Creyó vivir un cuento de hadas hasta que descubrió la traición: su esposo compartía su vida, su tiempo y su dinero con otra mujer. En lugar de luchar por un amor muerto, decidió renunciar a todo… menos a sí misma.
Pero pronto descubrirán que recibir lo que otros abandonan, trae consecuencias terribles. Ella se libera, se transforma y triunfa; ellos caen en la trampa que ellos mismos construyeron. ¿Quién saldrá ganando al final?
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Capítulo 1: Las sombras en la casa
El reloj de pared marcaba las siete y media de la tarde. El sonido rítmico y monótono de sus agujas parecía ser lo único que se movía con certeza en aquella casa grande, elegante y, sin embargo, cada vez más silenciosa. Yaneth dejó sobre la mesa de centro el último plato que acababa de limpiar, se enderezó despacio y pasó una mano suavemente por su cintura, como si quisiera asegurarse de que todavía seguía allí, firme, igual que su vida durante los últimos ocho años.
Ocho años. Ocho años de matrimonio, de levantarse antes que el sol para preparar el desayuno, de elegir cada prenda que Emiliano debía llevar para verse impecable en su oficina, de recibirlo siempre con una sonrisa cuando regresaba, aunque a veces él apenas dedicara unas palabras antes de encerrarse en su estudio o de caer rendido en el sofá diciendo que el trabajo lo había agotado. Ocho años en los que ella había puesto su corazón, su tiempo, su juventud y hasta su propia identidad al servicio de ese hogar, convencida de que construía algo sólido, algo eterno, algo que valía la pena.
—Ya voy a llegar. Termino unos papeles y salgo en diez minutos. No me esperes despierta si se hace muy tarde —había dicho él por teléfono, hacía ya más de tres horas.
Yaneth repasó en su mente la voz de Emiliano: siempre segura, profunda, convincente, la misma voz que la había enamorado cuando eran jóvenes, la misma que ahora sonaba cada vez más distante, como si hablara desde otro mundo, desde una vida que ella ya no compartía con él.
Se acercó a la ventana principal y miró hacia la calle. El cielo de Cali ya se había teñido de tonos violetas y grises; las luces de los faroles empezaban a encenderse una a una, dibujando caminos brillantes entre la neblina ligera que solía descender sobre la ciudad al caer la tarde. Los autos pasaban veloces, llevando a la gente a sus casas, al encuentro de sus seres queridos. Y ella estaba allí, esperando, igual que hacía tantas noches, preguntándose por qué aquella espera le pesaba cada vez más en el pecho, como una piedra que crecía poco a poco sin que ella pudiera detenerla.
Algo había cambiado. No era algo que pudiera señalar con un dedo, ni algo que hubiera visto claramente todavía. Era el olor de su ropa cuando regresaba: a veces mezclaba el perfume que ella le regalaba con otro aroma más dulce, más intenso, que no pertenecía a ella ni a ningún lugar que conociera. Eran las llamadas que recibía en horas extrañas, que cortaba de inmediato si ella entraba en la habitación. Eran los mensajes que leía escondido, girando siempre la pantalla hacia abajo, como si proteger algo precioso o peligroso. Eran las veces que olvidaba fechas importantes, que respondía con monosílabos, que la miraba y parecía no verla, como si su mente estuviera siempre ocupada en otro lugar, en otra persona.
—No seas tonta —se dijo a sí misma en voz baja, pasándose las manos por el rostro, tratando de ahuyentar esos pensamientos que le helaban la sangre—. Emiliano trabaja mucho, tiene mucha responsabilidad, su empresa crece y eso exige tiempo y esfuerzo. Siempre ha sido así. Tú eres su esposa, la madre de su hogar, la mujer en la que confía más que en nadie. No puedes dejarte llevar por simples sospechas. El amor se basa en la confianza, ¿no es eso lo que siempre hemos dicho?
Pero las palabras, por más que se las repitiera una y otra vez, ya no tenían el mismo poder de antes. Se sentían vacías, ligeras, como hojas secas arrastradas por el viento.
Caminó despacio hacia la escalera, subió los peldaños uno a uno, sintiendo cómo la alfombra suave amortiguaba el sonido de sus pasos. Iba a ir a buscar una manta para cuando él llegara, o quizás revisar que todo estuviera ordenado en su estudio, como siempre hacía. Pero al pasar frente a la puerta de la habitación de invitados, notó algo que no debía estar allí: sobre una pequeña mesa auxiliar, justo al lado de un jarrón con flores secas, había un pañuelo.
