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La esposa que despreciaste Ahora es capitana

La esposa que despreciaste Ahora es capitana

Status: Terminada
Genre:Oficina / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.

"Me da asco con solo mirarla."

Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.

Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.

Y hay alguien que lo nota.

César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."

Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Esa noche, Catalina se fue de verdad. Una maleta con sus pertenencias la arrastró fuera de la casa en la que había vivido todo ese tiempo. En la sala principal, Adrián estaba sentado observándola. Su mirada era fría mientras Catalina pasaba frente a él.

—Leya, si me pides perdón ahora... te perdonaré —dijo Adrián con tono cínico, reclinándose con despreocupación, como si nada hubiera ocurrido—. Después de eso, tendrás que olvidar lo que viste hoy. Sé la esposa de siempre, quédate en la casa. Ocúpate de mí y de nuestro hijo. Ten un poco de dignidad, todo este tiempo viviste de mi dinero.

Catalina se detuvo y permaneció en silencio durante unos segundos. Luego sonrió con burla, y su mirada afilada atravesó a su esposo.

—¡No tienes vergüenza! Tú eres el que debería pedirme perdón a mí. ¡Y grábate esto bien! Si algún día vienes a suplicarme que vuelva contigo... ya será demasiado tarde.

La mujer tomó su maleta con la espalda erguida y salió de la casa sin voltear atrás. Solo llevaba una maleta, sin tomar nada más. Eso era temporal; todo lo que le correspondía por derecho lo reclamaría después en el juzgado. Los bienes gananciales y también la custodia de su hijo.

Catalina había pedido un auto por aplicación; poco después, un vehículo se detuvo al borde de la calle. Subió sin decir mucho y el auto se alejó de la casa.

A sus espaldas, Adrián se quedó de pie con ambos puños apretados. Su rostro estaba enrojecido, lleno de una rabia que difícilmente podía ocultar. Pero detrás de eso surgió otro sentimiento que él mismo no comprendía, una sensación extraña que le oprimía el pecho. Ese sentimiento apareció por algo que no esperaba: Catalina realmente se había ido.

—¡Bah! No va a aguantar mucho y seguro regresa conmigo —se burló el hombre.

* * *

El trayecto de Catalina no fue demasiado largo; la casa de sus padres todavía estaba en la misma ciudad. Cuando el auto se detuvo frente a la casa de sus padres, la noche ya era avanzada. La mujer bajó del vehículo y caminó hacia la puerta. Antes de que pudiera tocar, la puerta ya se había abierto. Su madre estaba ahí de pie; la mujer de mediana edad no preguntó nada porque Catalina ya le había explicado por teléfono.

Su madre solo le dedicó una sonrisa suave y abrazó a su hija con fuerza.

—Hija, esta siempre será tu casa. Puedes volver cuando quieras.

Catalina solo abrazó a su madre sin responder. Unos segundos después, su padre se acercó. El hombre miró a su hija con una expresión llena de comprensión y le acarició la cabeza con ternura.

—Todo va a estar bien, siempre estaremos aquí para ti —dijo su padre con cariño.

Fue en ese momento cuando las defensas de Catalina se derrumbaron. Las lágrimas que había contenido desde la tarde finalmente cayeron. Lloró en los brazos de su madre, liberando todo el dolor que había guardado dentro. Su madre también lloró, e incluso su padre fue incapaz de contener las lágrimas al ver a su única hija herida de esa manera.

Poco después, el llanto se fue calmando. Catalina respiró hondo y caminó por el pasillo de la casa que conocía tan bien desde niña. Sus pasos se detuvieron al final del corredor; la puerta de la habitación estaba entreabierta. La luz tenue de una lámpara se proyectaba suavemente desde el interior. Empujó la puerta con cuidado; su hijo dormía profundamente en la cama. El pequeño abrazaba su avión de juguete favorito, el que llevaba a todas partes.

Catalina se acercó y se sentó al borde de la cama; jaló la cobija que casi se le caía del cuerpecito de su hijo. El rostro de Mateo era tan sereno, tan inocente. No sabía nada del mundo de los adultos que se desmoronaba a su alrededor. La mirada de Catalina se suavizó un instante; se inclinó y besó la frente de su hijo.

—Duerme tranquilo... campeón de mamá —susurró despacio, y luego se acostó junto al niño.

Pero sus ojos no se cerraron; contempló el techo con una mirada llena de determinación y cálculo.

¡Voy a demostrar que todavía soy capaz de volar alto en el cielo!

