Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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capítulo 24: Conociendo a quienes los ven crecer
En cuanto la puerta se cerró tras los novios, Yoselin se quedó unos momentos sentada en silencio, repasando mentalmente todo lo que le habían contado. Su historia, el lugar de la hacienda, la luz del atardecer, ese detalle tan especial de la medalla del abuelo... todo ya empezaba a tomar forma en su mente. Pero también sabía que esa boda unía dos familias, y que las prendas debían respetar también la esencia de quienes más querían a los novios: sus madres.
Tomó el teléfono de nuevo y redactó el mensaje con la misma claridad y respeto de siempre, sabiendo que Alejandro valoraba que cada paso tuviera su razón de ser.
"Buenas tardes de nuevo, señor Varela. La reunión con los novios ha sido maravillosa, ya entiendo perfectamente lo que sueñan y el ambiente que quieren crear. Ahora, para que todo esté completo y cada prenda tenga sentido, me gustaría mucho conocer también a las madres de ambos. Quiero saber qué les hace sentir bien, qué prefieren llevar, qué las hace sentirse ellas mismas en un día tan importante para sus hijos. ¿Cree que sería posible que pudieran venir mañana a la misma hora? Así podremos coordinar bien sin prisas. Quedo atenta. Saludos, Yoselin."
La respuesta no tardó en llegar, igual que la vez anterior: breve, pero con ese tono de confianza que cada vez se hacía más notorio. "Acabo de hablar con ellas. Vendrán mañana a las once. Les he dicho que es fundamental para que todo salga perfecto. Bien hecho al pensar en todos los detalles. Alejandro."
Yoselin sonrió al leer esas últimas palabras. "Bien hecho". Era poco, pero venía de alguien que casi nunca elogiaba nada, y significaba mucho. Recordó que en la reunión de hoy los novios le habían dicho que sus madres habían estado muy emocionadas desde que se supo la noticia, pero que también estaban un poco nerviosas por no saber qué ponerse. Ella quería que se sintieran tan especiales como los protagonistas.
Pasó el resto de la tarde preparando todo para el día siguiente. Acomodó de nuevo las muestras de telas, separando tonos que combinaran con la paleta que tenía en mente, pero que también fueran favorecedores para mujeres de distintas edades y gustos. Anotó preguntas especiales: si prefieren mangas largas o cortas, si les gusta más resaltar la cintura o llevar prendas más sueltas, si tienen algún color que les traiga recuerdos bonitos, o alguna prenda que siempre les haya gustado y quisieran tomar como referencia.
También pensó en cómo combinar sus conjuntos entre sí y con el resto del grupo. Debían verse armoniosas, pero sin parecer uniformes. Cada una debía brillar con su propia luz, sin quitarle el protagonismo a los novios, pero sin pasar desapercibidas. Sabía que Alejandro se daría cuenta de ese cuidado extra: él también valoraba que nadie quedara fuera, que cada persona tuviera su lugar en ese día tan especial.
Al día siguiente, puntuales, llegaron las dos mujeres. Una era la madre del novio, cálida y muy expresiva; la otra la madre de la novia, más reservada pero con una mirada muy dulce. Se sentaron un poco nerviosas al principio, pero Yoselin las recibió con una sonrisa tranquila y les ofreció ver algunas telas mientras empezaban a charlar.
—No quiero que se sientan obligadas a llevar algo que no usarían nunca —les dijo con sinceridad—. Este día es tan importante para ustedes como para ellos. Cuéntenme: ¿cómo se imaginan ustedes ese día? ¿Qué les gustaría sentir al verse al espejo?
Poco a poco se fueron abriendo. La madre del novio le confesó que siempre había querido llevar algo de color verde olivo, porque era el color del primer vestido que le compró su marido cuando se casaron. La madre de la novia prefirió tonos tierra y dorados, porque le recordaban a la tierra donde nació y donde ahora se casaría su hija. Ambas coincidieron en que querían verse elegantes, pero sin sentirse disfrazadas.
Yoselin anotó cada palabra, cada gesto, cada brillo en sus ojos. Ahora tenía la historia de los novios, el lugar, y también el corazón de las dos familias. Ya no tenía dudas: cada pieza que crearía llevaría un pedacito de todos ellos, unido con el mismo cariño con el que ella trabajaba. Y sabía que cuando Alejandro supiera cómo había integrado también a ellas, entendería por qué era tan importante no dejar a nadie atrás.