El perdió todo un día, excepto a mi
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 12
La terapia de forma intensiva comenzó un lunes a las ocho de la mañana.
Mariana había madrugado para preparar a Ricardo, ayudarlo a bañarse, vestirlo con ropa cómoda, prepararle un desayuno que él apenas probó porque los nervios le cerraban el estómago. No dijo nada, pero ella lo notaba. La mandíbula tensa. Los dedos golpeteando el reposabrazos de la silla. La mirada perdida en la ventana.
—Va a estar bien
dijo ella, arrodillándose frente a él para ajustarle los cordones de los tenis.
— Es solo la primera sesión.
—Dijo que iba a doler
respondió él, sin mirarla.
—Va a doler. Pero tú eres más fuerte que el dolor.
Él bajó la vista. La miró. En sus ojos cafés había miedo, pero también una chispa de determinación.
—Quédate conmigo
pidió.
—En la sesión.
—Eso iba a hacer aunque no me lo pidieras.
Llegaron al centro de rehabilitación veinte minutos antes. Era un edificio moderno, con amplios ventanales y olor a limón y alcohol. La sala de espera era acogedora, con revistas viejas y una pecera con peces de colores. Mariana empujó la silla de Ricardo hasta la recepción.
—Ricardo Méndez
dijo la recepcionista, revisando su computadora.
— Primera sesión con el licenciado Federico Pérez. Pase por el pasillo, la tercera puerta a la derecha.
Federico los recibió con una sonrisa que parecía ensayada pero al mismo tiempo genuina.
Era alto, de cabello rubio oscuro y ojos de un azul tan claro que parecían casi transparentes. Tendría veintiséis o veintisiete años, y su cuerpo delataba horas de gimnasio, hombros anchos, brazos musculosos, una mandíbula que parecía tallada en piedra. Vestía una camiseta blanca que se ajustaba a su torso y pantalones deportivos negros.
—Ricardo, bienvenido
dijo, extendiendo la mano con firmeza.
— Soy Federico. Voy a acompañarte en este proceso.
Ricardo le devolvió el apretón. Neutral. Cortés. Ni frío ni cálido.
—Mucho gusto
dijo, y su tono dejaba claro que no estaba seguro de eso.
Federico giró la cabeza hacia Mariana. Y ahí fue cuando algo cambió.
Sus ojos azules la recorrieron de arriba abajo con una lentitud que a ella le pareció casual, pero que Ricardo notó al instante. El terapeuta sonrió, y esta vez la sonrisa fue diferente. Más brillante. Más intencionada.
—¿Y usted es?
preguntó, aunque ya lo sabía por la ficha.
—Mariana
respondió ella, extendiendo la mano.
—Soy
Hizo una pausa. Aún no sabía cómo definirse. ¿Amiga, Novia, Cuidadora?
—Soy su pareja.
La palabra sonó más grande de lo que esperaba. Pareja. Como si fueran un equipo. Como si compartieran algo más que una casa y una cama.
—Qué bien
dijo Federico, estrechando su mano con un segundo de más.
— Siempre es mejor tener apoyo. ¿Te quedarás en la sesión?
—Si no es molestia.
—Para nada. Al contrario. Me gusta que los familiares participen.
Ricardo observaba la escena con el ceño ligeramente fruncido. No dijo nada, pero sus dedos se enredaron en los de Mariana y los apretaron con fuerza.
La terapia fue tan dura como el doctor Mendoza había advertido.
Federico comenzó con ejercicios de estiramiento. Movió las piernas de Ricardo en todas las direcciones, flexionando las rodillas, rotando los tobillos, estirando los músculos que llevaban meses sin uso. Ricardo apretó la mandíbula, pero no se quejó.
—¿Duele?
preguntó Federico.
—Un poco
mintió Ricardo.
—No me mientas. Necesito saber la verdad para ajustar la intensidad.
—Sí
admitió él, con los dientes apretados.
— Duele.
Federico asintió y continuó. Luego vinieron los ejercicios de carga, intentar ponerse de pie con apoyo, aunque solo fuera un segundo. Ricardo lo intentó una vez. Dos veces. Tres. En la cuarta, sus brazos temblaban y un gemido escapó de su garganta.
—Ya
interrumpió Mariana, dando un paso al frente.
— Ya está bien por hoy.
—Aún quedan quince minutos
dijo Federico, sin apartar la mirada de Ricardo.
—Ha sido suficiente
insistió ella, con un tono que no admitía réplica.
Federico la miró. Esa vez no fue una mirada de coqueteo. Fue una mirada de respeto.
—Está bien
cedió.
— Lo dejamos aquí. Pero la próxima semana, completamos la sesión.
Ayudó a Ricardo a volver a la silla de ruedas. Mientras lo hacía, sus manos rozaron los brazos de él, y Ricardo sintió la fuerza de sus dedos. Era fuerte. Más fuerte que él ahora.
—Buen trabajo hoy
dijo Federico, dándole una palmada en el hombro
— Vas a mejorar. Te lo prometo.
Luego se giró hacia Mariana.
—Y tú
—Dijo, con esa sonrisa otra vez.
—Cuídalo. Pero también cuídate. Esto puede ser duro para el cuidador.
—Lo sé
respondió ella, cortés pero firme.
— Gracias.
Salieron de la consulta. En el pasillo, Ricardo iba en silencio. Mariana empujaba la silla y sentía la tensión en el ambiente.
—¿Estás bien?
preguntó.
—Sí
respondió él, demasiado rápido.
—No me mientas.
—¿Viste cómo te miraba?
soltó Ricardo, de repente.
—¿Quién?
—Federico. El terapeuta de ojos de hielo. No dejaba de mirarte.
Mariana soltó una risa corta.
—¿Estás celoso?
—No estoy celoso
dijo él, pero su voz era un puño cerrado.
— Solo no me gustó.
—Ricardo, solo fue amable.
—No fue amable. Te estaba evaluando. Como si fueras… no sé. Un premio.
Ella se detuvo. Dio la vuelta a la silla para quedar frente a él. Se agachó hasta quedar a su altura.
—Mírame
dijo.
— Yo estoy contigo. Yo te elijo a ti. No importa cuántos hombres miren en mi dirección. ¿Entendiste?
Ricardo la miró. Su mandíbula seguía tensa, pero algo en su expresión se suavizó.
—Perdón
murmuró.
— Es que… desde el accidente, me siento menos. Y ver a un tipo así, que puede caminar, que puede hacer todo lo que yo ya no…
—Tú puedes hacer cosas que él no
lo interrumpió Mariana.
— Puedes hacerme reír cuando estoy triste. Puedes escucharme cuando necesito hablar. Puedes amarme. ¿Eso lo hace él?
Ricardo negó con la cabeza.
—Entonces
dijo ella, besándole la frente.
—No hay competencia.
Él esbozó una sonrisa pequeña. La primera desde que entraron al centro de rehabilitación.
—Eres muy convincente
dijo.
—Estudio medicina. Sé de anatomía. Y sé de ti.
Lo besó en los labios. Un beso corto, pero cargado de promesas. Y luego lo llevó de regreso a casa, donde la noche los esperaba con sábanas limpias y un amor que ningún terapeuta de ojos claros podría amenazar.
Pero esa noche, mientras Mariana dormía a su lado, Ricardo no pudo cerrar los ojos. Federico seguía ahí, en su cabeza. Y algo le decía que no sería la última vez.