Helena ha vivido dos veces… y en ambas terminó muerta.
En su primera vida eligió a Menelao, creyendo que un rey podía ofrecerle amor y protección. Descubrió demasiado tarde que detrás de su corona había un hombre celoso, posesivo y cruel, capaz de convertir el matrimonio en una prisión.
En su segunda vida huyó de él y creyó en las promesas de París. Fue otro error. París solo quería presumir de su belleza, beber, divertirse y convertirla en un trofeo. Cuando Troya cayó, Helena volvió a morir.
Pero la tercera vez será diferente.
Cuando llega el momento de escoger esposo, Helena recuerda a un joven que una vez le ofreció un pañuelo mientras lloraba: Héctor, príncipe de Troya. Un hombre que todavía es soltero, noble y libre.
Sin dudarlo, Helena lo elige.
Ahora deberá conquistar su corazón… y desafiar una historia que sabe que terminará con Héctor muerto en batalla.
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Los dioses que velarán por Troya
Afrodita la miró fijamente, y en sus ojos brillaba una pregunta que no se quedaba en la superficie.
—¿Por qué me pides eso, Helena? Hay algo que no me dices, algo que no sé.
Helena apretó los labios. No podía decírselo. No podía explicarle que esta era su tercera vida, que en las dos anteriores toda Grecia se había unido para atacar Troya, que siempre encontraban una excusa para hacerlo. No podía contarle cómo ardía la ciudad, cómo caían sus muros, cómo perdía todo lo que amaba. Ahora vivía aquí, era parte de este reino, se había casado con su príncipe… y no iba a permitir que la historia se repitiera. Y una pieza clave para lograrlo, lo sabía bien, era la protección de Poseidón.
—Lo necesito, Afrodita —dijo con firmeza, sin apartar la vista—. Sé que Poseidón tiene debilidad por ti, en general por cualquier diosa hermosa, pero creo que tú eres su favorita. Si alguien puede convencerlo, eres tú.
Afrodita soltó una carcajada clara y sonora, como el agua de una fuente.
—¡Es verdad! Poseidón es muy ojo vivo, no se le escapa una. Está bien, hablaré con él y sacaré su bendición, no te preocupes. Pero… —se detuvo, mirando hacia las murallas de Troya, con una sonrisa que se volvió más profunda—, creo que también te vendría bien la bendición de Apolo.
—¿Apolo? —repitió Helena, sorprendida.
—Sí, el dios sol, que todo lo mira y todo ilumina. Si vas a tener a Poseidón protegiendo los mares que rodean tu ciudad, ¿por qué no también tener a Apolo protegiéndola desde el cielo, como la luz que nada puede apagar?
Helena no lo podía creer. Su hermana acababa de darle una idea aún mejor de lo que ella misma había pensado.
—¿Y tú crees que puedas conseguirlo? —preguntó, con esperanza brillando en sus ojos.
Afrodita rió de nuevo, con total confianza.
—Le diré a Apolo y dirá que sí, te lo aseguro. Pero no porque sea mi fan —dijo, guiñándole un ojo—, sino porque es fan tuyo.
—¿Mío? —Helena frunció el ceño, confundida.
—Claro, desde pequeño —explicó Afrodita con naturalidad—. ¿Recuerdas aquella vez que se hizo un raspón en el brazo jugando y tú le pusiste una curita? Declaró en ese instante que siempre te protegería y cumpliría tus deseos cuando le pidieras algo. Si le digo que quieres que proteja la ciudad de tu esposo… seguro que no lo duda ni un segundo. Es más, conociéndolo, va a aparecer su imagen en alguna esquina de Troya, predicando a los cuatro vientos su presencia como protector de tu ciudad, de Troya.
Helena soltó una risa sincera, llena de asombro. Era verdad. Lo había conocido solo una vez cuando eran pequeños, un recuerdo lejano y dulce que casi había olvidado. ¿Sería posible? ¿Aquella pequeña bondad de niña tendría ahora tanto poder?
—Habrá que comprobarlo —dijo, sonriendo con el corazón más ligero que en mucho tiempo—. Gracias, hermana. De verdad.
Afrodita le dio un abrazo rápido pero lleno de afecto, y al separarse, su mirada era seria y decidida.
—Cuenta con ello. Tendrás a los dos dioses de tu lado. Troya estará protegida.
Y antes de que Helena pudiera responder, la diosa se desvaneció en un resplandor dorado, dejando tras de sí solo el aroma de rosas y una promesa divina.