre de su difunta esposa, Estefanía, quien en realidad había fallecido años atrás en el extranjero bajo un absoluto secreto corporativo. José no la había "salvado de la muerte". Había cometido un asesinato legal y sistemático de su identidad, moldeándola con cirugía, drogas y mentiras para convertir a su peor enemiga en su posesión más sumisa y sensual.
Un escalofrío de repulsión pura recorrió la espina dorsal de Valentina. Miró el papel oficial donde constaba su "muerte" legal y sintió cómo una rabia ardiente sustituía el terror primitivo. El hombre que la abrazaba por las noches, el que deslizaba sus manos calientes por su cintura y le susurraba promesas de amor eterno al oído, la había anulado de la faz de la tierra para proteger su imperio y saciar su obsesión de control.
Un crujido suave en el pasillo exterior la hizo reaccionar.
Con movimientos rápidos e instintivos, Valentina guardó el expediente policial dentro de la carpeta, cerró la caja fuerte de acero con un empuje mudo y devolvió el óleo de la familia fundadora a su posición exacta. Ocultó los documentos que demostraban su verdadera identidad bajo el suéter oscuro que llevaba puesto, sintiendo el roce del papel frío contra la piel sensible de su abdomen como un recordatorio físico del peligro que corría.
Regresó a la suite de la planta alta con el andar silencioso de un fantasma. Al deslizarse nuevamente bajo las sábanas de seda negra, el calor corporal de José la invadió de inmediato. Él se movió en sueños, estirando su brazo grande para volver a rodearle la cintura, atrayéndola hacia su pecho con una fuerza posesiva que ahora se sentía como el abrazo de un verdugo.
Valentina se forzó a sí misma a no tensarse, permitiendo que su cabeza descansara sobre el pecho de José, donde podía escuchar el latido constante y calculador de su corazón. En la penumbra de la habitación, rodeada por el aroma opresivo a sándalo que ahora odiaba con cada fibra de su ser, Valentina cerró los ojos y sonrió en la oscuridad. El misterio se había resuelto. Ya no era una muñeca sin memoria; era Valentina Silva, la periodista que tenía en sus manos el documento que destruiría para siempre al hombre que pretendía ser su dueño.