Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La sombra sobre el jardín
Aquella mañana, los lujosos pasillos de la mansión del conde Aldous amanecieron impregnados de una atmósfera espesa, cargada con el inconfundible olor del triunfo cortesano.
Lady Elara tomaba su té importado en el salón principal, sentada con la espalda perfectamente recta y una sonrisa de satisfacción absoluta, como quien contempla los toques finales de una obra de arte meticulosamente planeada. El día anterior, tras el escándalo en el banquete real, había logrado manipular hábilmente al conde para que este emitiera una orden de severa reprimenda contra Cassandra por su comportamiento «vergonzoso, altanero e intolerable». Hoy, sin más demora, se ejecutaría el castigo ejemplar. A su lado, Livia y Dorian disfrutaban de la escena con risitas ahogadas y miradas cómplices, imaginando con regocijo a la altiva y distante Cassandra arrodillada en el patio de servicio, expuesta a las burlas de los criados.
Con el rostro endurecido por la falsa indignación, el conde Aldous salió a los pasillos para exigir la presencia de su hija mayor.
En ese instante, una doncella joven se acercó a toda prisa, con el rostro pálido como el papel y las manos temblando de pánico.
—Mi señor… la señorita Cassandra no se encuentra en sus aposentos —soltó la muchacha, conteniendo el aliento—. Salió de la mansión antes de que saliera el sol.
El rostro del conde mutó de inmediato a un tono púrpura oscuro, hinchado de ira.
—¡¿Qué diablos se ha creído esa insolente y malagradecida rebelde?! —bramó el conde, golpeando un jarrón cercano con la fusta—. ¿Acaso piensa que por haber conseguido el compromiso de ese bastardo extranjero puede venir a hacer su maldita voluntad en mi propia casa? ¡Cuando aparezca, le duplicaré el castigo! ¡El doble de días sin comer y trabajo forzado en las caballerizas!
Lady Elara esbozó una sonrisa ancha y eufórica. Por fin, después de tantos años de paciencia fingida, iba a aplastar de una vez por todas a esa muchacha insolente.
Entonces, de manera súbita, la luz dorada del sol matutino que entraba por los ventanales se apagó por completo.
No se trataba de una simple nube pasajera ni de una tormenta estival. Fue una sombra inmensa, colosal, terriblemente rápida y silenciosa, que cubrió la propiedad bloqueando por completo la claridad de la mañana. E inmediatamente después del eclipse artificial, estalló el sonido: un batir de alas tan pesado, violento y masivo que hizo vibrar los cimientos de la mansión y agrietó los finos cristales de las ventanas, seguido de un gruñido gutural tan profundo que pareció sacudir el pecho y los huesos de todos los presentes.
—¿Qué demonios es eso? —balbució el conde Aldous, abandonando precipitadamente el salón para salir al jardín.
Fuera, los sirvientes y jardineros ya habían entrado en un pánico absoluto; corrían despavoridos en todas direcciones, tirando bandejas de plata, cestas de fruta y cubos de agua mientras tropezaban entre los arbustos.
—¡Una bestia! ¡Es una bestia gigantesca! —gritaban despavoridos, histéricos—. ¡Ha bajado del cielo directamente al jardín!
El conde, lady Elara y los dos hermanastros salieron a tropezar al césped. Y en ese instante, el aire se les congeló por completo en los pulmones, convirtiéndose en una losa de hielo.
Descendiendo en una maniobra de absoluta maestría sobre el inmaculado y cuidado jardín de rosas de la mansión, se encontraba un dragón.
Era una verdadera montaña de escamas negras como la obsidiana más pura, coronada por cuernos retorcidos como espadas y un cuello musculoso capaz de arrasar murallas. Cuando sus enormes garras traseras impactaron contra la tierra, el suelo tembló como si se tratara de un terremoto. La fuente principal de mármol blanco se abrió en profundas grietas. El huracán provocado por el movimiento de sus alas arrancó de cuajo cientos de rosales, convirtiendo los pétalos en un torbellino rojo que danzaba en el aire.
El dragón detuvo el descenso y bajó su descomunal cabeza. Sus ojos, enormes orbes de un amarillo fundido con pupilas verticales y afiladas, barrieron con absoluto desdén al conde, a su esposa y a los dos jóvenes.
Los miraba exactamente igual que un humano contempla a un parásito insignificante bajo la suela de su bota.
