Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: La Danza de la Tentación
El baño termal privado de Valerius parecía un santuario esculpido en las entrañas de la misma tierra. Las paredes de mármol negro veteado en oro reflejaban el parpadeo de las antorchas, mientras un vapor espeso y aromático —con notas de eucalipto, sándalo y resinas místicas— llenaba el ambiente, creando una atmósfera de absoluta intimidad y ensueño.
En el centro de la estancia, una gigantesca fosa de piedra albergaba aguas termales que brotaban directamente de un manantial volcánico sagrado, imbuidas con propiedades curativas capaces de regenerar la carne y el espíritu.
Astra permanecía sumergida hasta los hombros en el agua tibia y cristalina. Llevaba puesta únicamente una bata ligera de lino blanco que, al contacto con el líquido, se había adherido por completo a su cuerpo como una segunda piel, delineando sus curvas con una sutil provocación.
Cerró los ojos, permitiendo que el calor filtrara el cansancio acumulado de los últimos días. El vacío helado en su pecho seguía sanando, latiendo al compás de la marca del eclipse en su cuello, la cual emitía un fulgor oscuro bajo el agua. Por primera vez en años, Astra no sentía miedo. Se sentía protegida.
El eco de unos pasos pesados y felinos descalzos sobre el mármol hizo que Astra abriera los ojos.
De entre la densa neblina de vapor emergió la imponente silueta de Valerius. El híbrido avanzaba con una lentitud deliberada, desprovisto de su habitual túnica. Iba con el torso completamente desnudo, exhibiendo una musculatura colosal y perfecta, cruzada por las cicatrices de guerras de las que los libros de historia ya no se acordaban. En su mano izquierda cargaba un pequeño cuenco de piedra que contenía un ungüento verdoso, elaborado con plantas sagradas del bosque.
Valerius se detuvo al borde de la fosa de piedra. Sus ojos, fijos en Astra, brillaban con ese dorado profundo e hipnótico que aceleraba el pulso de la joven licántropo sin necesidad de palabras.
—Tu piel aún necesita sanar por completo, mi Luna —dijo Valerius, su voz de barítono vibrando de una manera tan baja que erizó la piel de Astra.
Sin esperar respuesta, el Rey Hereje se sentó en el borde de piedra de la piscina y sumergió las piernas, reduciendo la distancia entre ambos. Astra, impulsada por un instinto magnético que ya no pretendía combatir, se giró de espaldas hacia él, exponiendo su cuello y sus hombros sobre la superficie del agua.
Valerius tomó una porción del ungüento y posó sus manos enormes sobre la espalda de Astra. Sus palmas estaban increíblemente cálidas, abrasadoras contra la piel húmeda. Al principio, sus movimientos fueron puramente curativos, extendiendo la medicina sobre los hematomas y las marcas violáceas que los brutales guardias de Logan le habían dejado al arrastrarla por el suelo del Gran Salón.
Sin embargo, a medida que sus dedos recorrían la columna de Astra, el ritmo de Valerius cambió. Una corriente de furia contenida endureció sus músculos al palpar el daño que le habían infligido a su compañera, pero esa ira mutó rápidamente en un deseo evidente y posesivo.
Sus pulgares delinearon la curva de sus omóplatos con una presión lenta, deliberada, que hizo que un gemido ahogado escapara de los labios de Astra. La respiración de ambos comenzó a acelerarse, llenando el espacio intermedio con un ritmo pesado y sincronizado. El magnetismo del Lazo de Eclipse se volvió sofocante, un fuego biológico que exigía un contacto mucho más profundo.
Incapaz de soportar la tensión por más tiempo, Astra se giró lentamente en el agua, quedando de frente a él, a escasos centímetros de su pecho desnudo. El agua termal goteaba por sus clavículas y el lino blanco de su bata no dejaba nada a la imaginación.
Valerius alzó la vista. Al mirar sus labios entreabiertos y el brillo plateado que destellaba en los ojos de Astra, el control del híbrido se pulverizó.
Dejó caer el cuenco de piedra, que se hundió en el fondo de la piscina, y extendió sus manos de acero para aferrar a Astra por la cintura. Con un movimiento firme y fluido, la levantó ligeramente del agua, sentándola en el borde de la fosa junto a él. Astra enroscó instintivamente sus dedos en los hombros esculpidos de Valerius, sintiendo la dureza de su piel de mármol.
La distancia desapareció. Sus rostros quedaron tan cerca que podían compartir el mismo aire caliente. En las pupilas doradas de Valerius, una chispa carmesí comenzó a parpadear: la peligrosa y embriagadora mezcla entre la sed de sangre del vampiro y el deseo romántico y posesivo del licántropo exiliado. El Rey Hereje la observaba como un depredador que finalmente ha acorralado al único tesoro que le importa en el universo.
—Astra... —susurró él, y el sonido de su nombre en sus labios fue una caricia adictiva.
Valerius inclinó la cabeza milimétricamente. Sus labios rozaron la comisura de la boca de Astra, subiendo una tortuosa línea de fuego hacia su mejilla, hasta descender finalmente a la piel expuesta de su cuello. Astra arqueó la espalda, entregándose por completo al magnetismo del vínculo.
Justo cuando los colmillos alargados de Valerius rozaron la marca del eclipse en el cuello de Astra en una caricia eléctrica que la hizo temblar de anticipación, el idilio se rompió de golpe.
¡BONG! ¡BONG! ¡BONG!
El sonido ensordecedor y metálico de las campanas de alarma del castillo comenzó a repicar con una violencia inusitada, haciendo vibrar las paredes de mármol y agitando la superficie del agua termal.
Astra abrió los ojos de par en par, saliendo del trance místico, mientras Valerius se congelaba en el sitio.
Antes de que pudieran reaccionar, las pesadas puertas de madera del baño se abrieron levemente y la voz agitada de un guardia de la élite resonó desde el pasillo exterior, cargada de un pánico genuino:
—¡Mi señor Valerius! ¡Lamento la interrupción! ¡Los rastreadores de la Manada Colmillo de Plata han cruzado la frontera este! ¡Vienen armados y liderados por el Alpha Logan! ¡Están buscando a la Omega!
El efecto de las palabras del guardia fue instantáneo.
Valerius apartó el rostro del cuello de Astra de un solo golpe. La ternura devota que había dominado sus facciones desapareció en un parpadeo, reemplazada por una máscara de pura tiranía ancestral. Su pecho se expandió con un gruñido gutural, un rugido de bestia que hizo eco en la recámara y que congeló el aire del lugar.
Astra ahogó un grito al mirar el rostro del híbrido: sus ojos se habían vuelto completamente rojos, inundados de una furia asesina y despiadada. Las garras de sus manos se extendieron por completo, clavándose levemente en el borde de piedra. Logan había cometido el error de invadir su territorio para reclamar lo que ya no le pertenecía, y el Rey Hereje estaba listo para desatar un baño de sangre.