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Status: En proceso
Genre:Aventura / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: FuKagaku

Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.

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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 11

​El espasmo de la disonancia atómica se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando a Daniel respirando de manera entrecortada en el borde del catre. El sudor frío escurría por su frente, mojando las mechas de su cabello oscuro y pegándolas a su piel de tono canela. A pesar de que su cuerpo de seis años temblaba por el esfuerzo residual de la sobrecarga, su mente analítica ya había recuperado el control absoluto de la situación.

​Frente a él, Lin (de 14 años) y Meili (de 16), cuyas asombrosas y deslumbrantes bellezas juveniles contrastaban grotescamente con las ropas gastadas de lavanderas y el lodo de los pasillos de servicio, lo observaban con una mezcla de genuina preocupación y una tensión contenida que apenas lograban disimular.

​Ambas se miraron de soslayo por una fracción de segundo antes de que una sonrisa se dibujara en los labios de Meili: una curva tan suave, perfecta y exageradamente dulce que a Daniel le recorrió un escalofrío helado por la columna. Era esa clase de sonrisa educada y fingida que solo la realeza o los asesinos más sutiles utilizaban para ocultar la sangre bajo las uñas; una máscara encantadora que resultaba profundamente perturbadora.

​Daniel desvió la mirada con fastidio, sintiendo que esas dos eran mucho más peligrosas de lo que aparentaban.

​—Si van a seguir poniendo esa carita de niñas buenas mientras esconden intenciones de masacrar a media secta, al menos ahórrenselo, da mala espina —murmuró Daniel secamente, pasándose el dorso de la mano por la frente—. Pero ya que estamos comiendo y el dolor bajó de nivel, tengo una última duda que no encaja en su lógica.

​Lin ladeó ligeramente la cabeza, parpadeando con una inocencia impostada que hacía juego con su rostro de facciones delicadas.

​—¿A qué te refieres, joven maestro? —preguntó ella, enfatizando el título con un tono sutilmente divertido.

​—A eso justamente —respondió Daniel, clavando sus ojos almendrados y oscuros en ambas—. Me siguen llamando "joven maestro". Se supone que soy un sirviente más, un mocoso inservible que ni siquiera tiene energía para cultivar. Y ustedes... ustedes son la heredera de la rama principal del Clan Dok-Gag y su guardia real de élite. Se supone que a los diez y doce años, cuando las cazaron, ya arrasaban con guerreros experimentados en las pruebas de meditación profunda de meridianos y dominaban la transición hacia el Cuerpo Inmortal antes que cualquier veterano. Entonces, ¿por qué demonios me tratan con este maldito formalismo a mí? Explíquenme bien, porque no tiene ningún sentido matemático ni social.

​El apelativo del título hizo que el aire en la pequeña habitación cambiara de golpe. Ya no era la tensión del miedo físico, sino la pesadez de un secreto de estirpe que llevaba años guardado bajo llave.

​Meili dejó caer lentamente el cuenco de gachas vacías sobre la mesa de madera. Su expresión dulce se desvaneció, reemplazada por la seriedad gélida de una general analizando el campo de batalla.

​—Tienes razón en algo, Daniel —comenzó diciendo Meili con voz baja y pausada—. A los dieciséis y catorce años actuales, y cuando éramos apenas unas niñas de doce y diez años en los recintos imperiales de nuestro clan, podíamos meditar en medio de nubes de veneno puro que habrían disuelto los pulmones de cualquier anciano de Hanyang en segundos. Avanzábamos en el cultivo de las toxinas a un ritmo que a los veteranos les tomaba décadas alcanzar. Eramos consideradas monstruos de talento, destinadas a pisar los escalones de la inmortalidad.

​—Y aun así —continuó Lin, borrando también cualquier rastro de juego de su rostro, mientras sus ojos oscuros brillaban con una intensidad afilada—, terminamos aquí. Vendidas, atrapadas, disfrazadas de lavanderas para no ser masacradas por los cazadores de recompensas del continente. Sabemos perfectamente quiénes somos, y sabemos exactamente quiénes son los gusanos que nos rodean en esta secta.

