Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Me duele la panza
Dormimos hasta tarde.
Cuando abrí los ojos, el sol ya estaba alto y Damián seguía dormido a mi lado, con el ceño fruncido hasta en sueños, un brazo pesado echado sobre mi cintura como si tuviera miedo de que me fuera. Lo miré un rato, así, sin su coraza, y me sorprendí pensando que se veía casi humano.
Se despertó y me cachó mirándolo.
—¿Qué tanto me ves, nena? —Voz pastosa de sueño.
—Nada. Que ronca usted.
—Yo no ronco.
—Como oso.
Me hizo cosquillas hasta que grité, y nos molestamos un rato como dos escuincles, entre las sábanas, riéndonos de tonterías. Y en algún momento, con la cabeza en su pecho, se me salió el desconsuelo de la noche anterior —Kevin, la boda, todo— y él, en lugar de callarme, me dijo algo que me desarmó por completo.
—Oye. —Me acomodó un mechón detrás de la oreja—. Tienes veintitantos y ya andas guardándote todo por dentro. Eso enferma. —Me miró con esa franqueza suya que no pedía permiso—. Llora cuando quieras llorar. Ríe cuando quieras reír. No te aguantes las cosas para quedar bien con nadie. La vida es una y se acaba.
Me quedé callada. Nadie me había dicho algo así. Ni Kevin, que me consentía, ni mi mamá, que me exigía. Este hombre al que todos le temían, con su ventaja de diez años más que yo, me estaba enseñando a llorar.
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Me besó despacio, sin la urgencia de las otras veces, con la pereza dulce de una mañana sin prisa. Y volvimos a querernos así, entre las cobijas tibias y la luz del mediodía, sin drama, sin deuda, sin fantasmas: solo dos cuerpos que ya se conocían, tomándose su tiempo.
Fue distinto de todas las veces anteriores. No fue descarga, ni castigo, ni consuelo. Fue casi… doméstico. Sus manos recorriéndome sin buscar borrar nada, mi risa cuando me hizo cosquillas en mitad de un beso, la manera perezosa en que nos movíamos, como si tuviéramos toda la vida por delante. Terminé con la cara escondida en su cuello, y él me abrazó y se quedó así, quieto, respirándome el pelo, sin soltarme, mucho después de que hiciera falta.
Algo se había movido de lugar entre nosotros. Ya no era el trato. Ya no eran los quinientos mil. Era otra cosa, una que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
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Se levantó a cocinar. Con sus propias manos.
Me preparó unos huevos con chile y unas tortillas doradas, y estaba bueno, muy bueno, y yo, entre bocado y bocado, aproveché para cobrarle las promesas.
—Oiga. La casa. El auto. La empresa que me iba a montar. Todo lo que dijo aquella noche en la fiesta de Brenda.
Damián le dio la vuelta a un huevo en el sartén, tan tranquilo.
—Ya te tengo a ti. ¿Para qué quieres una empresa?
—¡Eso no se vale! —protesté—. Usted prometió…
—Come, nena. Se te enfría.
—¿Y la casa? —insistí, robándole una tortilla del comal—. Dijo que me iba a comprar una casa.
—Vives en la mía. Ya tienes casa.
—¿Y el auto?
—Yo te llevo a donde quieras. Ya tienes chofer. —Me quitó la tortilla de la mano y le echó el huevo—. Come, mensa, que hablas mucho.
—Es usted un tramposo, Damián Godoy. —Me crucé de brazos—. Promete y no cumple. Como todos.
Se puso serio de repente. Dejó el sartén, se limpió las manos en un trapo y me tomó la cara con las dos manos, mirándome de un modo que me borró la sonrisa.
—Yo cumplo, nena. Todo lo que te prometí te lo voy a dar y más. Casa, autos, empresa, lo que quieras. —Me pasó el pulgar por la mejilla—. Pero primero deja que te tenga a ti. Lo demás son cosas. Tú no.