No era suyo.
Yaneth se detuvo en seco, como si sus pies hubieran echado raíces en el suelo. Se acercó despacio, con el corazón golpeándole tan fuerte contra las costillas que temió que pudiera escucharse en toda la casa. Lo tomó entre sus dedos con mucho cuidado. Era un pañuelo de tela fina, de un color crema elegante, con bordados delicados en las esquinas y, lo que hizo que se le detuviera la respiración, todavía conservaba un rastro claro de perfume: dulce, fresco, femenino, muy distinto al suyo.
No es nada, se dijo, con la garganta cerrada. Quizás se le cayó a alguna visita, a alguna empleada, a alguien que vino hace días y se le olvidó…
Pero sus manos no dejaban de temblar. Lo dobló con lentitud, lo dejó exactamente en el mismo lugar donde lo había encontrado, y dio un paso hacia atrás, sintiendo que el aire de la habitación se volvía espeso y difícil de respirar.
En ese momento, el ruido de la puerta principal abriéndose la sacó de su turbación. El sonido familiar de las llaves sobre la mesa, el crujir de la puerta al cerrarse, los pasos firmes y decididos que ella conocía de memoria. Emiliano había llegado.
Yaneth se apresuró a bajar las escaleras, tratando de recomponer su expresión, de borrar cualquier rastro de inquietud de su rostro, de volver a ser la esposa tranquila y serena que él siempre esperaba encontrar. Cuando llegó al vestíbulo, él estaba allí, de pie, cerrando su maletín de cuero con una mano y soltando el nudo de su corbata con la otra. Se veía igual que siempre: alto, de traje impecable, cabello oscuro peinado con precisión, rasgos fuertes y atractivos que habían hecho girar muchas cabezas desde que eran jóvenes. Pero al mirarlo a los ojos, Yaneth sintió que algo se rompía por dentro: él no la miró como solía hacerlo. Su mirada pasó por encima de ella, rápida, distraída, casi indiferente, como si ella fuera solo una parte más del mobiliario de la casa, algo que siempre estaba ahí y que por eso mismo ya no merecía atención.
—¿Ya estás aquí? —dijo ella, tratando de que su voz sonara natural, cálida, como siempre—. Te esperé un rato. Pensé que llegarías mucho antes.
Emiliano soltó un suspiro pesado, dejó el maletín en el suelo y se pasó una mano por el cabello, desordenándolo un poco.
—Te dije que no me esperaras —respondió con tono seco, sin mirarla directamente—. Surgieron problemas de último momento, reuniones imprevistas, clientes que no entienden que uno también tiene vida. No puedo controlar el tiempo, Yaneth. Ya lo sabes.
—Sí, ya lo sé —respondió ella, sintiendo cómo esas palabras le dolían más de lo que debían—. Solo quería saber si estabas bien. ¿Te preparo algo de cenar?
—No, gracias. Comí algo por el camino. Estoy cansado, solo quiero bañarme y descansar. Mañana es un día muy largo y tengo que estar al cien por ciento.
Pasó a su lado sin siquiera tocarla, sin darle un beso, sin preguntarle cómo le había ido a ella durante todo el día, sin interesarse por nada que no fuera él mismo. Subió las escaleras con paso rápido, y Yaneth se quedó sola en el vestíbulo, con el corazón encogido, recordando el pañuelo de tela fina, el perfume extraño, las mentiras que empezaban a formarse una tras otra, como ladrillos construyendo un muro entre los dos.
Se quedó allí de pie, inmóvil, escuchando cómo se abría y cerraba la puerta de su habitación. Y por primera vez en ocho años, Yaneth se preguntó con toda claridad, con toda la angustia que no se había atrevido a admitir antes: ¿Quién es realmente el hombre que tengo al lado? ¿Qué vida lleva fuera de estas paredes? ¿Y qué es lo que me está ocultando?
La duda ya no era una sombra lejana. Ahora estaba allí, con ella, en cada rincón de esa casa que ella había cuidado con tanto amor, esperando a que tuviera el valor de buscar la verdad, aunque esa verdad pudiera destruir todo lo que creía tener.