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Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Renací Como Limpiadora ...Pero Soy La Madre Dela Hija Del CEO

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: El traidor

Compré la memoria USB en una tienda del centro, de esas que venden de todo, donde la dueña no te pregunta nada. Diez pesos. La más chica, de ocho gigas. Me la guardé en el sujetador, junto a la factura de Mendoza que llevaba semanas ahí.

Esa noche, en el piso cuarenta y cinco, esperé a que Martita y las otras limpiadoras terminaran su turno y se fueran. A las once y media estaba sola. El único ruido era el aire acondicionado y el zumbido lejano de la ciudad allá abajo.

Fui directo a la oficina de Mendoza.

La puerta tenía cerradura, pero la de cristal. Miré a ambos lados. Saqué una tarjeta de crédito vieja que traía en la billetera, la deslicé entre el marco y la puerta, y abrí. Cosas de pueblo. En el campo nadie cierra con llave, pero se aprende a abrir lo cerrado.

Entré. Cerré la puerta detrás de mí. Encendí la lámpara del escritorio, con la pantalla cubierta por mi delantal para que la luz no se viera desde el pasillo.

El escritorio de Mendoza era el de un hombre ordenado. Carpetas etiquetadas. Bolígrafos en un vaso de cristal. Una foto de su familia, esposa y dos niños, en un marco de plata. Lo miré un segundo. Un padre de familia. Que conspiraba para robarle una finca a una chica del campo. La gente es así de rara.

Probé los cajones. El primero, llaves y papeles viejos. El segundo, una botella de whisky y un vaso. El tercero, cerrado con llave.

Me agaché. Miré la cerradura. Era una de esas simples, de las que se abren con un clip. Enderecé un clip que traía en el bolso, lo metí, moví despacio. A la tercera intento, clic.

Dentro, una carpeta azul. La saqué. En el lomo, una etiqueta: "Proyecto Vega".

Abrí.

Las primeras hojas eran un acuerdo de compraventa. El Grupo Montenegro vendía la división de alimentos orgánicos a una empresa llamada "Alimentos del Sur S.A." por una suma que me hizo parpadear. Muchos ceros. Los representantes de Alimentos del Sur: R. Vega.

Seguí pasando hojas. Contrato de suministro. Proveedor exclusivo de huevos para la nueva empresa: "Granjas Méndez S.A." Representante legal: Carlos Méndez Rojas.

Me quedé mirando la hoja. Carlos no tenía ninguna granja. La única granja de huevos orgánicos de la zona era la mía. O sea, lo que planeaban era esto: Vega compraba la división orgánica. Carlos, a cambio de quedarse con mi finca, se convertía en el proveedor de huevos. Mi tierra, mis gallinas, mi trabajo, todo pasaba a ser de ellos. Y yo, en la calle.

Todo encajaba. Cada pieza. La demanda por la finca. El sabotaje que vendría después. La presión a Alejandro para vender. Todo era un engranaje, y yo era la pieza que iban a aplastar.

Saqué la USB. La metí en la computadora de Mendoza. Tuve suerte: no tenía contraseña, o la había dejado abierta. Copié toda la carpeta. También saqué mi celular, el viejo de pantalla rajada, y le tomé fotos a cada hoja del contrato, por si acaso. Dos copias. Nunca confíes en una sola.

Guardé todo. Cerré el cajón. Acomodé la carpeta exactamente como estaba. Apagué la lámpara. Me dirigía a la puerta cuando escuché pasos en el pasillo.

Se acercaban.

Miré alrededor. No había dónde esconderse, excepto detrás de la puerta. Me apreté ahí, pegada a la pared, conteniendo la respiración.

La puerta se abrió. Entró Mendoza. Olía a whisky. Caminó hasta el escritorio, encendió la luz, y se sentó. Yo seguía detrás de la puerta, inmóvil. Si giraba la cabeza un poco a la izquierda, me veía.

Sacó el celular. Marcó.

—Soy yo —dijo, y su voz era baja, gruñona—. No, todavía no. La chica no ha firmado. Sí, la demanda está puesta, pero su abogada es más lista de lo que pensábamos. Tiene la escritura a su nombre. No, no lo sabíamos. La madre se la dejó antes de morirse.

Pausa. La voz al otro lado no se oía, pero adivinaba que era Vega.

—Sí, ya sé que hay prisa —continuó Mendoza—. Pero Montenegro está oliendo algo. No me preguntes cómo, pero ha estado preguntando por proveedores pequeños, por el sur. Si sigue así, descubre el plan. Hay que apurarse. La semana que viene, junta de accionistas. Si para entonces no tenemos a la chica fuera de la finca, el contrato de suministro no sirve de nada.

Otra pausa. Luego:

—Sí. Haz lo que tengas que hacer. No me importa. Pero que para la semana que viene la finca esté a nombre de Carlos. O el trato se cae.

Colgó.

Mendoza se quedó sentado un rato, mirando el escritorio. Luego abrió el cajón de la carpeta azul. La sacó. La hojeó. La volvió a guardar. Cerró el cajón con llave. Se levantó.

Y entonces se detuvo. Miró la papelera. Yo la había vaciado, como parte de la limpieza. Era normal. Pero él se acercó, miró adentro, vacía, y frunció el ceño.

—Martita siempre vacía la papelera a las nueve —murmuró para sí mismo—. ¿Quién anduvo aquí a esta hora?

Se giró. Miró la puerta. Yo estaba pegada a la pared, detrás, a un centímetro de su nariz. Si extendía la mano, me rozaba.

Pero no lo hizo. Cogió su abrigo del perchero, apagó la luz y salió. La puerta se cerró.

Conté hasta cien. Salí de detrás de la puerta. Tenía las piernas temblando. Me apoyé en el escritorio un segundo para recobrarme. Luego salí de la oficina, cerré con la tarjeta, y me fui al sótano a guardar las cosas.

En el autobús de vuelta a casa, a las cinco de la mañana, saqué la USB del sujetador y la miré a la luz del amanecer que se filtraba por la ventana. Ahí estaba. Toda la prueba. El contrato. Los nombres. Las fechas.

Pero también sabía algo más. Mendoza sospechaba. Sabía que alguien había estado en su oficina. Y la semana que venía, la junta de accionistas. Tenían una semana para quitarme la finca. O el trato se caía.

O sea, que ellos tenían una semana. Y yo también.

Llegué a casa. Sofía dormía en el sillón, me esperaba. No la desperté. Me senté en la mesa de la cocina, puse la USB sobre la madera, y me quedé mirándola un buen rato.

Clara, la gallina, cacareó en el corral afuera. Empezaba a amanecer.

Agarré el celular. Marqué al abogado, doña Carmen Rojas. Le dejé un mensaje en el buzón: "Tenemos lo que necesitábamos. Llámame en cuanto puedas. Urgente".

Luego me serví un agua, me tomé la pastilla de ácido fólico que el doctor me había recetado, y me acosté. Antes de dormir, me quedé mirando la panza, que ya no se podía disimular ni con el delantal más grande.

Una semana, pensé. Una semana para que todo cambie. O para que todo se acabe.

Apagué la luz.

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nezhan
Hola, Rosemary, muchas gracias por leer con tanto detenimiento y por tus excelentes preguntas. 💛

Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.

En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
nezhan
Hola, Jessica, gracias por tu comentario. 🐔💛

Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.

Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨
Rosemary Hernandez
de dónde salió esa primera hija?
Jessica Flores
los animalitos son guardianes 🥰,y la gallina clara es su guardiana
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