Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 5
En cuanto sonó el timbre del recreo y los pasos de la profesora Aurora dejaron de oírse, la tensión del 1.º C estalló de golpe. Tino corrió al frente del salón mientras hurgaba en el bolsillo del uniforme y sacaba un frasquito con un líquido químico especial.
—Mateo, ¡aguanta un poco! Tengo un líquido especial para quitar este pegamento —susurró Tino, presa del pánico, mientras vertía unas gotas entre la tela del pantalón de Mateo y la superficie de la silla.
Raaas…
Mateo tiró del cuerpo con un fuerte tirón. Por fin logró soltarse y ponerse de pie, pero, para su desgracia, la parte trasera de su pantalón azul quedó con una mancha negra, densa y pegajosa que arruinaba su aspecto impecable.
—¡Maldición! ¡Se me ensució el pantalón! —maldijo Mateo, furioso, con la cara roja de vergüenza y de rabia.
Detrás del cristal entreabierto de una ventana del pasillo, Aurora, que espiaba a propósito sin que sus alumnos lo supieran, no pudo más que esbozar una sonrisa divertida. Negó con la cabeza al ver la ridícula travesura que, al final, se les había vuelto en contra.
Ay… Estos niños. Cómo les gusta jugar a estas cosas. A partir de ahora, ese será su último juego. Los voy a convertir en alumnos disciplinados, cueste lo que cueste, murmuró Aurora para sus adentros antes de alejarse de la zona del salón con una sensación de victoria.
*
*
Pasaron unas horas y por fin resonó el timbre largo que anunciaba la salida. Mateo caminaba junto a Martina hacia el estacionamiento. Pero de pronto se detuvo cuando le cortó el paso un alumno mayor, de contextura robusta.
—Oye, mocoso insolente… ¡ven acá! —le gritó Bruno, un alumno de 3.º famoso por su afición a buscar problemas y a abusar de los menores.
Mateo se detuvo y le hizo un gesto a su hermana para que esperara. Dejó a Martina sola bajo la sombra frondosa de un árbol.
—Mateo, ¡no tardes! —exclamó Martina con la cara angustiada.
Mateo no respondió. Con valentía, siguió avanzando hacia Bruno y su pandilla de cinco. Al instante rodearon a Mateo en un rincón del estacionamiento, que ya empezaba a quedar desierto.
—¿Para qué me llamaste? —preguntó Mateo sin inflexión, sosteniéndole la mirada a Bruno sin el menor temor.
Bruno resopló, molesto por la calma del menor.
—Tsk, mocoso creído. ¿Así recibes a tu superior, eh?
—Dale una lección, Bruno. Estos mocosos apenas salidos del cascarón ya se creen la gran cosa —azuzó Gael, uno de los miembros de la pandilla, tratando de caldear el ambiente.
Al oír aquella provocación, Mateo apretó los puños con fuerza dentro del bolsillo. Era la tercera vez que esta pandilla de idiotas —así los llamaba Mateo en su cabeza— intentaba fastidiarlo y extorsionarlo.
—Ya, no hables tanto. ¿Qué es lo que quieren, eh? —replicó Mateo, irritado, subiendo la voz.
Bruno, sintiendo desafiada su autoridad, dio un paso al frente, estiró la mano y agarró el cuello de la camisa de Mateo con brusquedad, hasta arrastrarlo hacia delante.
—Oye, imbécil, ¿ya te cansaste de vivir? ¡No te hagas el tonto! —lo amenazó Bruno, pegado a su cara—. El otro día te dije que necesito plata para el evento de mi grupo. ¡Andamos cortos de fondos! Y hasta donde sé, en tu curso hay puros hijos de empresarios y de gente rica. Nada que ver con el mío, donde no hay gente importante como tus papás.
Mateo apartó de un manotazo brusco la mano de Bruno, hasta zafarse de la sujeción en su cuello. Lo miró con ojos furiosos, devolviéndole la intimidación al mayor.
—¡Suelta! ¿Te crees que soy tu papá? Ve a pedirles a ellos, y no vuelvas a meterte nunca más en mi vida —gruñó Mateo, encolerizado.
Sin que nadie lo esperara, Aurora pasaba justo por aquel estacionamiento medio vacío. Esperaba allí a propósito su mototaxi de la app, porque le parecía un punto estratégico y no muy lejos de la sala de profesores. Pero su vista atrapó por casualidad la silueta de su alumno, Mateo, rodeado y maltratado por un grupo de alumnos mayores.
El instinto protector de la maestra le encendió el pecho de golpe. Aurora cambió de rumbo a toda prisa y se acercó al grupo.
Martina, que vigilaba desde el árbol, se sobresaltó al ver a su tutora lanzarse hacia allá de repente.
—¿Qué creen que están haciendo aquí, eh? —los reprendió Aurora con una voz atronadora que hizo saltar en pedazos la tensión del estacionamiento.
La voz firme y amenazante de una maestra hizo que Bruno y sus secuaces se estremecieran de golpe. Se giraron y encontraron a una profesora que los miraba con unos ojos dispuestos a despellejarlos vivos. El coraje de Bruno, que hasta hacía un momento tocaba el cielo, se le encogió al instante.
—¡Vámonos, vámonos! ¡Ahí viene una profesora! —susurró Bruno a sus compañeros, aterrado.
Antes de darse media vuelta para escapar de la embestida de Aurora, Bruno alcanzó a señalar la cara de Mateo con una mirada llena de rencor.
