Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 14. VELAS DE ARMAS EN LA SALA DE ESPERA
POV MARIO
El olor a desinfectante, el sonido de las camillas rodando y el llanto de otros niños nos recibieron en el área de urgencias del hospital materno-infantil. Llevaba a Mía en brazos, envuelta en la manta. La pequeña seguía temblando, quejándose bajito contra mi cuello. Rocío entró pisándome los talones, sujetando a Lucas de la mano con firmeza para que no se perdiera entre el caos de la sala.
El proceso de triaje fue angustioso. Al ver los cuarenta grados de fiebre, una enfermera nos hizo pasar de inmediato a un box de examen. Rocío se colocó al lado de la camilla, acariciando la frente de la niña mientras un médico joven y de aspecto cansado comenzaba a revisarla: le miró las pupilas, le escuchó el pecho y, al revisarle los oídos, la pequeña soltó un grito de dolor que me encogió el corazón.
—Tranquilos —dijo el pediatra, retirando el otoscopio y dedicándonos una mirada tranquilizadora—. No es nada de gravedad extrema, pero sí es una otitis aguda muy fuerte en el oído derecho. La infección ha avanzado rápido y eso ha provocado el pico de fiebre tan alto y los delirios. Vamos a ponerle un antipirético y un antibiótico por vía intravenosa para bajar la temperatura de golpe. Tendrán que quedarse en observación unas horas hasta que la fiebre baje de los treinta y ocho grados.
El suspiro de alivio que soltó Rocío se escuchó en todo el box. Se dejó caer en la silla metálica al lado de la camilla, cerrando los ojos un segundo.
—Gracias, doctor —murmuró ella, con la voz temblorosa por la adrenalina acumulada.
Una enfermera entró para canalizarle la vía a Mía. Lucas, que se había mantenido pegado a la pared del box viendo todo con ojos espantados, se giró para no ver la aguja. Me acerqué a mi sobrino, le revolví el cabello y lo atraje hacia mí, abrazándolo de lado.
—Ya pasó lo peor, campeón —le susurré al oído—. Tu hermana está en buenas manos. En unas horas nos la llevamos a casa. Has sido muy valiente.
El niño asintió, escondiendo un momento el rostro contra mi costado, relajando por fin la rigidez de sus hombros.
POV ROCÍO
A las cuatro de la madrugada, el hospital se sumió en una calma relativa. A Mía ya le había hecho efecto la medicación; la fiebre había bajado a 37.8 °C y dormía plácidamente en la camilla del box de observación, con el rostro ya sin el rubor encendido de la enfermedad.
Mario había acomodado a Lucas en un rincón de la sala de espera exterior, juntando dos sillones acolchados y tapándolo con su propia chaqueta de traje. El niño se había quedado profundamente dormido, agotado por las emociones del día.
Regresé al box y encontré a Mario sentado en una de las incómodas sillas de plástico gris junto a la camilla de la niña. Tenía la camisa desabrochada en el cuello, la corbata guardada en el bolsillo y los ojos fijos en el monitor que controlaba las constantes de Mía. Se veía cansado, con la sombra de la barba de dos días marcándosele en la mandíbula, pero seguía transmitiendo una fuerza y una seguridad absolutas.
Me senté en la silla de al lado. El espacio era tan estrecho que nuestras rodillas se rozaron de inmediato.
—Está mucho mejor —susurré, mirando el pecho de Mía subir y bajar de forma acompasada.
—Sí —asintió Mario, girando la cabeza para mirarme. Extendió su mano izquierda y buscó la mía, entrelazando nuestros dedos sobre el reposabrazos metálico. Su tacto estaba cálido, reconfortante—. El médico dice que si la próxima dosis de antibiótico mantiene la fiebre controlada, nos darán el alta al amanecer.
Nos quedamos en silencio, escuchando el pitido rítmico y suave del monitor médico. El cansancio empezó a pasarme factura de golpe; sentía los párpados pesados y la cabeza me daba vueltas. Sin darme cuenta, apoyé la cabeza en el hombro de Mario, buscando su calor.
Mario reaccionó de inmediato. Pasó su brazo por encima de mis hombros, atrayéndome hacia su cuerpo, permitiendo que me acomodara contra su pecho. Con su otra mano, continuó acariciando mis dedos de forma rítmica.
—Gracias por no asustarte, Rocío —murmuró con voz baja, apoyando su mejilla contra mi cabello—. En el coche... cuando la niña deliraba... vi cómo manejabas la situación con Lucas y con ella. Tu hermana estaría orgullosa de ver cómo estás cuidando de sus hijos.
Una lágrima solitaria, esta vez no de culpa sino de pura emoción, resbaló por mi mejilla y mojó la tela de su camisa.
—Tenía muchísimo miedo, Mario —confesé en un susurro, cerrando los ojos—. Miedo de fallarles, de que les pasara algo malo por no haber reaccionado a tiempo. Pero cuando te vi tomar las riendas... supe que nada malo podía pasarnos si estábamos juntos.
—No les va a pasar nada —prometió él, plantando un beso tierno y prolongado en mi coronilla—. Ya te lo dije: de esta tormenta salimos juntos. Somos su escudo, Rocío. Y nos estamos convirtiendo en algo mucho más fuerte de lo que dictaba ese testamento.
El contacto de su cuerpo, el latido constante de su corazón bajo mi oído y la firmeza de su brazo rodeándome me dieron una paz que no recordaba haber sentido jamás. Pasamos el resto de la madrugada así, en vela de armas, compartiendo las sillas del hospital, cuidando el sueño de la pequeña Mía y entrelazando nuestros destinos de una forma tan real y humana que ningún detector del mundo habría podido tachar de artificial. El amor ya no era una hipótesis en nuestro guion; era la única verdad que nos mantenía en pie.