A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Casi todo me lo enseñó él
—A ver, comadre, deja de hacerte bolas y ve por él. —Vale me regañaba por teléfono mientras yo daba vueltas en el cuarto—. Tú no eres de las que se quedan esperando. Si crees que se enojó por una mentira de esa víbora, vas, le pones la verdad enfrente, y se acabó. Pero deja de sufrir en silencio, que eso se te da demasiado bien y no te luce.
Tenía razón. Vale casi siempre tenía razón.
Esos días, entre lágrimas que no le confesaba a nadie, yo había estado trabajando en algo. Con mis propias manos había hecho un par de mancuernillas: gemelos de esmeralda, engastados sobre una filigrana de plata oscurecida, con un trabajo de incrustación que aprendí de un viejo joyero del centro. Eran sobrios, masculinos, perfectos para él. Llevaba semanas puliéndolas en secreto. Eran mi forma de decirle, sin palabras, lo que no me atrevía a decirle con la voz: te estoy haciendo un lugar. Quédate.
Trabajar el metal me había calmado, como siempre. Desde niña, cuando todo se ponía feo, yo me refugiaba en dibujar joyas; mi abuela me regaló mi primer cuaderno y, más tarde, en el internado, Vale me conseguía lápices a cambio de mis postres. Las piedras no me preguntaban de dónde venía. El engaste no me llamaba arrimada. En mis manos, una esmeralda en bruto se volvía exactamente lo que yo decidía que fuera, y eso —el poder de hacer algo hermoso de la nada— era lo único que nadie había podido quitarme nunca. Estas mancuernillas eran las mejores que había hecho. Y eran para él.
Las metí en un estuche, me armé de valor y me fui al Grupo Lazcano.
Pero no llegué ni al elevador. La recepcionista, con una sonrisa de hielo, me informó que "el licenciado está en un compromiso fuera de la oficina" y que no, no podía darme la dirección, y que si gustaba dejar un recado. Le marqué al celular. Buzón. Otra vez. Otra vez. Me quedé parada en ese vestíbulo de mármol, con el estuche en la mano, sintiéndome exactamente como lo que esa mujer pensaba que era: una arrimada que venía a colgarse del marido importante.
—¿Señora Lazcano?
Me volví. Era Adrián, el amigo callado de Max, el de la boda. Traía un traje impecable y la misma expresión seria de siempre, pero al verme me hizo un gesto con la cabeza, hacia la puerta.
—Lo busca a él, ¿verdad? Está en una cena de negocios. Yo voy para allá. La llevo.
En el coche, el silencio era cómodo. Adrián manejaba sin prisa. Yo apretaba el estuche en el regazo.
—¿Está bien, señora? —preguntó Adrián, después de un rato de silencio—. La veo pálida.
—Es que no sé si debería ir —confesé—. A lo mejor él no quiere verme. Llevamos… no estamos bien. Y yo aquí, persiguiéndolo a una cena, como una…
—Como una esposa que quiere arreglar las cosas —me cortó él, sin dramatismo—. No tiene nada de malo eso.
Me callé. Adrián manejaba con las dos manos en el volante, mirando el camino, y yo pensé que ese hombre serio no me debía ninguna amabilidad y sin embargo había aparecido justo cuando yo me sentía más sola en aquel vestíbulo de mármol.
—No me conoce —dijo de pronto, sin apartar la vista del camino—, así que le voy a contar algo, para que entienda con quién se casó. —Hizo una pausa—. A mí me adoptó la familia Mondragón cuando era niño. No por cariño; por quedar bien, por una cosa de impuestos y de imagen, nunca lo entendí del todo. En esa casa yo era el de relleno. El que pedía permiso para todo. Una vez, de chico, rompí un jarrón sin querer y me hicieron arrodillarme en el patio, sobre la grava, horas, hasta que oscureció.
Lo dijo sin dramatismo, como quien lee una lista del súper. Eso lo hacía peor.
—Max tenía catorce años, era amigo de la familia, andaba de visita. —Por primera vez, algo se le suavizó en la voz—. Me encontró ahí, arrodillado. No dijo nada a los grandes; eso no se hacía. Pero se arrodilló a mi lado, en la grava, sin que nadie se lo pidiera, y se quedó conmigo hasta que me dejaron levantarme. Después, con los años, me enseñó todo lo que sé. A pelear, a invertir, a no dejar que nadie me viera la cara. A defenderme. —Tomó una curva despacio—. Casi todo lo que soy me lo enseñó él. La gente lo ve frío. Yo lo vi arrodillarse en la grava por un niño que no era nada suyo. Así que, sea lo que sea que esté pasando entre ustedes, dele el beneficio de la duda. Ese hombre no sabe querer en voz alta. Pero quiere como pocos. —Tomó aire—. Y, si me permite: nunca lo había visto poner a alguien por delante de sus negocios. Hasta usted. La semana pasada canceló una reunión que llevaba meses armando, porque le avisaron que usted había salido sola al mercado. Salió disparado. No me pregunte cómo me consta. Me consta.
Me quedé sin palabras. Mientras yo me ahogaba en mi orgullo, creyéndolo lejano, él cancelaba reuniones de millones porque yo había ido sola al mercado.
—Gracias —murmuré—. Por contármelo.
—No me lo agradezca. —La sombra de una sonrisa—. Solo no le rompa lo que le costó tanto trabajo aprender a tener.
Llegamos al salón de la cena. Adrián me dejó pasar y se adelantó a saludar a unos conocidos.
Yo me quedé en una orilla del salón, buscando a Max con la mirada entre la gente elegante, con el estuche todavía apretado en la mano y las palabras de Adrián dándome vueltas. Y entonces, sobre el murmullo, alcancé a leerles los labios a dos señoras que cuchicheaban cerca, sin saber quién era yo.
"Mira, ese es Lazcano. ¿Supiste que se casó? Con la que dejó plantada el sobrino. La que nadie quería."
"La de segunda mano, pues. Pobre, ha de estar feliz de que alguien la recogiera. Dicen que es una muerta de hambre, que ni apellido de verdad tiene."
El estuche se me heló en la mano. Era increíble cómo, sin importar cuánto cambiara mi vida por fuera —el apellido nuevo, el coche, el collar de subasta—, esas palabras encontraban siempre el mismo lugar exacto donde clavarse, el mismo de cuando tenía diecisiete años y un vestido descosido. Por un segundo, todo el valor que había juntado para venir se me escurrió por los pies. ¿Qué hacía yo ahí, persiguiendo a un hombre que estas mujeres consideraban demasiado para mí?
Y entonces me acordé de la voz de Adrián en el coche: "no le rompa lo que le costó tanto trabajo aprender a tener". Apreté el estuche en el puño. No. No me iba a ir. No esta vez.
Y justo en ese momento, al otro lado del salón, lo vi. Max, con una copa de más encima, el saco abierto, entraba a un privado. Y vi a una mujer despampanante, de vestido rojo entallado, deslizarse detrás de él como una sombra y cerrar la puerta tras de sí.
El estuche con los gemelos de esmeralda me pesó de pronto como una piedra en la mano.
yo si quiero...no sé tú 😂😂