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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 — Volver a casa

El tren avanzó despacio, dejando atrás la ciudad.

Mela iba sentada junto a la ventanilla, con la cabeza apoyada en el cristal y los ojos cerrados. Había guardado la maleta en el compartimento superior y un bolso pequeño debajo del asiento. Adentro solo llevaba algo de ropa y unas pocas pertenencias. Ni joyas ni recuerdos que quisiera conservar.

Abrió los ojos poco a poco y se quedó mirando una llave vieja de color opaco y una tarjeta que Arman le había dado.

Sonrió con amargura, recordando el momento en que recogió sus cosas para marcharse de la casa de los Wijaya.

Con toda su arrogancia, Arman y su exsuegra no habían dejado de menospreciarla, convencidos de que no sobreviviría sin ellos.

Peor aún: cuando Arman quiso darle parte de las propiedades que le correspondían como bienes gananciales, Camila y Diana se lo impidieron. Dijeron que Mela no merecía nada porque durante los años que formó parte de la familia Wijaya no había contribuido en absoluto.

Mela sonrió con sarcasmo. ¿Que ella no había contribuido? Qué gracioso.

Era cierto que no había ayudado a expandir el negocio familiar ni había salido a ganar dinero. Pero fue ella quien cuidó, atendió y sirvió a la familia Wijaya. No durante uno ni dos años. Durante veinte. Y eso no era poco tiempo.

Sin ella, ¿acaso Arman habría podido trabajar tranquilo? ¿Habría mejorado la salud de Diana? ¿Habría crecido Lina sana como estaba ahora?

Siempre subestimaron su esfuerzo y su sacrificio. Y llegaron a traicionarla. No solo Arman: también su exsuegra y su propia hija se pusieron del lado de una extraña.

Mela seguía contemplando aquellos dos objetos. A pesar de que Camila y Diana le prohibieron a Arman darle parte de los bienes, él le había entregado dinero de todos modos.

Lo usaría bien en cuanto llegara a su lugar de origen: el pueblo de Morana.

Guardó ambas cosas en el bolso y miró por la ventanilla.

Cada kilómetro que dejaba atrás era como una capa de peso que se desprendía de su pecho. Los edificios altos cedieron paso a campos de cultivo; el bullicio de la ciudad se transformó en el viento que acariciaba el cristal.

Recordó aquella casa: el piso de madera que crujía, el patio pequeño con el viejo árbol de mango, el olor a tierra mojada después de la lluvia. El lugar que había abandonado para casarse, en busca de una vida que creyó mejor.

Al poco rato, el tren se detuvo.

Mela se levantó, tomó su bolso y bajó la maleta del compartimento. Con paso seguro, descendió del vagón y la recibió el aire fresco de Morana, con una sencillez que casi había olvidado.

Caminó por el camino del pueblo arrastrando la maleta despacio. Algunas personas voltearon a verla; unas la reconocieron, otras simplemente le sonrieron.

Llegó frente a la casa de madera que sus padres le habían dejado. Seguía en pie, aunque se veía vieja y la pintura se descascaraba.

Metió la llave, abrió la puerta con cuidado y la recibieron el polvo y un silencio que no asustaba.

Entró despacio. Su mirada recorrió toda la estancia. Dejó la maleta en el suelo y fue caminando, pasando la mano por cada mueble cubierto con telas blancas cargadas de polvo.

Tiró de una de las telas. Una nube de polvo se levantó de golpe y la hizo toser. Luego se dejó caer en una silla, respiró hondo y sonrió.

—Por fin estoy en casa —susurró para sí misma.

Se levantó al fin, arrastró la maleta al dormitorio. Al abrir la puerta, otra vez la recibió el polvo. Dejó la maleta en un rincón, se arremangó y empezó a limpiar la casa, comenzando por su cuarto.

—Mañana voy a tener que comprar cosas de limpieza nuevas y algo de herramienta para arreglar el patio y el huerto —murmuró.

