Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La sombra sobre el jardín
Aquella mañana, la mansión del conde Aldous amaneció con olor a triunfo.
Lady Elara tomaba el té en el salón principal, sonriendo como quien contempla una obra terminada. El día anterior había logrado que el conde reprendiera a Cassandra por su comportamiento «vergonzoso» en el banquete. Hoy se ejecutaría el castigo. A su lado, Livia y Dorian reían por lo bajo, imaginando a la orgullosa pintora arrodillada en el patio, frente a los sirvientes.
El conde salió a buscarla con el rostro endurecido.
Una doncella se acercó temblando.
—Mi señor… la señorita Cassandra no se encuentra. Salió de la mansión antes del amanecer.
El rostro del conde se tornó púrpura.
—¡¿Qué se ha creído esa rebelde?! ¿Cree que por ser la prometida de ese bastardo extranjero puede venir y hacer lo que le plazca en mi casa? ¡Le aplicaré doble castigo!
Lady Elara sonrió, eufórica. Por fin iba a aplastar a esa niña.
Entonces, el cielo se oscureció.
***
No fue una nube. Fue una sombra inmensa, rápida y silenciosa, que bloqueó el sol de la mañana. Luego vino el sonido: un batir de alas tan pesado que hizo vibrar los cristales de las ventanas, seguido de un gruñido gutural que resonó en el pecho de todos los presentes.
—¿Qué es eso? —murmuró el conde, saliendo al jardín.
Los sirvientes empezaron a correr despavoridos, tirando bandejas y cubos de agua.
—¡Una bestia! —gritaban, histéricos—. ¡Una bestia en el jardín!
El conde, lady Elara y los hermanastros levantaron la vista. Y el aire se les congeló en los pulmones.
Descendiendo en picada sobre el inmaculado jardín de rosas de la mansión, había un dragón.
Una montaña de escamas negras como la obsidiana, cuernos retorcidos, un cuello musculoso. Cuando sus garras traseras tocaron el suelo, la tierra tembló. La fuente de mármol se agrietó. El viento de sus alas arrancó los pétalos de las flores y los convirtió en un torbellino.
El dragón bajó su enorme cabeza. Sus ojos, de un amarillo fundido con pupilas verticales, barrieron al conde, a su esposa y a sus hijos.
Los miró como quien mira una cucaracha.
El conde tragó saliva. Lady Elara se desplomó sobre la gravilla, y su abanico nuevo rodó por el suelo. Livia y Dorian, llorando de terror, se escondieron detrás de las piernas de su padre.
—¡P-padre! —gimió Dorian—. ¡¿Qué es esa bestia?!
Los vecinos que pasaban por la calle se detuvieron, gritando. Dentro del jardín solo había un silencio sepulcral.
El dragón abrió sus fauces y soltó un bufido. Una nube de humo gris y calor azufroso barrió el patio, obligando a todos a retroceder, tosiendo.
Entonces, el orgulloso depredador de los cielos bajó su cuerpo dócilmente y extendió una de sus enormes alas, apoyándola sobre el suelo como una rampa.
—Disculpen la brusquedad —se escuchó una voz tranquila desde lo alto—. A veces mi dragón suele ser impetuoso al aterrizar. La mayoría del tiempo es muy obediente.
Allí estaba. El Príncipe de Moldavia. Vestido de negro, ferozmente peligroso, con el viento agitando su cabello blanco. Y delante de él, con el cabello al viento y una sonrisa serena, Cassandra.
Balkan la ayudó a descender por el ala de la bestia con una delicadeza que contrastaba con su reputación, depositándola suavemente sobre la gravilla.
Pero esta vez, el dragón no se fue.
***
En cuanto los pies de Cassandra tocaron el suelo, la bestia soltó un sonido gutural, bajo, que hizo vibrar los dientes de todos los sirvientes del jardín. Su enorme cabeza descendió. Sus ojos de amarillo fundido se clavaron en ella, fijos, sin parpadear. El humo que escapaba de sus fauces se volvió denso, caliente.
El conde palideció aún más. Lady Elara, desde la gravilla, cerró los ojos y empezó a rezar en voz baja.
Balkan le habló en aquella lengua áspera y sibilante. El dragón lo miró atentamente, como un soldado escucha una orden… pero el retumbo en su pecho no cesó. Estaba inquieto. Quería más.
Y entonces Cassandra hizo lo que nadie en aquel jardín —nadie en todo Solaria, probablemente— se habría atrevido a hacer.
Se acercó.
Extendió la mano.
Y acarició una de las alas del dragón, con la naturalidad con que se saluda a un caballo viejo.
Luego, le habló.
Unas pocas palabras en la lengua antigua. Torpes, con acento extranjero, sí. Pero reales.
El dragón se quedó inmóvil. La observó. Quebró un poco la cabeza, como quien examina un acertijo imposible… y soltó un bufido suave que casi pareció una risa. Desplegó las alas y se elevó hacia el cielo, desapareciendo entre las nubes.
El silencio que dejó fue distinto al de antes. Ya no era miedo.
Era asombro.
Hasta Balkan la miraba fijamente.
Y el conde Aldous, con las piernas aún temblando, acababa de recordar que esa mañana tenía una hija a la que castigar.