El conde Aldous tragó saliva con desesperación, sintiendo la boca seca. Lady Elara, incapaz de sostenerse en pie, se desplomó de rodillas sobre la gravilla fina, haciendo rodar su nuevo abanico de encaje por el suelo. Livia y Dorian, abrazados y llorando a gritos de puro terror, se escondieron de inmediato detrás de las piernas de su padre, temblando como hojas.
—¡P-padre! —gimió Dorian con voz quebrada—. ¡¿Qué es esa monstruosidad?!
Los vecinos y transeúntes que pasaban por la calle exterior se detuvieron al escuchar el estruendo, gritando horrorizados. Pero dentro de los límites del jardín, el único sonido era un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujir de la gravilla y la respiración de la bestia.
El dragón abrió lentamente sus fauces y exhaló un bufido perezoso. Una densa nube de humo gris y un calor azufroso barrió el patio entero, obligando a todos los presentes a retroceder varios pasos mientras tosían y se ahogaban.
Y entonces, el orgulloso y temible depredador de los cielos bajó su lomo de manera completamente dócil y extendió una de sus enormes alas escamosas, apoyándola con suavidad sobre la tierra como si se tratara de una rampa hecha a medida.
—Disculpen la brusquedad de nuestra llegada —se escuchó una voz fría y tranquila desde lo alto de la estructura ósea—. A veces mi dragón suele ser un tanto impetuoso al aterrizar en lugares tan reducidos. Pero la mayor parte del tiempo es bastante obediente.
Allí estaba. El mismísimo Príncipe de Moldavia. Vestido enteramente de negro militar, con el aura de un peligro visceral, el viento de la mañana agitando con fuerza su cabello claro. Y justo delante de él, con la mirada al frente, la melena suelta al viento y una sonrisa serena y absoluta, se encontraba Cassandra.
Balkan descendió con ella, ayudándola a caminar por el ala del dragón con una delicadeza extrema que contrastaba brutalmente con su feroz reputación, depositándola con suavidad impecable sobre la gravilla del jardín.
Pero, para sorpresa de todos, el dragón no alzó el vuelo de inmediato.
Apenas los pies de Cassandra tocaron el suelo firme, la bestia emitió otro sonido gutural, esta vez mucho más bajo y vibrante, que hizo que a los sirvientes les dolieran los dientes. La enorme cabeza acorazada descendió con rapidez. Sus ojos de amarillo fundido se clavaron en ella con una fijeza absoluta, sin parpadear ni un solo segundo. El humo que brotaba de su hocico se volvió denso y cálido.
El conde sintió que el corazón se le detenía. Lady Elara, desde el suelo, apretó los ojos con fuerza y comenzó a murmurar plegarias desesperadas a cualquier dios que quisiera escucharla.
Balkan le dirigió una orden corta y áspera en aquella lengua extraña, áspera y sibilante que solo los señores de Moldavia dominaban. El dragón lo miró con atención, reconociendo la autoridad de su jinete… pero el retumbo amenazante en su pecho no se detuvo. Parecía inquieto. Exigía algo más.
Y entonces, Cassandra hizo lo que nadie en aquel jardín —y probablemente nadie en todo el reino de Solaria— se habría atrevido siquiera a soñar.
Dio un paso al frente.
Extendió la mano con total naturalidad.
Y acarició con la palma abierta una de las escamas del ala del dragón, como quien saluda con familiaridad a un viejo caballo de labor.
Luego, abrió los labios y pronunció unas sílabas.
Eran palabras en la lengua antigua de los dragones y las fortalezas del norte. Sonaban ligeramente torpes, con el acento extranjero de alguien que apenas las practicaba, sí. Pero eran perfectamente inteligibles.
Al escucharla, el dragón se quedó petrificado. La observó con renovada curiosidad. Inclinó un poco la enorme cabeza escamada, como un erudito que examina un acertijo fascinante… y de repente, soltó un bufido suave, un soplo de aire cálido que casi se asemejaba a una risa ronca. Inmediatamente después, desplegó con potencia sus alas y se elevó en vertical hacia el cielo abierto, desvaneciéndose entre las nubes en cuestión de segundos.
El silencio que dejó la marcha de la bestia ya no era el mismo de antes. El miedo visceral se había transformado en algo mucho más pesado: asombro puro y absoluto.
Hasta el propio Balkan la miraba fijamente, con una chispa de genuina admiración brillando en el fondo de sus ojos oscuros.
Y el conde Aldous, con las rodillas temblando y incapaz de sostener la dignidad, acababa de recordar con horror que esa misma mañana tenía planeado castigar públicamente a la hija que acababa de regresar del brazo del Demonio de Moldavia.