—¡Espera mi venganza, mocoso! —lo amenazó a media voz.
La pandilla de mayores atravesó el estacionamiento y huyó lo más rápido que pudo, después de que la nueva y temida profesora del Colegio Altamira los sorprendiera en plena extorsión.
Aurora se acercó con paso rápido a Mateo, que seguía plantado, rígido, en el mismo sitio. La expresión severa que había mostrado a la pandilla de Bruno se ablandó al instante y dio paso al destello de preocupación de una educadora.
—¿Estás bien, Mateo? ¿Qué te hicieron recién? Vamos, cuéntame —preguntó Aurora con dulzura, tratando de convencer a su alumno de que se abriera.
Pero, lejos de agradecerle, Mateo marcó distancia entre ambos. La herida interior, sumada a la rabia enorme por el incidente del pantalón pegajoso de esa mañana, le encendió el ego. Miró a Aurora con hostilidad.
—¡No se meta ni se haga la buena conmigo! ¡Profesora chismosa! —le espetó Mateo con sequedad. Sin esperar respuesta, el muchacho se dio la vuelta y salió disparado hacia Martina, abandonando el estacionamiento a toda prisa.
Aurora se quedó paralizada en su sitio. La brisa de la tarde le agitó el cabello, acompañando el silencio que Mateo dejó atrás. En la mirada del niño, antes de irse, Aurora aún podía leer con claridad la rabia y un muro defensivo férreo. Aurora tomó aire un momento y se pasó la mano por el pecho para calmar la punzada de ira que el trato grosero de su alumno le había despertado.
—Paciencia, Aurora… Ese niño solo está herido —murmuró para serenarse.
*
*
Esa noche, en una mansión suntuosa, Mateo se encaminó con paso decidido al despacho de su padre, en la segunda planta. Con un plan retorcido ya bien armado en la cabeza, giró el picaporte sin llamar antes.
Clic.
Alejandro Bustamante, concentrado en la pantalla del portátil, con los lentes apoyados en la nariz, frunció el ceño de inmediato. La aparición repentina de su hijo le rompió la concentración.
—¿Para qué me buscas? —preguntó Alejandro con frialdad, sin volverse, los dedos aún danzando sobre el teclado.
Mateo tomó aire hondamente y empezó a representar su drama. Poniendo la cara más lastimera posible, dio vuelta los hechos del incidente de la mañana. Montó un escenario falso: acusó a la profesora Aurora de ser una maestra cruel que a propósito lo había hecho caer en la trampa del pegamento de la silla del frente, hasta arruinarle el pantalón y humillarlo delante de los demás alumnos.
Al oír aquel relato tan estructurado saliendo de la boca de su hijo, Alejandro por fin dejó de teclear. Se volvió y lo miró de frente.
—¿Estás seguro de que esa nueva maestra se comportó así contigo?
—¡Sí, papá! Tú mismo puedes ver la prueba. Pregúntale a doña Rosa: el pantalón del uniforme quedó lleno de manchas de pegamento y no salían. ¡Y si todavía no me crees, pregúntales directamente a mis compañeros de curso! —lo desafió Mateo con aplomo, aprovechando que el pantalón de verdad estaba sucio.
Alejandro soltó el aire con brusquedad. Se quitó los lentes de leer y se apretó el puente de la nariz, dolorido. Como padre y como el mayor donante de aquel colegio, no podía quedarse de brazos cruzados si un maestro trataba a su hijo de forma arbitraria, por más travieso que Mateo hubiera sido siempre.
—Está bien, Mateo. Entonces mañana iré al colegio a reprender a esa nueva maestra en persona. Ahora vuelve a tu cuarto, todavía tengo trabajo sin terminar —dijo Alejandro, esforzándose por sonar algo más suave para que la agitación de su hijo bajara.
—Gracias, papá —dijo Mateo, conteniéndose para que no se le escapara la sonrisa.
Con el pecho rebosante de alegría, Mateo salió a toda prisa del despacho de su padre. Apenas se cerró la puerta, resultó que Martina ya estaba allí, esperándolo con cara de curiosidad desde hacía rato.
—¿Cómo te fue? —susurró Martina, intrigada.
Mateo esbozó una amplia sonrisa torcida y le dio una palmada satisfecha en el hombro a su hermana.
—¡Todo arreglado! Mañana, con papá metiéndose de por medio, esa maestra insoportable va a acabar despedida por el director, te lo aseguro —dijo Mateo, riendo por dentro con aire de triunfo.
*
*
Mientras los gemelos celebraban su plan taimado, en una modesta casa alquilada Aurora andaba atareada en la cocina. El reloj de pared ya marcaba las nueve de la noche, pero la hermosa mujer seguía preparando con esmero los ingredientes para la mañana siguiente.
Sobre la mesa de la cocina se alineaban diez loncheras vacías. Sí, Aurora estaba preparando el relleno para armar loncheras caseras. No había olvidado su promesa de la mañana: darles un premio especial a los diez alumnos que habían pasado al frente a participar en su juego, incluidos Mateo y Martina.
Mientras cortaba las verduras en forma de personajes graciosos, una sonrisa sincera se dibujó en los labios de Aurora. Pensaba que una lonchera casera con adornos llamativos seguro que ablandaría un poco el corazón de esos niños de ciudad, acostumbrados al lujo instantáneo. Aurora no tenía la menor idea de que aquellas loncheras hechas con cariño, preparadas con toda el alma, al día siguiente serían recibidas por una gran tormenta traída por su propio pasado.
Continuará…