* * *

Esa mañana el cielo estaba despejado sobre el edificio de la Academia Nacional de Aviación. Las avionetas de entrenamiento se veían alineadas en la plataforma de estacionamiento de aeronaves. El sonido de los motores proveniente de los hangares resonaba intercalado, mezclándose con los pasos de los cadetes que iban y venían con sus uniformes de instrucción. Catalina estaba de pie frente a la entrada de la Academia. Hacía ya seis años que se había alejado del mundo de la aviación sin mirar atrás. Hoy volvía, como alguien que quería recuperar su lugar.

Catalina respiró profundamente y entró. Algunos cadetes que pasaban voltearon a verla de reojo; sus miradas eran indiferentes. Solo sentían curiosidad al ver a una mujer que lucía mayor que la mayoría de los estudiantes de ahí. Se dirigió directamente al edificio de administración; dentro de la oficina, una empleada estaba escribiendo en la computadora.

Catalina se detuvo frente al escritorio con el rostro sereno.

—Disculpe, quiero reinscribirme en el programa de licencia de capitán piloto.

La empleada dejó de escribir, levantó la cabeza y miró a Catalina de arriba abajo.

—¿Nombre?

—Catalina Sarasmita.

La mujer tecleó algo en la computadora; unos segundos después, su expresión cambió.

—¿Catalina Sarasmita? —La empleada volvió a mirar a Catalina—. Sus registros indican que dejó el programa hace seis años.

—Así es —respondió Catalina.

—¿Por qué regresa ahora?

—Porque quiero volver a alcanzar mi futuro, y volver a abrazar el cielo —respondió Catalina sin titubeos.

La empleada guardó silencio un momento y luego volvió a hablar con tono vacilante.

—Este programa normalmente es para pilotos en activo que quieren ascender a capitán.

—Entonces considéreme de nuevo en activo.

La empleada no parecía convencida, pero finalmente se levantó de su asiento.

—Espere un momento.

La empleada caminó hacia la oficina del fondo; unos minutos después, un hombre de mediana edad salió de ahí. Llevaba puesto su uniforme de instructor de vuelo y miró a Catalina con el ceño fruncido.

—Catalina Sarasmita, dejaste de volar hace seis años. El mundo de la aviación cambia rápido; una piloto que estuvo fuera tanto tiempo... por lo general no regresa.

—Seré la primera excepción. Me esforzaré —respondió Catalina con calma.

El hombre guardó silencio un momento, pero antes de que pudiera continuar, se escucharon risas desde el fondo. Varios cadetes acababan de entrar a la sala; uno de ellos vio a Catalina y le susurró a su compañero.

—¿Ella también quiere inscribirse?

—¿En serio?

—Parece una ama de casa.

Los murmullos se hicieron audibles; algunos de ellos incluso se rieron con burla.

—Este programa es pesado, no es un curso de pasatiempo. Y menos con esa cara y ese cuerpo, que están lejísimos del perfil —dijo alguien insultando la apariencia de Catalina.

Las risas se hicieron más fuertes. Catalina lo escuchó todo. Pero la mujer no respondió; solo mantuvo la mirada fija en el instructor que tenía enfrente.

—¿Hay algún problema con mi edad?

El instructor se mostró incómodo.

—No es cuestión de edad, sino de capacidad.

—Entonces evalúenme —dijo Catalina con una mirada llena de convicción.

Algunos cadetes detrás de ella volvieron a reírse.

—¿Habla en serio? ¿Seis años sin volar y quiere presentar directo el examen de capitán?

—¡Esto es muy gracioso! —agregó otro.

Catalina finalmente giró hacia ellos; su mirada era cortante.

—Si ya terminaron de reírse, mejor pónganse a estudiar. No desperdicien su tiempo solo para menospreciar a los demás.

La sala quedó en silencio. Uno de los cadetes bufó con fastidio, pero al final nadie respondió.

El instructor exhaló un largo suspiro.

—Está bien, haremos primero una prueba en simulador. Si fallas, no nos hagas perder el tiempo otra vez.

Catalina asintió con firmeza.

—No hay problema.

Luego firmó el formulario de inscripción sin vacilar, pero cuando terminó y se dio la vuelta para alejarse del escritorio, su mirada se encontró con alguien que estaba de pie al fondo de la sala.

Ahí, un hombre alto observaba a Catalina con una mirada llena de interés. Su uniforme de piloto lucía sencillo, pero su manera de pararse era distinta a la de los demás. Sus ojos, agudos, lo registraban todo; aquel hombre no se había unido a las risas contra Catalina ni parecía menospreciarla. Solo la miraba con una expresión difícil de descifrar, como si estuviera evaluando algo.

Durante unos segundos se sostuvieron la mirada, y luego el hombre apartó los ojos como si no quisiera que se notara demasiado su atención. Catalina no conocía a aquel hombre, pero percibió algo diferente en su mirada.

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