Se secó el sudor, siguió barriendo y quitando telarañas. Después pasó a la sala y a la cocina.

Respiró hondo con las manos en la cintura. La cocina que había dejado abandonada tanto tiempo seguía igual. Todavía funcionaba con leña y con utensilios básicos.

Se puso a limpiarla, encendió la leña en el fogón y puso agua a hervir.

Sin darse cuenta, ya era de noche. Mela cerró la puerta de madera, apagó la luz de la sala y decidió acostarse temprano.

Se tendió en la cama y se quedó mirando el techo en silencio.

Ahora sí empezó a sentir la soledad. Los únicos sonidos eran los de los animales nocturnos afuera. Pero no tenía miedo. Iba a tener que acostumbrarse a estar sola.

A la mañana siguiente en Morana, la luz del sol se coló por las rendijas de la madera. Pero Mela no se levantó de inmediato.

Se quedó acostada, miró la hora en el celular y sonrió. Por primera vez en años, no tenía que madrugar más que nadie. No tenía que preparar las cosas de otro, ni atender a nadie, ni pensar en los horarios de medicinas ajenas.

Aun así, se levantó cuando el sol ya estaba alto. Ese día iría al mercado a comprar artículos de limpieza, lo necesario para la cocina y el baño.

Se aseó y se preparó. Al salir de la casa, los vecinos empezaron a fijarse en ella. La saludaron con una sonrisa, sin atreverse a preguntar nada.

Pero en cuanto pasó de largo, se juntaron a cuchichear.

—¿Esa no es Mela? ¿Por qué volvió al pueblo así de repente? ¿La habrá corrido su marido el ricachón?

—¡Shh! No hables sin saber. ¿Y si Mela te oye?

—¿Qué, no te da curiosidad?

—Bueno... sí. Pero no es asunto nuestro.

Mela, que no se había alejado demasiado, alcanzó a oír retazos de la conversación. Pero solo sonrió, sin intención de detenerse ni de dar explicaciones.

Ya se lo esperaba: su regreso se convertiría en tema de conversación entre los vecinos. Sobre todo porque había vuelto sola, después de veinte años.

Pero no le importaba lo que pensaran. Lo importante era reconstruir su vida en la tierra donde nació.

Poco después, con las compras hechas, Mela volvió en la parte trasera de una camioneta que le hizo el favor de llevar sus cosas.

Una vez que bajaron todo, instaló de inmediato una estufa de gas, puso a calentar agua y preparó té.

Después barrió el patio, arrancó la maleza y se sentó en el porche a disfrutar de una taza de té caliente.

Cerró los ojos. Saboreó el aire fresco sin quejas ni órdenes de fondo. Solo los pájaros y el viento.

—Creo que voy a tener que arreglar la casa y hacer un terreno para plantar hortalizas —dijo para sí.

Los días siguientes transcurrieron con sencillez. Empezó a reparar la casa poco a poco: cambió las tablas podridas, repintó las paredes de un color neutro, plantó chiles y verduras en el solar.

Los vecinos comenzaron a observarla con más atención. Una de ellas, Dora, se animó a visitarla.

—¿Qué estás haciendo, Mel? —preguntó Dora.

Mela levantó la vista y sonrió. —Ah, Dora. —Se incorporó—. Solo estoy plantando unas verduras. ¿Qué pasó?

—No, nada. Es que ya llevas unos días desde que volviste y no había tenido oportunidad de saludarte —dijo Dora.

Mela sonrió. —No te preocupes.

—Pero... —Dora se acercó un poco más—. Si se puede saber, ¿por qué volviste así de repente? O sea... —Miró hacia el interior de la casa y luego volvió a posar los ojos en Mela.

—¿Dónde están tu esposo y tu hija?

Mela se quedó callada. Sin darse cuenta, sus dedos apretaron con fuerza la herramienta que sostenía.

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