Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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23
Aquella noche, después de regresar de la fiesta de compromiso de Valentina, Pamela le rogó a Rodrigo que la llevara al altar cuanto antes. No estaba dispuesta a que Rodrigo cambiara de opinión tras presenciar la transformación de Marcia.
—Rodrigo, me da igual lo que tengas que hacer, pero tienes que casarte conmigo ya —le exigió Pamela, aferrándose a él con insistencia.
—¿Por qué tanta urgencia de repente? —Rodrigo estaba irritado con aquella demanda.
—No me importa cómo, pero tienes que casarte conmigo de una vez —presionó Pamela de nuevo.
—Pamela, ahora ya se sabe que estoy casado. Tú misma sabes cómo son las políticas de la empresa: nos pueden despedir a los dos —Rodrigo sentía la cabeza a punto de reventarle; su carrera pendía de un hilo porque lo habían descubierto en la mentira.
—Además, ¿qué hacía tu esposa ahí, en la fiesta de compromiso de Valentina? ¿No me habías dicho que era una muerta de hambre? —replicó Pamela.
—Tú escuchaste lo mismo que yo: Valentina dijo que Marcia es alguien sumamente importante para ella. Si le hacemos daño a Marcia, nos vamos a enfrentar directamente con Valentina y con Gabriel —le recordó Rodrigo.
—¿Y eso qué? ¿Me estás diciendo que vas a cancelar nuestra boda? —le espetó Pamela con indignación.
—No es eso, Pamela. Lo que necesitamos ahora es convencer a Marcia de que firme un consentimiento escrito para un segundo matrimonio. Si conseguimos ese documento, Valentina no podrá despedirnos porque todo habrá ocurrido con la autorización de Marcia —Rodrigo le explicó su plan.
—Entonces oblígala. Obliga a Marcia a que nos dé ese permiso —sentenció Pamela.
—Ese es exactamente el problema. Tenemos que hacer que parezca que Marcia es la que tiene la culpa y que nos concede el permiso por voluntad propia. Así Valentina no podrá despedir a ninguno de los dos —dijo Rodrigo, restregándose el rostro con brusquedad.
—Me da igual cómo lo resuelvas, Rodrigo. Yo quiero que nos casemos ya. Conseguir la firma de Marcia es asunto tuyo —Pamela no quería romperse más la cabeza; lo único que le importaba era convertirse en la esposa de Rodrigo lo antes posible.
* * *
Aquella noche, después de que terminó la fiesta de compromiso de Gabriel y Valentina, Marcia decidió no regresar a la casa de sus suegros. Se fue con sus padres a la residencia familiar. Marcia ya no le importaba su marido ni la familia de él.
Bzzz, bzzz, bzzz.
El celular de Marcia, apoyado sobre la mesita de noche, vibró con una llamada entrante. Marcia revisó la pantalla y lo apagó de inmediato: era Rodrigo.
Ya sé para qué me llama Rodrigo. Seguro quiere que interceda con Valentina para que no lo despidan por haberse descubierto lo de su aventura con Pamela. Lo siento, pero no pienso hacerlo, pensó mientras se dejaba caer sobre el colchón mullido de su cama.
Esa noche, Marcia quería descansar en paz, sin interrupciones de su marido. Por eso apagó el celular por completo.
* * *
Mientras tanto, en casa de los suegros, Rodrigo daba vueltas sin parar. Esperaba que Marcia regresara, pero ella no aparecía, y eso lo ponía cada vez más furioso.
—Rodrigo, tienes que obligar a Marcia a que convenza a Valentina de no despedirlos —doña Carmen no iba a permitir que su hijo perdiera el empleo.
Menos aún ahora que Rodrigo ocupaba un puesto de gerente. Doña Carmen se moriría de vergüenza si su hijo terminaba despedido por una infidelidad.
—Sí, mamá, voy a presionarla. Pero Marcia no ha vuelto y su celular está apagado —Rodrigo había intentado llamarla una y otra vez, sin conseguir comunicarse.
—Insolente. Así que ahora se atreve a desafiarme. Ya vas a ver, Marcia, te vas a arrepentir —apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Cómo es posible que una simple empleada de una pastelería como Marcia conozca a la dueña de una empresa como Valentina? Esto no tiene ningún sentido —doña Carmen seguía sin creer lo que Rodrigo le había contado: que Marcia había asistido al evento con un vestido idéntico al de la familia del prometido de Valentina.
—Yo tampoco lo entiendo, mamá. Y lo que más me desconcertó fue que Valentina dijera que Marcia es alguien sumamente importante para ella. No quiero que Marcia le vaya con cuentos a Valentina —Rodrigo se frotó la cara con impaciencia.
—Tienes que hablar con Marcia. Mañana temprano ve directo a la pastelería donde trabaja. Estoy segura de que pasó la noche ahí, porque no tiene casa propia ni conoce a nadie en la ciudad —doña Carmen seguía menospreciando a Marcia.
—Tiene razón, mamá. Mañana a primera hora iré a buscar a Marcia a la pastelería donde trabaja —Rodrigo se prometió que la encontraría sin falta al día siguiente.
* * *
Muy temprano por la mañana, Rodrigo se presentó en la pastelería de Marcia. El local ni siquiera había abierto, pero él ya estaba ahí. Se quedó esperando hasta que una empleada llegó y descorrió la cortina metálica.
—Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar? —preguntó la joven que acababa de abrir.
—¿Marcia está? —preguntó Rodrigo.
—Disculpe, la señora Marcia todavía no ha llegado. ¿De parte de quién y en qué le puedo servir? —preguntó la empleada.
—No es nada, necesito hablar con ella de algo importante. ¿A qué hora llega normalmente? —insistió Rodrigo.
—No tiene horario fijo. A veces viene hasta pasado el mediodía —respondió la empleada.
—¿Pasado el mediodía? No puedo creer que este negocio tenga empleadas tan irresponsables como Marcia —comentó Rodrigo meneando la cabeza con desdén.
—Si gusta esperar a la señora Marcia, puede sentarse. Yo tengo que atender mis labores. Ah, ¿me podría dar su nombre? Para avisarle a la señora Marcia que alguien la espera —le preguntó la joven.
—Dile a Marcia que aquí está Rodrigo esperándola —respondió con sequedad.
—Muy bien, señor. Con permiso —la empleada se dirigió a la trastienda y de inmediato llamó a su jefa.
—Buenos días, señora Marcia. Aquí hay un hombre que dice llamarse Rodrigo y que insiste en verla —Marina le informó a Marcia por teléfono.
—Dile que hoy no voy a ir a la pastelería, para que se vaya de una vez —Marcia le dio esa instrucción a propósito para que Rodrigo se marchara.
Marcia no tenía la menor intención de verlo. Sabía perfectamente cuál era el motivo de su visita.
—Entendido, señora Marcia. Ahora mismo se lo comunico —Marina colgó la llamada.