Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 4
El impacto visual la dejó paralizada. Dos lunas brillaban en el firmamento: una plateada y enorme, y otra más pequeña con un matiz carmesí que teñía las nubes de un tono cobrizo. El aire que entraba por la ventana no olía a contaminación ni a lluvia de ciudad; olía a pino puro, a tierra salvaje y a algo indomable que le erizaba la piel.
—No puede ser... —susurró Alana, apoyando las manos en el marco de piedra labrada—. Esto no es real. Tengo que estar soñando... Estoy muerta o en coma en el hospital.
Se pellizcó el brazo con fuerza, esperando que el dolor la despertara en la sala de emergencias junto a su madre. Pero el pellizco solo le dejó un cerco rojo en la piel y el mismo aire helado colándose por su vestidura.
Un nuevo aullido, grave y desgarrador, rasgó la niebla desde la espesura del bosque. No era el aullido de un perro ni el de un lobo común; la onda sonora vibró directo en su pecho, haciendo que las vigas del techo crujieran levemente. Instintivamente, Alana dio un paso atrás, apartándose de la ventana.
Salió al pasillo con cautela. El corredor era un túnel de piedra gris iluminado por antorchas sujetas a la pared, cuya luz dorada proyectaba sombras alargadas sobre el suelo desgastado. A lo largo del camino se cruzó con otras mujeres vestidas exactamente igual que ella. Algunas llevaban cestos pesados llenos de sábanas; otras, jarras de metal y fardos de leña. Ninguna la miró a los ojos. Todas caminaban con la cabeza gacha, apresuradas y en un silencio sepulcral que delataba un miedo profundo.
Alana bajó una amplia escalera de caracol de piedra hasta llegar a una galería que daba al Gran Salón. Se ocultó tras una enorme columna para observar.
El lugar era colosal. Techos altos sostenidos por arcos de piedra, estandartes con el grabado de un lobo rugiendo bajo la luna y una chimenea gigantesca donde ardían troncos enteros. Pero lo que realmente le cortó la respiración fue la gente que llenaba el recinto.
Había hombres de estatura imponente, hombros anchos y armaduras de cuero y hierro. No caminaban como personas comunes; sus movimientos eran fluidos, felinos y desprendían una presencia abrumadora que hacía que el aire se sintiera pesado. Alana notó con horror cómo algunos de ellos tenían caninos ligeramente más afilados de lo normal y ojos que centellaban con un brillo dorado o cobrizo bajo la luz del fuego.
De repente, un cuerno de guerra resonó en el exterior, haciendo temblar los ventanales del salón.
El murmullo de las conversaciones cesó al instante. Todos los guerreros y sirvientes en el salón se alinearon a los lados, inclinando la cabeza en una reverencia absoluta. El silencio se volvió sofocante.
Las pesadas puertas principales de roble y hierro se abrieron de par en par.
Una ráfaga de viento helado coló al interior, acompañada por el sonido de cascos de caballo y pasos firmes. Encabezando a la comitiva, entró un hombre.
Era alto, de espaldas anchas y porte majestuoso, envuelto en una capa de pieles oscuras. Su presencia era tan aplastante que Alana sintió una presión física instantánea en el pecho, obligándola a contener la respiración. Tenía el cabello oscuro, la mandíbula marcada y unos ojos de un azul helado tan intenso que parecían atravesar la penumbra del recinto.
—El Rey Alfa... —musitó un sirviente cerca de Alana, temblando visiblemente.
El hombre avanzó por el centro del salón con paso firme. Sin embargo, a mitad del trayecto, se detuvo en seco.
Sus fosas nasales se dilataron levemente. El Rey Alfa giró la cabeza con lentitud, como si hubiera captado un rastro invisible en el aire, y su mirada azul y helada comenzó a recorrer las columnas del balcón, dirigiéndose exactamente hacia el lugar donde Alana intentaba ocultarse.