​Meili se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, y fijó su mirada penetrante directamente en los ojos del niño extranjero.

​—No te llamamos "joven maestro" por las reglas de Hanyang, ni por los títulos baratos que los tiranos de este lugar se inventan —sentenció Meili con absoluta firmeza—. Te llamamos así porque cuando nosotras teníamos diez y doce años, ya habíamos visto a miles de hombres arrodillarse, suplicar y llorar piedad ante el poder. Hemos visto a genios y patriarcas quebrarse por dentro ante la más mínima presión del destino. Pero tú... con un cuerpo de seis años, sin una sola gota de Qi, consumido por una fiebre que desafía las leyes de la biología y cargando una anomalía que amenaza con desintegrar la realidad misma... no te has quebrantado ni una sola vez.

​Lin asintió lentamente, completando la idea con una seriedad que eliminaba cualquier rastro de duda.

​—En el mundo, el respeto no se gana con la cantidad de energía que fluye por tus meridianos, sino con la densidad de tu voluntad —dijo Lin con suavidad, rozando con los dedos el borde de la mesa—. Tú eres un lienzo en blanco para el Qi, sí. Pero lo que habita en tu alma es un abismo que ni nosotras, con la sangre del veneno imperial corriendo por nuestras venas, nos atrevemos a subestimar. Eres el único ser en este maldito lugar que nos mira de igual a igual, sin miedo y sin sumisión.

​Daniel guardó silencio. Su mente procesó la respuesta, evaluando la lógica emocional y táctica detrás de sus palabras. No era una sumisión ciega; era un reconocimiento entre rarezas, una alianza tácita entre aquellos que el mundo daba por muertos pero que se negaban a obedecer las reglas establecidas.

​—Entendido —zanjó Daniel con un suspiro corto, volviendo a recostar la espalda contra la fría pared de madera—. Entonces guarden su respeto para cuando tengamos que salir de aquí. Quedan seis días para el plan de fuga. Más les vale que sus famosas habilidades de la realeza del veneno sigan tan afiladas como dicen.

Un tic casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios infantiles mientras una fina gota de sudor frío recorría su sien. Internamente, su mente de catorce años procesó la avalancha de discursos solemnes, la lealtad ciega y los títulos nobiliarios con una mezcla de desconcierto y absoluta incredulidad.

Me volvieron a decir prácticamente lo mismo, pensó Daniel, sintiendo un leve tic en el párpado.

Al alzar la vista, volvió a toparse con las sonrisas de ambas: esas expresiones de labios perfectos, dulces y calculados que no alcanzaban a reflejar nada en sus ojos.

Están locas. Definitivamente están locas... ¿Quizás es por el veneno? ¿Tanto estar metidas en toxinas ya les frió el cerebro o qué mierda les pasa?

Lin y Meili, al notar la pausa abrupta del niño y la forma en que sus ojos almendrados las escrutaban con una mezcla de fastidio y diagnóstico clínico, inclinaron la cabeza al unísono, manteniendo esa aura de elegancia letal que desafiaba la miseria del calabozo.

—¿Ocurre algo, joven maestro? Tu pulso vuelve a acelerarse —inquirió Lin con una suavidad tan exagerada que rozaba la burla consciente, ladeando el rostro con una gracia impropia de una lavandera.

—Nada. Solo verificaba que su daño cerebral por exposición prolongada a metales pesados y toxinas sigue avanzando a un ritmo constante —replicó Daniel con la voz más seca del mundo, cerrando los ojos para fingir un descanso que sus neuronas hiperactivas se negaban a conceder—. Cierren la boca y guarden energías. Mañana hay que lavar ropa sin llamar la atención de los capataces.

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FuKagaku
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