No supe qué contestar. Me hice la enojada y me metí el huevo a la boca para no tener que hablar. Pero por dentro me dio un calorcito tonto en el pecho que no supe explicar, y que me dio más miedo que cualquier deuda.
Una semana después, sin darme cuenta muy bien de cómo, ya me había mudado con él. A plena luz del día, sin pedir permiso, me fui llevando mis cosas del departamento de Alondra —que me miró con las cejas levantadas y una sonrisa medio preocupada— y las fui acomodando en la casa de Damián como si siempre hubieran estado ahí. Él no dijo nada. Un día llegó y encontró mis cremas en su baño, mi cepillo junto al suyo, mi ropa en su clóset, y nada más levantó una ceja y siguió como si tal cosa.
Así quedó instalada la convivencia. Sin acuerdo, sin palabras. Nos picábamos todo el día y él me consentía a regañadientes, gruñendo, haciéndose el duro.
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Esa noche me bajó la regla.
Con unos cólicos que me doblaron en el sillón. Y le pedí a Damián, con voz de niña chiqueada, que bajara a la farmacia de la esquina por toallas.
—¿Yo? —Puso una cara de horror que no le había visto ni frente a sus peores enemigos—. ¿Y si me topo a un conocido comprando eso?
—Le duele a usted el orgullo o me duele a mí la panza. —Me hice bolita—. Ándele. Por favor. Nene.
Se le quedó grabada esa palabra —"nene"— la primera vez que se la dije. Levantó una ceja, la saboreó, y algo se le suavizó en la cara aunque no quiso demostrarlo.
—Ni creas que porque me dices "nene" te vas a salir con la tuya —refunfuñó. Pero ya se estaba poniendo la sudadera—. ¿De cuáles? ¿Hay de varias?
—De las que sea, nene. Las de la caja rosa.
—Caja rosa. Ajá. —Se puso las chanclas, resignado—. Si me ve un conocido comprando esto, te juro que…
—No lo van a reconocer en chanclas. Ándele.
Y bajó. El gran Damián Godoy, el Verdugo que hacía temblar salas de juntas, el hombre del que la gente se apartaba en los pasillos, bajó a la farmacia de la esquina a las diez de la noche, en pants y chanclas, a comprar toallas femeninas de la caja rosa, gruñendo todo el camino como un oso al que despertaron de la hibernación.
Yo me quedé acurrucada en el sillón, con la bolsa de agua caliente sobre la panza, sonriendo sola de imaginármelo en la fila de la farmacia. Y sin querer, entre el calorcito y el cansancio, se me cerraron los ojos.
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Damián volvió de la farmacia con la bolsa en la mano.
Y se detuvo en la puerta.
Yo estaba dormida en su sillón, hecha un ovillo, con la respiración tranquila, mis cosas regadas por su sala que hasta hacía una semana había estado siempre impecable y vacía. Se quedó ahí parado, mirándome, con la bolsa de la farmacia colgando de la mano.
Y le pasó algo por dentro que no esperaba.
Se acordó, de repente, de todas las noches anteriores. De cómo era esa casa antes de mí: silenciosa, ordenada, muerta. De cómo llegaba él del trabajo a esas paredes que no le decían nada, se servía un trago solo, se dormía solo, se despertaba solo. Años así. Toda una vida así, creyendo que las mujeres estorbaban, que estar solo era estar libre.
Y ahora había una muchacha dormida en su sillón, con sus cremas en el baño, quejándose de cólicos, diciéndole "nene", llenándole la casa de ruido y desorden y vida.
Bajó la vista a la bolsa de la farmacia. La apretó.
Y por primera vez en su vida, Damián Godoy sintió miedo. No de un enemigo, no de una junta, no de perder dinero.
Miedo de que ese sillón volviera a quedarse vacío.
De volver a esa casa muda.
De volver a estar solo.